Imaginaos esta situación: Hace unos meses os alistasteis en las legiones. Los motivos pueden haber sido de cualquier tipo. Tal vez erais unos jóvenes muertos de hambre, de unos 17 años, condenados a arar un campo el resto de vuestra vida por una miseria, o tal vez erais tan tontos que os dejasteis engañar por un tipo que os prometió gloriosas aventuras y fabulosos botines orientales metidos en una saca de lona.

El caso es que os alistasteis. Os sometieron a un examen minucioso para dejar claro que teníais un cociente intelectual superior al de una rana, lo suficiente para entender las ordenes y no haceros un lío con la pala de cavar, y que podíais hacer una marcha de 40 kilómetros sin acabar escupiendo los pulmones. En definitiva, se aseguraron de que no iban a perder dinero con vosotros.

Luego os sometieron a un periodo de adiestramiento de varios meses, en el que os enseñaron a usar la espada y el escudo, a luchar en línea y en grupo, a cavar, a fortificar, a nadar, a cabalgar, a marchar durante 40 kilómetros cargando 35 kilos de peso (vuestras pantorrillas parecen ahora las de un caballo de tiro)  a arrojar la lanza con la suficiente precisión como para no matar a ningún compañero  y a otras muchas cosas que no vienen al caso.

Iré al grano, para no aburriros; el caso es que en estos momentos estáis en medio de algún apestoso país muy lejano, echando de menos a vuestras madres. Estáis formando en línea, junto a vuestros compañeros de centuria. Ante vosotros, una muchedumbre de galos, o germanos, o britanos o dacios. Apestosos y salvajes ,en todo caso, y en todo caso, también, están cabreados porque habeis invadido su país para llevaros cualquier cosa que tenga valor. Están luchando por su vida y por su libertad. Si son vencidos acabarán esclavizados, ellos y sus familias, así que harán lo posible por arrancaros la cabeza de cuajo para clavarla a la entrada de su choza maloliente,  justo al lado del lugar donde mean por la mañana, al levantarse.

Los tipos golpean sus escudos y berrean, para asustaros, como si no estuvierais ya bastante asustados. En este momento daríais cualquier cosa para poder volver atrás y tener la opción de arar un campo por una miseria durante el resto de vuestras miserables vidas, permaneciendo bien lejos de los salvajes que están a punto de cocinar vuestras tripas en una olla.

 


¿Y qué es lo que hacéis en ese momento? Pues mirais a vuestro alrededor y veis a 400 tipos tan asustados como vosotros. Sudorosos y pálidos, y con las manos temblorosas. Todos excepto uno. ¿Y quién es ese uno? Pues vuestro centurión. El tipo que os ha traído hasta aquí. El que os amenaza con una tunda cada vez que cometéis un error. El mismo que os golpeaba en la nuca con su vara de mando cuando la cagábais en la instrucción y que os reventaba los tímpanos con sus amenazas.

El tipo está tan tranquilo como si estuviera en el campamento supervisando la instrucción. Da la espalda a los salvajes, como si fueran una cagada de perro, y vigila la línea preparado para fulminar a gritos al primer imbécil que se salga un centímetro de la formación. Es un hombre como vosotros. Ha subido desde abajo, como uno de vosotros, y ha llegado a centurión porque tiene más cojones que vosotros. Estadísticamente tiene diez veces más posibilidades de morir que un legionario, porque siempre, siempre está en primera línea.

Y es precisamente la visión de vuestro centurión la que os recuerda lo que sois y  de lo lo que formáis parte, y os recuerda también que no sois vosotros los que debéis estar asustados. No sois vosotros los que habéis tenido mala suerte al entablar combate esta mañana, sino vuestros enemigos, que estadísticamente tienen muchísimas más posibilidades de acabar con las tripas desparramadas que vosotros, pues se enfrentan a las legiones romanas, que son la máquina de combatir más estremecedora que ha conocido la historia de la humanidad y el ejército proporcionalmente más adelantado a su tiempo que ha existido. Roma está aquí, y demás. Así que colocáis vuestro escudo bien pegado al cuerpo, en posición reglamentaria, asomando apenas  los ojos, y os preparáis para empezar a acuchillar enemigos con vuestra pequeña espada.

