"EL CANCELADOR" SE VA DE EXCURSIÓN
En el trabajo me habían encargado ir a los Juzgados para devolver unos libros y recoger otros tantos, es lo que yo sarcásticamente denomino "salir de excursión".
Ausentarse (aunque sea un ratito) de la oficina siempre resulta una liberación, pero a la vez representa una responsabilidad añadida, ya que a pesar de hacerlo bajo mi identidad secreta, cada vez que me muevo por las calles "El Cancelador" (mi heroico alter ego enmascarado que custodia cada noche la ciudad) debe permanecer alerta.
Esta vez voy cruzando los dedos para que no se repita lo sucedido dos meses atrás, en mi anterior excursión: mi llegada a los juzgados coincidió con el intento de fuga de "Los trillizos Edelweiss" (último eslabón de una siniestra familia de criminales austriacos, famosos por la brutalidad con que se emplean y por actuar siempre llevando el traje tradicional tirolés), cuyo proceso quedaba visto para sentencia esa misma mañana... no tuve más remedio que intervenir (postergando los libros) y neutralizar su escapada.
Por si fuera poco, regresando a la oficina tuve entretenimiento extra sofocando una rebelión de octogenarias que estaban linchando a la cajera de un súper (y saqueando el local) por lo que ellas denominaron "una continuada estafa ya de meses atrás, a base de escamotearles céntimos en las vueltas de la compra"... y para colmo de males, "Huelga Man" no pudo escoger otro día para hacer de las suyas, esta vez inmovilizando todo el transporte público de la gran ciudad.
Cuando finalmente aparecí en la oficina (tardísimo, la camisa sucia, y con el lomo de uno de los libros dañado) la jefa pensó que venía de tomar unos vinos y montar jaleo en cualquier bar... así que tras soltarme la bronca del siglo me aseguró que “las excursiones” se habían acabado para mí.
Por "suerte" el virus de gripe que esta semana ha diezmado la oficina ha facilitado el levantamiento del veto que pesaba sobre mi: la jefa tuvo que tragarse el orgullo y encargarme la tarea... no sin gruñir ni amenazar cuatrocientas veces con que sería fulminantemente despedido en caso de perderme (cito textualmente) “por alguna tasca colindante”.
Ay, si supiera la pobre que los superhéroes no bebemos alcohol, bastante esclavizados nos tiene ya el peyote...

Cruzo aún más los dedos al ver que el taxista que me recoge a la puerta de la oficina es el mismo que meses atrás casi nos mata a dos compañeras y a mí tras girar (indecentemente ebrio) por cierta avenida en dirección contraria... afortunadamente mi superolfato detecta tan sólo cuatro (muchos menos que la otra vez) chatos de clarete en su organismo y aparentemente sus reflejos no flaquean, tan sólo queda rezar por que se fije en las señales...
Una vez en los Juzgados paso sin problema por el detector de metales de la entrada... o esta averiado, o la navaja suiza multiusos que siempre llevo encima (por la lupa y el palillo, que los utilizo bastante) no es de auténtico metal.
En el recibidor me topo con otra excursión, en este caso auténtica, escolar. Me hacen gracia porque (aparte del lógico follón que cualquier manada de críos organiza allá por donde pasa) uno de los nenes (cierto pelirrojo descarado) esta tocando el culo de la profesora que los guía.
Paso, no sin dificultad, por el único hueco libre que dejan los chavales (ya puestos atizo una, imperceptible al ojo humano, colleja al pequeño pulpillo pelirrojo) y me dirijo a la segunda planta, donde resulta que me hacen esperar aún varios minutos porque les quedan dos libros sin sellar...
Ya con todo en regla y cargado hasta arriba de tomos, bajo por las escaleras hacia la cafetería del Juzgado; de repente me entran ganas de poner a prueba el olfato de mi jefa, ver si identifica el aroma de un descafeinado de sobre con la misma "agudeza" que aquellos presuntos vinos de la accidentada excursión anterior.
Una vez dentro, deposito los tomos en un rincón de la barra y al acercarse el camarero cambio súbitamente de planes pidiendo una jarra de medio litro de cerveza acompañada de un pincho de tortilla... qué demonios, a veces viene bien recordar lo que se sentía siendo mortal.
Tras digerir uno de los piquitos laterales del pincho y pegar un buen trago a la birra reparo en la chica situada a mi lado, igualmente apoyada en la barra: con una mano da vueltas a una manzanilla de anises y con la otra pasa las hojas de la edición británica de "Vogue". Es la maestra cuya falda alberga impresas las huellas dactilares de toda una legión de pequeños cafres de colegio privado.
Antes de acercarme a ella cojo fuerzas apurando lo que queda de jarra de un trago… “no me importaría ser un niño pelirrojo” pienso. Pido otra jarra y me pongo a su lado.
- ¿Qué tal se presenta la temporada Otoño-Invierno?- le digo
- Los niños cada vez estarán más alienados mientras que las niñas perderán definitivamente el poco decoro que les queda… - me contesta, sin levantar la mirada de la revista.
- Mi pregunta era sobre moda –aclaro, señalando el "Vogue"- no sobre las perspectivas del curso escolar que empieza…
(Por fin alza el rostro y me mira)
- Y de moda le estaba hablando… - dobla la revista y agarra su bolso haciendo ademán de irse.
- Bueno (interrumpo su fuga), pudo haber sido peor, y haberme dicho usted que regresaban las hombreras, los plumas fosforito y la falda pantalón… por suerte (bajo la vista, señalando sus pies) unas katiuskas como las suyas jamás pasarán de moda… en fin, voy a pedir otro pincho de tortilla, ¿me permite que le invite a alguna cosa? ¿Otra infusión? ¿Una croqueta quizás?
Esboza una sonrisa. Me dice que con una croqueta no tiene ni para empezar pero aún así agradece la invitación… tiene prisa y aún le quedan un par de horas padeciendo al grupo de fierecillas.
Al despedirse extiende su mano y al tocársela experimento una conmoción que sacude todos y cada uno de mis desarrollados sentidos. Aquella mujer era un ser excepcional, ahora me explico la afición del niño pelirrojo a toquetearla en cuanto se le presentaba la oportunidad… la sensación es tan agradable que intento prolongar el contacto lo máximo posible, pero ella libera su mano con suma habilidad y emprende veloz el camino hacia la puerta.

Me quedo ahí quieto viendo como desaparece, sumido en un letargo del que sólo me despierta la voz del camarero anunciando la llegada de mi segunda ronda (“¡aquí tiene caballero!”), pero antes de entregarme nuevamente al vicio distingo en el suelo de la cafetería, junto a la salida, un objeto que me resulta familiar.
Al acercarme se confirman mis sospechas: es una manopla negra y morada, la misma que se había quitado la maestra un minuto antes para estrecharme la mano… un modelo idéntico al de otro guante que tiempo atrás esquivé unas cuantas veces durante cierto fatídico combate con otra mujer excepcional…
Salgo a la calle pero no hay rastro del autobús escolar. ¡Ha vuelto a darme esquinazo!
Acerco la manopla a mi rostro, fragancia de Dior… así olían mis heridas tras ser vapuleado por “La Mujer Biónica”.
No debe andar muy lejos, se me pasa por la cabeza intentar alcanzarla… pero ya he perdido demasiado tiempo… miro el reloj y veo que estoy rozando el difuso límite que separa las broncas de la jefa, de la carta de despido.
No debo precipitarme, otro día le daré caza… y de una vez por todas.
Que no cunda el pánico: ella tiene el poder, pero yo ahora tengo una pista...