Perdiendo el oremus
Últimamente no sé bien qué me pasa, si me estoy haciendo mayor o me vuelvo cada vez más crítico, pero el caso es que cada vez me parece más habitual que a la gente se le vaya la pinza y actúe de maneras totalmente inusitadas. Vamos, que yo me digo a mí mismo “una de dos: o se ha vuelto majara o no se ha tomado la pastilla del riego”.
Eso me ha hecho recapacitar y volver a anoche, cuando estaba sentado en el sofá de mi casa tan ricamente viendo Gran Hermano y se anunció que, al fin, Javi era el expulsado. Entonces, cuando el madrileño cruzó el videowall ese (entre abucheos) que tienen montado en el plató, empezó el momento deriva neuronal de Mercedes Milá, mi querida Merceditas, y de Javi, el expulsado de anoche de la casa de Gran Hermano. No salía de mi asombro. Ni cuando Pepe Navarro mandaba callar a Noemí Ungría en plató había flipado tanto.
Lo de anoche, queridos y queridas, era televisión en estado puro. Anoche vibramos, nos indignamos, le gritamos a la tele, aplaudimos la intervención de nuestro interlocutor favorito y echábamos suspiros profundos cuando llegaba la publi, durante la cual aprovechábamos para beber agua porque estábamos como en medio del debate verbal entre la una y el otro. La cosa empezó ya con un calentamiento global de todo lo que es Merceditas. La periodista le soltó a Javi que por qué no se fiaba de él. Le regaló perlas preciosas como “mientes más que hablas”, “me estás empezando a aburrir” o “¿por qué te empeñas en ser un hijoputa?”. Vamos, que no escatimó en ataques verbales y críticas, a lo que Javi, sorprendentemente, estuvo menos ácido y corrosivo de lo que esperábamos.
Merceditas le tachó de mentiroso y machista, le recriminó el hecho de hacer comentarios vejatorios sobre Marusky o de hacerle creer a Greta que estaba enamorado de ella para que la chica se acercase a él y a su grupo y le apartase de las garras de la tropa de Kiko, Gemma y Kiran. Hasta el propio Kiko o Denís (GH5) le comentaron que “se había pasado mucho dentro de la casa”. Javi se defendió diciendo que era un juego y que esa era su intención dentro de la casa, jugar y vivir algo nuevo.
Pero le salió el tiro por la culata la semana pasada. Javi montó en cólera cuando se anunciaron las nominaciones en positivo y cuando se escogió líder mediante la polémica elección de banderitas de países. El madrileño sentenció claramente que se sentía “manipulado por el programa” y que “ha sido una marioneta ahí dentro”. Tan indignado estaba que se lo comunicó a la directora de GH, Pepa Álvaro. Hasta se llegó a comentar que, se largara quien se largara, cruzarían la puerta del plató de Gran Hermano el cuarteto de los horrores: Laura, Javi, Pulpillo y Dani Rubio. Evidentemente no ha sido así. Si no, hoy la debacle sería mayúscula.
Para algunos lo de anoche será telebasura en estado puro; un sainete barato montado con ánimo de conquistar cotas de audiencia haciendo lo que hacían nuestras abuelas en los pueblos: comentar lo casquivana y descocada que era la Manuela o que el hijo del frutero estaba amariconao. Para otros es televisión, es espectáculo, es entretenimiento. Es lo que buscamos cuando volvemos muertos del trabajo, de la universidad, del instituto o de donde leches volvamos. Es un reality (sí), no fomenta el pensamiento crítico ni la inquietud del ser humano (sí), no nos culturiza ni nos amplía miras (también) ni nos ayuda a ser más inteligentes, más leídos o más cultivados. Pero oye… ¿y lo bien que te lo pasas?
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