"...Su extraordinario valor en combate hubiera pasado por demencia, si los hombres de su decuria no le hubieran visto después de las batallas amando la vida con una pasión enternecedora. Llegó a centurión en pocos años, y su leyenda nunca dejó de agrandarse. Durante el cerco de Alesia, en el momento crítico en que su legión se vio sometida a un ataque combinado por ambos flancos, se abalanzó resueltamente sobre los galos que desbordaban las defensas como un río crecido, y cargó contra ellos a pesar de tener varias flechas clavadas en las piernas. Sus hombres, inicialmente mudos de estupor, no tardaron en acudir en su auxilio, desestimando la retirada estratégica que habían iniciado."

Capítulo 17 (Los límites del mundo)

Nota: El espectacular penacho transversal de los centuriones tenía como función que los legionarios pudieran ubicar la posición de su líder en la confusión del combate y estar atentos a sus indicaciones, y las rodelas metálicas que ostentan en el pecho, sujetas por tiras de cuero, son condecoraciones honoríficas.

Adicional: Resulta desconcertante lo sencillas que eran las premisas que fundamentaban la insultante superioridad táctica de las legiones sobre los ejércitos bárbaros, y que permitían que una proporción de 5 a 1 fuera favorable a los legionarios, siempre y cuando el terreno permitiera evitar los ataques por los flancos.

Los legionarios estaban adiestrados intensamente para formar líneas de escudos muy compactas. Los bárbaros se abalanzaban, literalmente, contra un muro de madera. El legionario sostenía su enorme escudo (scutum, en latín) y neutralizaba con él la acometida de sus enemigos, y al mismo tiempo adelantaba su diminuta espada de doble filo, concebida para acuchillar, hacia las costillas, el cuello o el o el vientre de su contendiente. Esta tarea era muy fatigosa (el escudo era notablemente pesado) por lo que cada 5 ó 6 minutos los legionarios retrocedían al final de la hilera y el compañero que tenían detrás tomaba el relevo. Si luchaban con una línea de 8 hombres en fondo, que era la formación más habitual, un legionario combatía cada 40 minutos. Lógicamente, si caía herido el relevo se hacía de forma inmediata.

Las legiones estaban perfectamente instruidas en una gran variedad de maniobras colectivas que usaban en función de las circunstancias. Las órdenes se transmitían con cuernos de guerra, y los centuriones eran los encargados de supervisarlas.

Mención especial merecen las jabalinas usadas por las legiones (pilum, en singular, pila, en plural). Cada hombre llevaba una pesada y una ligera. La ligera se arrojaba primero, y era parecida a un venablo corriente. La pesada se arrojaba cuando el enemigo estaba ya muy cerca, y estaba diseñada para doblarse o romperse cuando colisionaba. De esta manera no podían usarse de nuevo contra los legionarios. Después era fácil de reparar. Un pilum pesado podía atravesar hasta tres escudos de madera, según un experimento llevado a cabo por la universidad de Oxford, gracias al contrapeso esférico de metal que le añadía poder de penetración (ver primera foto del artículo)

Los legionarios usaban como referencia para organizarse en combate a los estandartes de su unidad. Los portaestandartes eran hombres escogidos por su valor en combate, y ostentarlos era un gran honor.

 

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Relieve funerario dedicado a un centurión, posiblemente muerto en combate y enterrado muy lejos de Roma. A la derecha, relieve de un sarcófago en el que se representa a un oficial romano enfrentándose a un enemigo. Debajo, otra figura honorífica en la que un centurión recibe una condecoración en forma de corona de hierba, y al lado, figura de un oficial romano.


 

 

Los ángeles caídos habitan entre nosotros, purgando su condena infinita. Tienen apariencia humana, aunque son seres muy bellos. Huelen a jardines secretos o a hierba cortada, su voz es como el rumor de la hojarasca, en otoño, y su mirada, que es como un mar sin orillas, apenas se detiene en las cosas.

