Mediodía en Lisboa
Me perfilé junto al imponente monumento, uniéndome a la formación de conquistadores lusos, mirando al horizonte con gesto aventurero... más que luso, iluso.
La primera expedición tras mi metamorfósis en heredero de Magallanes fue cruzar un lúgrube y obscuro paso subterráneo, al final del cual, un hombre negro de aspecto patibulario se confundía con las sombras mientras tocaba su saxo de manera inquietante... esquivar su amenazante "Fa-menor" resultó más sencillo de lo esperado, unas monedas en su estuche obraron el milagro.

Por encima del pasaje circulaban los vandálicos, y a la salida nos esperaba el radical... justo detrás: Los Jerónimos.
Una desconocida debió verme cara de maltratador, pues me entregó un panfleto feminista que aunque traté de leer por encima a ritmo de bossa-nova, acabó dentro del contenedor no reciclable de los fados.
El jardín del Monasterio nos recibió con un pedazo de sombra mojada, para más tarde, ya dentro... acabar sumergiendo la punta de los dedos en un agua que lejos de ser bendita, debía ser alucinógena.
¿Cómo se explica si no que en el mismo instante en que yo creo ver a un Tim Burton de 70 años sentado en un banco de la iglesia, la Señorita Motocarro se pusiera a cantar una saeta ante la imagen de la sagrada familia?
Vasco de Gama estaría orgulloso.