Yo no veo La Primera, ¿y tú?
Anoche estaba sentado en el sillón de mi casa viendo la tele (qué iba a hacer si no) y caí en la cuenta de que no veo La Primera. Es como esa sensación que a veces se tiene; como cuando uno, de repente, cae en la cuenta que no ha ido a buscar esa lámina que mandó a enmarcar, o de que la cajera del súper no se ha dado cuenta que te ha devuelto más cambio del que tocaba. El caso es que me he puesto a pensar por qué y, la verdad, la cosa no me ha asombrado... Ved si no, he aquí mis razones en forma de ejemplo práctico:
Franja mañanera: Al levantarme y tomarme el café del desayuno (aunque sea de trapo soy plenamente cafeínico, qué queréis que os diga) pulso el número tres del mando a distancia. Y no para ver Antena 3, no... Me desayuno con el magazine informativo de la tele catalana, Els Matins. Qué queréis, por la mañana aún tengo la neurona semi-virgen y aún puedo entender conceptos políticos, sociales o culturales. Si no tengo que ir a ningún sitio, a medida que mi cerebro va lobotomizándose lentamente por causas que ahora no tocan, cambio al programa de Miss AR Estupendismo Patrio con sus grullas tertulianas para escucharles despellejar a cualquier concursante de reality. Mientras, en La Primera echan Saber vivir y el programa Por la mañana, de la despierta presentadora Inés Ballester. El primero no lo veo porque aún no tengo sesenta años, y el segundo porque el cotilleo del nivel Corazón, corazón no me acaba de interesar.
Veo Los Simpson, me río con ellos, y por inercia derivatoria (o como carajo se le quiera llamar), me veo los informativos de Antena 3, el paradigma de la telebasura informativa. Después, ver el Tomate es todo un ritual en mi casa, y después de tanto empacho barato, me tomo un plato light, efímero, sereno, ligero y chic: Channel nº4, en cuyos espacios de publicidad alterno con el magazine vespertino de la tele autonómica. Luego, tanda de concursos tocan... Allá tú, Quién quiere ser millonario, Alta tensión... más que nada para comprobar que todavía tengo alguna neurona activa. Mientras, en La Primera echan informativos mucho menos divertidos que los de Antena 3, culebrones baratos y el insultante magazín España directo, que consiste básicamente en recorrer pueblos de España mientras los lugareños cuecen verduras con morcilla en un caldero de la época en que Franco hizo la primera comunión.
Después del informativo, veo el sagrado resumen de OT y después, según el día, este orden: los lunes, CSI (paso completamente de ¡Mira quién baila! y las cachas bamboleantes de la nietísima); los martes, House (en La Primera echan pelis bastante infumables); los miércoles, Supermodelo 2006 (Perdidos no lo veo porque ya me sé de memoria la segunda temporada, que ya he visto mediante métodos poco legales que no vienen al caso, ehem); los jueves Gran Hermano (Cuéntame cómo pasó me deprime); los viernes CQC y el cine de Cuatro (Cruz y Raya me provocan arcadas); los sábados Dolce Vita (soy débil) o la peli para críos de Antena 3 (desconozco realmente qué hay en la cadena estatal); y los domingos llega OT, con las emociones que eso conlleva (porque La película de la semana suele ser peor que la de la sobremesa dominical de Antena 3). Y el late night es patrimonio de Noche Hache (no soporto a Buenafuente, otro día os explicaré por qué).
Aun así, debo admitir que sí veo un programa en La Primera: La imagen de tu vida. Sí, sí, ese programa que emiten justo después de la inacabable Cuéntame (en la que los años pasan más lentos que en la vida real) en el que Jesús Hermida repasa semanalmente cincuenta imágenes históricas de TVE1. Resulta paradójico, ¿verdad? Y cada vez que Hermida y sus gestos se despiden, pienso en que este cincuenta aniversario del que el viernes hablaré será el más deprimente desde el último de la hermana de Sara Montiel. La tele pública va a la deriva como la balsa con la que Michael, Jin, Walt y Sawyer intentaron abandonar la isla de Perdidos, es torpe pero se le halaga como a los movimientos de Carmen Martínez-Bordiú (arrieros somos...), huele a naftalina como Cine de barrio y está tan poco anclada en el siglo XXI como Manuel Torreiglesias. Y lo triste es que la pagamos todos...
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