Fueron condenados a la inmortalidad, y surcan la historia como peregrinos penitentes. Los mensajeros de la muerte, que son seres meticulosos y reflexivos, los eluden cuidadosamente. Los mensajeros se asemejan a la sombra de una persona delgada e impaciente, y a menudo se ocultan entre las sombras reales del mundo. Van y vienen, inquietos y atareados.

Las almas de los humanos aletean como mariposas cautivas, y los ángeles pueden entender su lenguaje. Perciben nuestras intenciones, porque pueden descifrar el rumor de las semillas de nuestros actos mientras aún están germinando.

Los ángeles, por lo general, son amables y apacibles, pero no toleran la agresión a la pureza, y su furia es devastadora.

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"Los proyectiles golpeaban los escudos como una tormenta de granizo"

Capítulo 11 (Paraísos)

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La formación en tortuga es la más popular de todas las que usaban los legionarios romanos, seguramente debido a su espectacularidad y a su dificultad técnica.

No obstante, en realidad sólo se usaba en circunstancias muy concretas.

Aquí vemos un detalle de la columna trajana en la que aparece una formación en tortuga. Se puede observar que los legionarios se están acercando a una fortificación enemiga, y que usan la formación para avanzar a través de la lluvia de proyectiles que les arrojan desde las murallas. Ésta sería básicamente su utilidad, ya que no sería práctico usarla en una batalla a campo abierto, pues debido a la dificultad técnica de mantenerla, la unidad se movería muy despacio.

 

Ésta sería la posición de un infante que formara parte de una formación en tortuga, sujetando el escudo con el puño cerrado apoyado en el extremo para que no asomaran los dedos.

Finalmente, aquí vemos a un legionario con una de las larguísimas lanzas que se usaban para atacar a los defensores de las fortificaciones.

Incluyo fragmento del capítulo 16 ("La guerra civil"):

...Los pompeyanos extendieron al máximo su línea de batalla, abarcando un frente de más de dos kilómetros, obligando a los cesarianos a realizar la misma operación para equiparar la longitud de ambas líneas y evitar ser rodeados, con lo cual la del ejército de César era muy delgada y, consecuentemente, vulnerable. Sin embargo, César tendió una trampa al grueso de la caballería senatorial, lanzando contra ella a sus jinetes, que fingieron retirarse al poco de entablar combate. La caballería pompeyana se abalanzó en su persecución, intentando aprovechar la maniobra para rodear la aparentemente frágil línea de los cesarianos y atacarlos por la retaguardia. Sin embargo, Julio César había escondido tras sus líneas varias cohortes armadas con las larguísimas lanzas que se usaban en los asedios para derribar a los defensores de las fortificaciones. Estos hombres habían sido instruidos para atacar a los jinetes al estilo de las falanges griegas, formando una sólida y compacta barrera con las puntas de las lanzas. Las primeras filas de la caballería del ejército senatorial se batieron en retirada, sorprendidas, y arrastraron al resto de los jinetes en una espiral de pánico y confusión, tal y como posiblemente había previsto César. La debacle de sus jinetes debió desconcertar terriblemente a Pompeyo, que contaba con la abrumadora superioridad de su caballería para flanquear cómodamente las líneas enemigas, atacarlas por la retaguardia y desequilibrar el desenlace de la batalla a su favor. Los germanos de César les siguieron de cerca, acabando de desbandarlos y arrollando a continuación a los arqueros y honderos que apoyaban a la caballería. El desconcierto se extendió por las líneas del ejército senatorial, sobre todo cuando los hombres que habían atacado a los jinetes con sus lanzas de asedio se abalanzaron sobre el flanco pompeyano, al mismo tiempo que el resto del ejército iniciaba un ataque masivo en toda la línea. Los legionarios de César, resentidos a causa de las penalidades que habían sufrido, cargaron furiosamente contra sus enemigos, decantando el factor moral de su lado."

"El ángel sin cielo", novela histórica.

