Diario de un Lunny en Londres (I)
Prólogo: mis disculpas por estar ausente tantos días sin previo aviso, como comentaron Andrómeda y La Loka. Lo que sigue es una explicación un tanto rocambolesca a la par que interesante e internacional de mis periplos estos últimos días. Siéntense, lean, y si no están de acuerdo… ¡comenten!
Episodio I: De la anunciación y la llegada a la capital del Reino (Unido)
Estaba yo tumbado en mi sofá hace justo una semana a punto de ver el pase de micros de OT para saber a quién despellejar esa misma tarde. Cuál fue mi sorpresa cuando me llama mi jefe (sí, aunque sea de trapo tengo jefe) y me anuncia que me voy a Londres el lunes a primerísima hora de la mañana. Yo no salía de asombro. “¿Me despides y quieres asegurarte de que no aparezca más por aquí?”, pregunté yo. Me lo negó en redondo y me dijo que tenía que cubrir la premiere de Happy feet, película pingüinil con cancioncitas incluidas, en la capital del United Kingdom (two points). Me emocioné en sobremanera y enseguida empecé a preparar las cosas para el ansiado viaje que, desde el lunes hasta ayer por la madrugada, me tendría dando vueltas por Londres.
Cambio euros a libras, me miro sitios a los que ir en los tiempos muertos que me queden, me informo del hotel, del metro, de las tarifas, del aeropuerto, del vuelo y de la longitud de la falda de las azafatas de Iberia. Pasa el fin de semana con las mismas cosas de siempre y llega el lunes por la mañana. Yo, de trapo, con mi equipaje (un fardo con dos botellines de Perlán, un par de bolas de naftalina por si las moscas, aguja e hilo y una pajaritilla para ponerme durante las entrevistas) me planto en el aeropuerto. Me soban por todas partes, me quitan el relleno corporal, me lo vuelven a meter, se aseguran de que no lleve líquidos en el avión, les juro por la Bruja Avería que no los llevo y finalmente subo a un avión sin restos radiactivos (por el momento, cuando empiece a brillar en la oscuridad os avisaré).
Llego a Heathrow, todo feliz cojo el metro (por cuyo billete me clavan mil pelas, agárrate y no te menees) y me planto en el hotel. La gente me mira raro, no se creen que un muñeco de trapo pasee solito metro arriba y metro abajo. Desempolvo mi inglés de Villanueva de Arriba y la recepcionista, toda gentil ella, me otorga una tarjetilla magnética con la que se supone que deberé abrir la puerta de mi habitación. Dada mi proverbial torpeza, me cuesta diez intentos abrir la puertecita de marras. Entro en el cuarto, huele a ambientador Oust y compruebo que las ventanas no se pueden abrir porque les han quitado la manilla. “Será que se ha suicidado mucha gente”, pienso. Enciendo la tele, pongo TVE internacional (ya lo sé, mucha motivación) y me voy al baño. Mi sorpresa es mayúscula cuando descubro un altavoz para escuchar la tele mientras estás en el baño.
Compruebo las instalaciones: falta una lavadora para que yo me pueda lavar. Llamo a recepción e intento explicarlo. La recepcionista no me entiende. Me sugiere que me meta en un cubo de ropa sucia y que me llevan ellos a la tintorería por un precio módico. Le digo que ni de coña, que a mí me traigan una lavadora y punto. La chica no se aclara. Acabo optando por llenar la bañera y lavarme a mano, como hacía mi abuela (qué tiempos). Finalmente me tumbo en la cama, me pierdo entre tres cojines, meto dos jaboncillos y un boli en mi fardo y cojo el mando de la tele. Pongo Channel 4, que ya se ha convertido en mi favorito. No me podía creer lo que veía. Mañana, los detalles del programa de marras cuyo nombre era… “Looking for the perfect penis” (Buscando el pene perfecto). Sin comentarios.
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