Las reposiciones de madrugada me salvan del tedio diario. Sobre todo, cuando estás a punto de abandonarte a
Morfeo en el sofá y en la tele suena la sintonía de
Dinastía. Ver esos modelitos me hace preguntar: ¿Qué era la moda en los ochenta? O mejor planteado,
¿qué cosa era la moda en los ochenta? Y recalco lo de cosa, sólo hace falta que observéis los modelitos imposibles que nuestras madres paseaban por las calles de nuestras ciudades. Esos pelos cardados hasta la extenuación, aguantados incólumes por obra y gracia de la laca
Elnett, con cortes extremados y rectilíneos y saturados de tintes imposibles. Esas hombreras (a veces superpuestas) con las que parecían cosacas, esas faldas de tubo, esos maquillajes excesivos, exagerados y teatrales, esos pantalones con la tirilla por la planta del pie que creaban el maravilloso efecto
pata de palo, esos broches y pendientes enormes, esos estampados geométricos, esos zapatos de tacón con calcetines de colores...

Las hembras de los ochenta se fijaban, según su edad, en tres prototipos de mujeres, personajes en sí mismas:
Ana Torroja (cuando sus labios aún no eran dos
bratswurts) era la inspiración para las mocillas ochenteras y neorrománticas que no tenían los ovarios para las excentricidades de la entonces primeriza
Madonna;
Farrah Fawcett era la hembra treintañera, el ángel rubio de
Charlie y el pelo rubio y cardado que fue de los más imitados de la historia de la tele (antes que el de
Jennifer Aniston en los noventa y después que el de
Ángela Channing por las abuelas) y, por último, la inefable, inconmesurable, inabarcable e inmensamente rica
Joan Collins.
Dinastía era ella.
Alexis era perversa y estaba más salida que
Pulpillo en el vestuario del equipo brasileño de voley-playa femenino.
El equivalente masculino hay que buscarlo en la playa, más concretamente, en los señores barrigones que pasean sus grasas felizmente a lo largo y ancho de la
Costa del Sol (hay que decir que
Marina d'Or, Oropesa, Benidorm y Torrevieja son el habitat en el que se sienten tan a gusto). Estos señores son los que recuperan de los anales de la historia la prenda paradigmática de los años 60: el bañador
Meyba. Sí queridos y queridas, aquel en el que se introdujo
Fraga cuando se metió a bañarse en
Palomares.
Tengo que confesar que esta gente que vive por y para el total revival de las modas de décadas pasadas me fascinan. No sólo los que incorporan un sobrio detalle ochentero a su indumentaria habitual, sino las (ellas suelen ser mayoría) que recuperan de un fondo de armario próximo a la polilla esas prendas imposibles con las que nuestras madres solían ir a buscaros al colegio. Tomaos un momento para repasar las fotos de vuestra infancia: sí, esas mujeres que aparecen al lado de vosotros (en esa época, niños con bombachos o leotardos) son vuestras madres.
¿Reconocéis el peinado recto a lo paje con ese flequillo semicircular moldeado por el secador? ¿Reconocéis esas gafas de sol enormes y de pasta que os solíais poneros para hacer el anormal? ¿Reconocéis esos jerséis anchos con hombreras y estampados geométricos? Los ochenta, pequeños y pequeñas, eran eso.
Por eso ahora, cuando me encuentro con una reposición de
Dinastía, Falcon Crest o Dallas en un canal local (me ha pasado esta misma tarde), no puedo evitar quedarme perplejo ante magna ambientación del vestir. Es una mezcla entre viaje en el tiempo, encanto
kitsch y poderío que me embota los sentidos mientras en mi mente de trapo empiezan a sonar canciones de
Bangles y Cyndi Lauper. Desde aquí, este humilde
Lunny quiere alabar la función pública de estas damas sin parangón: ¡Bravo por las permanentes y los maquillajes teatrales paseados por la calle! ¡Hurra por las gafas Vuarnets lucidas sin pudor! ¡Viva el cuero, los pantalones pitillo y las tachuelas adosadas a los botines!