TIERRA DE NADIE

Un espacio "tontimágico"...
Perogrullo & Autobombo

Una de las cosas que más gracia me hacía del trabajo de comercial eran las arengas que nos soltaban los jefes al inicio de cada jornada.
Yo las divido en dos categorías: las de perogrullo, y las de autobombo.

Las primeras consistían en toda clase de obviedades, topicazos, lugares comunes, etc... que, aunque las dijeran a gritos, producían el mismo efecto que oír llover, o que un discurso de Rajoy. Eran una variante del clásico vocinazo de frutero exclamando en el mercado "pero qué melones traigo oiga!!!".



Mi frase favorita de este grupo era: "ahí fuera esta la jungla, la calle es muy dura, y si no le echas huevos... te come".
Me recordaba a "Canción Triste de Hill Street", era oirla y convertirme de repente en el Agente Gabriel saliendo del despacho del Capitán Furillo... no veas.

Pero sin duda alguna el clímax llegaba con la segunda categoría... aquello sí que era digno de ser grabado.
De vez en cuando los jefecillos se tomaban su tiempo para proclamar a los cuatro vientos (y convencer a los incrédulos, a base de repetirlo constantemente) que éramos la hostia, los más guapos, los más listos, elegantes, etc... y dando por hecho (y por supuestísimo) que ese día no sólo ibamos a vender, sino que íbamos a dar un palo legendario.
Al menos no era tan humillante como en otras empresas del sector, que cada día lo empiezan cantando (no es coña, tienen la canción "del lunes", "del martes"... algo así como: "lunes lunes lunes... cómo me gustan los lunes") pero aún así, a mi ese rollo "Koreano del Norte" siempre me pareció bastante siniestro.

Recuerdo con especial cariño la mañana en que nos visitó procedente de Barcelona El Gran Jefe de la Editorial, vino a conocernos, hablarnos... y a evangelizarnos.



 
Verlo en acción era espectacular: era la mezcla perfecta entre un telepredicador yanqui y esos feriantes que con un micro pegado a la oreja venden cuchillos en la plaza del pueblo.
Se calentó de tal manera en medio de su discurso que, dando un brutal puñetazo a la mesa (acojonante, si lo doy yo me rompo la mano) llegó a decir, sin rubor alguno, que "nosotros, y nuestra visita a las casas de los clientes, era lo mejor que les iba a pasar en la vida"...
En fin, que yo recuerde íbamos a trabajar a Palencia, Zamora, Salamanca, Ávila, Valladolid... no visitábamos pigmeos, maoríes o esquimales que nada más vernos aparecer con la corbata y el maletín pudieran confundirnos con enviados de los Dioses.
¿Qué clase de vida es aquella que al tocar a su fin y echar la vista atrás coloca la visita de un vendedor a domicilio (fantasías de película porno aparte) en el Top 5 de sus grándes éxitos? Vamos, hoy en día ni las monjitas de clausura… 

 

Yo me fijaba en el resto de vendedores presentes (todos presos de la secta), en cómo le escuchaban embobados, hechizados, arrobados por el influjo de aquel mesías trajeado (se echaba de menos algún espontáneo "amén" entre frase y frase); "Porque yo me levanto cada mañana, me afeito, me pongo la corbata y vengo aquí para ser EL MEJOR (nueva hostia en la mesa)... EL NÚMERO UNO!!!".
Los asistentes asentían con la cabeza a todo cuanto decía, emborrachándose de aquella transfusión de agresividad comercial 100% pura... asimilando la doctrina.
Mi duda era si realmente se lo estaban tragando... o si es que querían (necesitaban) tragárselo.




En la comida posterior a la visita del Gran Jefe me di cuenta del poder de sugestión de aquel discurso. Mi superior dijo "hoy vendo dos Goyas por mis santos cojones", una atolondrada vendedora (que ya ni sigue en la empresa) aseguró que ella sería la número uno de la editorial en menos de dos años... en fin, que todos se preguntaban en voz baja qué menú tomaba el Gran Jefe para pedir lo mismo.

Yo, que me había limitado a ser mudo testigo de todos aquellos saraos, no sabía si soltar definitivamente la carcajada que llevaba horas aguantando... o si sentir una infinita lástima por los efectos secundarios que semejante doctrina tramposa puede dejar en la corteza cerebral de más de uno.
Era como en esas películas en las que hay una gran batalla, "Braveheart" por ejemplo, vemos a todos los soldados (vendedores) en perfecta formación y al William Wallace de turno soltándoles un discurso que les calienta la sangre e hincha el corazón... se da la orden de ataque y corren todos a la lucha con la fiereza de un león... Todos ellos han escuchado las palabras de Wallace, todos se creen invencibles... pero solo una mínima parte alcanzan la línea enemiga, el resto cae por el camino (cuando no directamente en el mismo punto de salida).

 



Aquel mediodía de Marzo todo mi equipo salió a la calle como poseído, con la piel del oso ya vendida, algo en su interior les decía que no podrían fallar... esa jornada volvimos de noche procedentes de Zamora con el saco vacío.

Y es que ese saco siempre tuvo un agujero... pero eso, evidentemente, nunca nos lo diría el Gran Jefe.

Publicado el: viernes, 05 de octubre de 2007 14:34 por cocotero1
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