Imaginaos esta situación: Hace unos meses os alistasteis en las legiones. Los motivos pueden haber sido de cualquier tipo. Tal vez erais unos jóvenes muertos de hambre, de unos 17 años, condenados a arar un campo el resto de vuestra vida por una miseria, o tal vez erais tan tontos que os dejasteis engañar por un tipo que os prometió gloriosas aventuras y fabulosos botines orientales metidos en una saca de lona.
El caso es que os alistasteis. Os sometieron a un examen minucioso para dejar claro que teníais un cociente intelectual superior al de una rana, lo suficiente para entender las ordenes y no haceros un lío con la pala de cavar, y que podíais hacer una marcha de 40 kilómetros sin acabar escupiendo los pulmones. En definitiva, se aseguraron de que no iban a perder dinero con vosotros.
Luego os sometieron a un periodo de adiestramiento de varios meses, en el que os enseñaron a usar la espada y el escudo, a luchar en línea y en grupo, a cavar, a fortificar, a nadar, a cabalgar, a marchar durante 40 kilómetros cargando 35 kilos de peso (vuestras pantorrillas parecen ahora las de un caballo de tiro) a arrojar la lanza con la suficiente precisión como para no matar a ningún compañero y a otras muchas cosas que no vienen al caso.
Iré al grano, para no aburriros; el caso es que en estos momentos estáis en medio de algún apestoso país muy lejano, echando de menos a vuestras madres. Estáis formando en línea, junto a vuestros compañeros de centuria. Ante vosotros, una muchedumbre de galos, o germanos, o britanos o dacios. Apestosos y salvajes ,en todo caso, y en todo caso, también, están cabreados porque habeis invadido su país para llevaros cualquier cosa que tenga valor. Están luchando por su vida y por su libertad. Si son vencidos acabarán esclavizados, ellos y sus familias, así que harán lo posible por arrancaros la cabeza de cuajo para clavarla a la entrada de su choza maloliente, justo al lado del lugar donde mean por la mañana, al levantarse.
Los tipos golpean sus escudos y berrean, para asustaros, como si no estuvierais ya bastante asustados. En este momento daríais cualquier cosa para poder volver atrás y tener la opción de arar un campo por una miseria durante el resto de vuestras miserables vidas, permaneciendo bien lejos de los salvajes que están a punto de cocinar vuestras tripas en una olla.
¿Y qué es lo que hacéis en ese momento? Pues mirais a vuestro alrededor y veis a 400 tipos tan asustados como vosotros. Sudorosos y pálidos, y con las manos temblorosas. Todos excepto uno. ¿Y quién es ese uno? Pues vuestro centurión. El tipo que os ha traído hasta aquí. El que os amenaza con una tunda cada vez que cometéis un error. El mismo que os golpeaba en la nuca con su vara de mando cuando la cagábais en la instrucción y que os reventaba los tímpanos con sus amenazas.


El tipo está tan tranquilo como si estuviera en el campamento supervisando la instrucción. Da la espalda a los salvajes, como si fueran una cagada de perro, y vigila la línea preparado para fulminar a gritos al primer imbécil que se salga un centímetro de la formación. Es un hombre como vosotros. Ha subido desde abajo, como uno de vosotros, y ha llegado a centurión porque tiene más cojones que vosotros. Estadísticamente tiene diez veces más posibilidades de morir que un legionario, porque siempre, siempre está en primera línea.

Y es precisamente la visión de vuestro centurión la que os recuerda lo que sois y de lo lo que formáis parte, y os recuerda también que no sois vosotros los que debéis estar asustados. No sois vosotros los que habéis tenido mala suerte al entablar combate esta mañana, sino vuestros enemigos, que estadísticamente tienen muchísimas más posibilidades de acabar con las tripas desparramadas que vosotros, pues se enfrentan a las legiones romanas, que son la máquina de combatir más estremecedora que ha conocido la historia de la humanidad y el ejército proporcionalmente más adelantado a su tiempo que ha existido. Roma está aquí, y demás. Así que colocáis vuestro escudo bien pegado al cuerpo, en posición reglamentaria, asomando apenas los ojos, y os preparáis para empezar a acuchillar enemigos con vuestra pequeña espada.


