Érase una vez, en un país multicolor,
un señor que se dedicaba a diseñar parrillas televisivas estaba todo angustiado en su casa porque no sabía que hacer. Le estresaban las sobremesas de los fines de semana, porque los programas de corazón no querían trabajar en sábado y domingo, y los magazines tenían a todos sus colaboradores en la UCI de los hospitales, insuflándoles el suficiente oxígeno para poder berrear el resto de la semana. Nuestro pobre programador no dormía por las noches, no se concentraba durante el día, no cumplía con su esposa y desatendía a sus hijos. Estaba en un callejón sin salida, no veía luz al final de ese negro túnel en el que estaba sumido. Su sueldo pendía de un hilo, y su estabilidad psicológica estaba en serio peligro.

Pero una oscura madrugada, empapado de sudor, se le encendió la bombilla: telefilmes. Sí, sí,
los telefilmes eran la respuesta. Y además, los de temas trágicos. Muy trágicos. Nuestro programador lo vio clarísimo. Eso era una secuela genial a los programas de cotilleo. Si de lunes a viernes la gente se moría por enterarse de los últimos devaneos de la folklórica de turno o por las modelos que el torero Menganito de Triana se había cepillado en la última semana, ¡les encantaría tragarse un telefilme barato con sentimentalismos más baratos si cabe!
Nuestro programador, emocionado, saltó de la cama, despertó a su esposa a gritos motivado con la idea y ella le arreó un bofetón por perturbar su sueño, que no son horas y mañana trabajo, hombre ya. El programador, ajeno a todo, encendió el ordenador y se puso a escribir la propuesta para el director de su cadena,
Antena 3, el enigmático
Maurizio Carlotti.
La idea: después del
informativo de las tres y sus acartonados presentadores, emitirían los telefilmes más baratos, más chungos y más sensibleros de la historia de la televisión americana. Las tramas a preferir: adolescentes violadas con quince años por sus propios hermanos y embarazadas a traición, malos tratos en barrios residenciales con hijos con síndrome de Down por medio, divorcios tortuosos en los que la ama de casa cincuentona se encuentra con que su marido se la ha estado pegando con su recauchutada secretaria de veinte años que, para más inri, es la novia lesbiana de su hija, que bastantes problemas les da ya como para que acabe destrozando una familia. Una vez terminó, se lo envió por mail a
Carlotti y apagó el portátil.
Epílogo: los telefilmes triunfaron en las sobremesas de los fines de semana. Por otro lado, la esposa del programador le pidió el divorcio por no cumplir su deber marital y encima despertarla a sobresaltos en medio de la noche. Hoy, el programador vive en una lujosa mansión de
Malibú y produce películas eróticas para el canal
Playboy.
- La noticia del día: El debut de
España en el
Mundial de baloncesto de Japón supera en 13 puntos la media de
LaSexta. ¿Qué va a ser lo próximo? ¿El
Mundial de Petanca de Valdecerrillos?
- Para llorar un poco: Antena 3 cumple la promesa y, a partir de hoy, el
Multicine dedicado a los telefilmes se extiende como un chicle durante toda la semana. 24/7, que dicen los americanos.
- Evento del día: Sergio Rivero en
Hasta que la tele nos separe. Hay que aprovechar antes de que llegue la nueva generación
OT...