la enfermedad silenciosa
Deja la compra en el suelo. Respira profundamente, apoya su mano en una de las sillas de la cocina y descansa unos segundos. Deposita su mirada en las bolsas y piensa que hoy sólo ha podido cargar con cuatro, cuando la semana pasada pudo con cinco. Se lamenta porque sabe que esta situación se repetirá la próxima vez que vaya a comprar. Segundos antes de reanudar el movimiento para colocar los productos en su lugar, se pregunta hasta cuándo podrá hacerlo sola.
Mujer de apariencia saludable, de 50 años y vida prácticamente normal. Madre de tres adolescentes, separada y sin trabajo. Desde hace unos años, convive con una extraña enfermedad llamada Fibromialgia, cuya causa todavía se desconoce, que le causa dolor generalizado, rigidez y fatiga, y se origina en los músculos y en los tejidos que conectan los huesos, ligamentos y tendones. A ello se suman otras afecciones reumáticas e incluso un trastorno psicológico, derivado de la incomprensión a la que se ve sometida por parte de aquellos que no entienden su dolor.
Prácticas tan comunes como abrir una puerta, bajar una persiana o mantener un plato en la mano se han convertido en todo un reto para ella, que debe afrontar diariamente. A veces, incluso, es prácticamente imposible levantarse de la cama, para lo que debe hacer un esfuerzo sobrehumano. Le encanta pasear, aunque ahora apenas puede hacerlo, pues, además de la fatiga, acaba con los pies hinchados y doloridos. Ni siquiera puede abrir una lata de conservas ni sostener objetos de cierto peso.
A diario, emprende una lucha en silencio contra su propio cuerpo. Se niega a rendirse, a abandonarse a su suerte... Afronta con valentía cada dificultad, cada obstáculo impuesto por su propio organismo, aunque se desespera cuando comprueba que, a medida que pasan los días, va perdiendo fuerza. Dice que no quiere convertirse en un mueble que los demás deban mover a su antojo, por lo que apenas se queja ni solicita ayuda.
Además del dolor físico que le causa la enfermedad, convive con la incomprensión social, incluso de su propia familia. Se tiende a pensar que las mujeres que padecen Fibromialgia se quejan por vicio, como se suele decir, pues aparentemente están sanas. ¿Por qué esta creencia? Por el simple hecho de no pregonar su dolor a los cuatro vientos, de salir a la calle arregladas y maquilladas para, al menos, convencerse a sí mismas de que se encuentran bien y pueden llevar una vida prácticamente normal. Aunque en el fondo no es así, intentan llevar su enfermedad con gran dignidad, aunque es precisamente por ello por lo que la sociedad las critica.
Sí, no es un mal mortal, pero tampoco lo es un resfriado, que sí es socialmente aceptado y nadie reprocha a quienes lo padecen que tengan que guardar cama unos días. Pero sí es una enfermedad crónica que, en silencio, destruye física y psicológicamente a quienes la sufren, pues normalmente son personas jóvenes que, aunque de apariencia saludable, son incapaces de llevar una vida normal, sin posibilidad de tener un trabajo o realizar actividades cotidianas, que deben reducirse a medida que se agravan los síntomas. En este caso no es válida la frase: "Lo que no mata, fortalece".
En España se calcula que están afectados entre el 2% o el 3% de la población, lo que supone más de un millón de personas. Es más frecuente en mujeres que en hombres, pudiendo manifestarse a cualquier edad, incluso en niños y adolescenteses. Aunque reconocida en la Organización Mundial de la Salud y diagnosticada en base a los criterios descritos por el Colegio Americano de Reumatología (cuestionados como insuficientes por algunos especialistas), la Fibromialgia todavía un misterio para la comunidad médica, por lo que, además de desconocerse su origen y causa, no existe un tratamiento curativo.
El 12 de mayo se conmemora la Jornada Internacional para el Reconocimiento de la Fibromialga, que también padecieron Alfred Nobel y la pintora mejicana Frida Kalho.