"...Su extraordinario valor en combate hubiera pasado por demencia, si los hombres de su decuria no le hubieran visto después de las batallas amando la vida con una pasión enternecedora. Llegó a centurión en pocos años, y su leyenda nunca dejó de agrandarse. Durante el cerco de Alesia, en el momento crítico en que su legión se vio sometida a un ataque combinado por ambos flancos, se abalanzó resueltamente sobre los galos que desbordaban las defensas como un río crecido, y cargó contra ellos a pesar de tener varias flechas clavadas en las piernas. Sus hombres, inicialmente mudos de estupor, no tardaron en acudir en su auxilio, desestimando la retirada estratégica que habían iniciado."
Capítulo 17 (Los límites del mundo)
Nota: El espectacular penacho transversal de los centuriones tenía como función que los legionarios pudieran ubicar la posición de su líder en la confusión del combate y estar atentos a sus indicaciones, y las rodelas metálicas que ostentan en el pecho, sujetas por tiras de cuero, son condecoraciones honoríficas.
Adicional: Resulta desconcertante lo sencillas que eran las premisas que fundamentaban la insultante superioridad táctica de las legiones sobre los ejércitos bárbaros, y que permitían que una proporción de 5 a 1 fuera favorable a los legionarios, siempre y cuando el terreno permitiera evitar los ataques por los flancos.
Los legionarios estaban adiestrados intensamente para formar líneas de escudos muy compactas. Los bárbaros se abalanzaban, literalmente, contra un muro de madera. El legionario sostenía su enorme escudo (scutum, en latín) y neutralizaba con él la acometida de sus enemigos, y al mismo tiempo adelantaba su diminuta espada de doble filo, concebida para acuchillar, hacia las costillas, el cuello o el o el vientre de su contendiente. Esta tarea era muy fatigosa (el escudo era notablemente pesado) por lo que cada 5 ó 6 minutos los legionarios retrocedían al final de la hilera y el compañero que tenían detrás tomaba el relevo. Si luchaban con una línea de 8 hombres en fondo, que era la formación más habitual, un legionario combatía cada 40 minutos. Lógicamente, si caía herido el relevo se hacía de forma inmediata.
Las legiones estaban perfectamente instruidas en una gran variedad de maniobras colectivas que usaban en función de las circunstancias. Las órdenes se transmitían con cuernos de guerra, y los centuriones eran los encargados de supervisarlas.
Mención especial merecen las jabalinas usadas por las legiones (pilum, en singular, pila, en plural). Cada hombre llevaba una pesada y una ligera. La ligera se arrojaba primero, y era parecida a un venablo corriente. La pesada se arrojaba cuando el enemigo estaba ya muy cerca, y estaba diseñada para doblarse o romperse cuando colisionaba. De esta manera no podían usarse de nuevo contra los legionarios. Después era fácil de reparar. Un pilum pesado podía atravesar hasta tres escudos de madera, según un experimento llevado a cabo por la universidad de Oxford, gracias al contrapeso esférico de metal que le añadía poder de penetración (ver primera foto del artículo)
Los legionarios usaban como referencia para organizarse en combate a los estandartes de su unidad. Los portaestandartes eran hombres escogidos por su valor en combate, y ostentarlos era un gran honor.
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Relieve funerario dedicado a un centurión, posiblemente muerto en combate y enterrado muy lejos de Roma. A la derecha, relieve de un sarcófago en el que se representa a un oficial romano enfrentándose a un enemigo. Debajo, otra figura honorífica en la que un centurión recibe una condecoración en forma de corona de hierba, y al lado, figura de un oficial romano.

