LOS GARABATOS DE DIOS
«Los
Garabatos de Dios» es el tercer libro que saca a la luz Olga Bejano,
una mujer valiente, luchadora y fuera de lo común. Olga Bejano lleva
más de 20 años sin poder hablar, ni escribir, respirando artificalmente
y comiendo a través de una sonda. En “Los garabatos de Dios”, continúa
mostrando su profundo deseo de vivir y narra su experiencia con Dios
con lo cual comunica la riqueza que surge de una fuerza interior
cultivada en la fe y la esperanza.
Olga
Bejano Domínguez contrajo en
1987, una enfermedad neuromuscular, empezó a paralizar lentamente todo
su cuerpo. Aun así, escribió artículos relacionados con la vida y la
enfermedad.
En
su primer libro, «Voz de papel», narró su convivencia con la
enfermedad, su peregrinación por todos los hospitales, y su respuesta a
las preguntas que un diagnóstico como el suyo suscita. El libro fué
publicado por «Sal Terrae» en 1997, diez años después de comenzar a
escribirlo.
A
finales de 1995, dice ella misma, «mi ‘voz de papel’ se quebró y ya no
podía escribir con una letra legible; así nacieron mis famosos
garabatos: escribo apoyando mi mano paralizada en mi pierna derecha y
con impulsos de la pierna muevo la mano». Gracias a estos movimientos
casi imperceptibles inventó su propio sistema de comunicación
perfectamente traducible al abecedario. Su enfermera interpreta lo que
aparentemente son unos simples garabatos. Gracias a ellos escribió
también el enorme éxito editorial Alma de color Salmón y, ahora, Los
garabatos de Dios.
Olga
sólo puede ver unos segundos cuando le levantan un párpado y no puede
hablar ni escribir. A los 23 años, todo se complicó: «Me pronosticaron
seis meses de vida, los cuales se han convertido en veinte años de
propina divina», dice Olga. Entonces decidió que «no podía esperar a la
muerte de brazos cruzados» y explica que su producción literaria es
fruto de su «oración constante».
Olga Bejarano Dominguez :
No todo el mundo encuentra la Fe en Dios en el mismo momento, igual que no todos nos enamoramos a la vez.
A
través de sus páginas, dice Olga, «el lector puede sentir los temores,
las luchas, el agotamiento, los momentos buenos, los malos y cómo sentí
la presencia de Dios». Todo esto, añade, «sin acritud, sin amargura,
con sentido del humor en muchos casos, aunque también con buenas dosis
de sinceridad, pero ante todo llena de esperanza».
Esta mujer ha
dado forma literaria, para poder animar a otros en su situación, a lo
que experimentó tras la rebeldía ante la enfermedad lo cual resume
diciendo: «El alma es más fuerte que el cuerpo».
«Desde
que descubrí a Dios me sucede algo similar a cuando una persona se
enamora: me levanto pensando en Él, durante el día pienso en Él y al
acostarme, cuando más relajada estoy, en la oscuridad y el silencio es
cuando Él se siente mejor para hacerse oír. En la oración lo que cuenta
no es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios hace en nosotros
durante ese tiempo».
Su
vida de oración no la exime de un sufrimiento atroz: «Cuando rezo le
pido fuerzas a Dios para que me ayude a llevar una cruz que cada día
pesa más y que ya ha pasado por las tres fases: al principio era
ligera, como si fuera de plástico; luego se transformó en madera y
desde hace 14 años, me parece de hierro».
El
segundo libro, «Alma de color salmón», tardó dos años y medio en
escribirlo y otros dos en publicarlo. En él, dice «hablo poco de mi
cuerpo y en cambio abro mi alma». El título alude a la metáfora del
salmón que remonta el río nadando contracorriente. Fue publicado por
«Libros Libres» en 2002.
Olga
Bejano ha expresado, una y mil veces, ante el controvertido tema de la
eutanasia, que no desea ser manipulada ni a favor ni en contra. Que
comprende la dificultad de cada persona: «Como a cualquier ser humano,
no me gusta sufrir. Respeto y entiendo a las personas que solicitan la
eutanasia. A mí, en más de una ocasión, me han dado ganas de tirar la
toalla, pero ahora sé que si sigo aquí es por algo, porque ocasiones
para fallecer las tengo un día sí y otro también. Mi deseo es poder
llegar al final con la calidad de vida que vaya precisando y con
dignidad y que sea Dios quien decida cuándo ha llegado mi día y mi
hora».
Por
esta razón se propone «luchar por los derechos de los enfermos, por el
derecho a servicios de salud más humanos e integrales», así como «la
dignificación del enfermo como un ser completo en sí mismo y con
aportes que hacer a la sociedad». Y exhorta: «En vez de hablar de
‘muerte digna’, se debieran ofrecer ayudas para facilitar la ‘vida
digna’».
«Para
mí, cada día que tengo de vida es una propina y un milagro. Entiendo
que, procesos de enfermedad larga, crónica y cruel, hagan que algunos
enfermos se desesperen pero, en mi caso, mi cuerpo cada día me va
diciendo que lógicamente no voy a más joven, ni a más sana; siento que
el final cada día está más próximo. Si veinte años se me han pasado en
un suspiro, el final sólo Dios sabe lo que va a durar pero seguro que
me llegará cuando menos lo espere», dijo hace unos meses.
Aludiendo
a una experiencia personal de encuentro con Dios, explicaba su postura
ante el encuentro definitivo: «Cuando me vuelva a ver de nuevo en el
túnel de luz, le diré a mi guía: ¡Otra vez estoy aquí!. Me dijiste que
la próxima vez que nos viéramos no tendría que volver. Aquí de nuevo
estoy, pero esta vez traigo hechos los deberes».