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"...Elia se había sentado sobre él, con las piernas aprisionándole las caderas. Su piel era anormalmente cálida y parecía tener vida propia. Le intimidó la intensidad de su mirada, a pocos milímetros de la suya. Le estaba hablando, aunque no movía los labios"

"Aquella misma noche Elia partió de Alejandría, antes de que el dolor de la pérdida se asentara en su corazón. Sabía que era una carrera que no podría ganar, y que el dolor acabaría por encontrarla, pero aún así embarcó en un pequeño mercante egipcio con rumbo a Creta. El capitán la sometió a nauseabundas vejaciones que tuvieron el inesperado efecto de aliviarla, y se sorprendió al entender lo profundo que era el odio que sentía por sí misma.

 Allí inició por fin el viaje hacia el interior de su alma oscurecida. Por las mañanas se quedaba dormida, atada al camastro y dolorida aún por las repugnantes e intensas prácticas impuestas por el fogoso capitán, y sumida en el alivio que le proporcionaba el dolor físico, soñaba con la casa. Era una casa enorme, que estaba al final de un una calle fresca y estrecha, como las de los barrios altos de Roma. La veía rodeada de un jardín oscuro y sin vida, que daba la sensación de haber estado siempre en el mismo estado de abandono. En el sueño, Elia empujaba el portalón con las dos manos, haciendo un esfuerzo agotador que le provocaba agudos dolores entre los hombros. Una vez que accedía al interior, la sensación de soledad le impactaba con una violencia casi física. Elia lloraba de tristeza en sueños porque era consciente de que aquella casa era su propio corazón, y su llanto se perdía en la oscuridad de los pasillos interminables, como el eco de una infancia antigua, ya extinguida.

La noche antes de llegar a Creta, cuando ya se divisaban las luces del puerto, Elia entonó una de las canciones más antiguas y poderosas que conocía. Las mágicas e inmemoriales constelaciones de notas fluyeron mansamente hasta el epicentro de los corazones de los marineros, provocándoles intensos sueños concéntricos en los que sus espíritus retozaban en un jardín formado por sus deseos más puros. Cuando todos dormían profundamente, Elia los encerró en la bodega y prendió fuego al barco. Se alejó a bordo de la pequeña chalupa, dejándose llevar por la corriente y dándole la espalda a la nave. Durante horas pudo ver el reflejo de las llamaradas en el agua oscura, pero no logró llorar. A partir de ese momento inició su viaje interior. Inicialmente buscó la redención en la degradación y el dolor.

Se sometió a las más monstruosas vejaciones, y llegó a formar parte del mítico gineceo de Yesu, el fenicio ciego. Hombres y mujeres de todo el mundo acudían a constatar si eran ciertas las leyendas que corrían acerca de Dilia, la mujer delfín, de Yria de Canope, que podía sujetar un grueso bastón con la lengua, o de Kabs, el Hércules cántabro, un gigantesco adolescente que levantaba un elefante joven con los brazos sin aparente esfuerzo, pero cuya alma femenina era tan dulce que podía provocar las lágrimas del mismísimo Yesu con sus delicadas canciones. Elia llegó a ser conocida como la bella sirena, la mujer que hipnotizaba con sus cantos mágicos. Provocaba en los hombres y en las mujeres un deseo tan intenso con su danza y con su música que algunos llegaron a enloquecer de pasión, lo que contribuyó a elevarla a la condición de leyenda. Todo se complicó fatalmente cuando Yesu el ciego, el hombre sin corazón, se enamoró también de ella a fuerza de oírla cantar. El desdén del ángel fue tan natural que el fenicio enfermó de resentimiento. Todo el mundo sabía que Elia sentía un intenso afecto por la joven Betsaida de Nabatea, una extraña criatura de aspecto infantil que se enamoraba cada noche de la persona que pagaba una pequeña fortuna por el derecho de acceder a la cámara nupcial donde vivía recluida. Betsaida se enamoraba de todos los hombres, a causa de una antigua maldición que retenía su organismo y su espíritu anclados en una eterna adolescencia. Para vengarse de Elia, Yesu vendió a la delicada Betsaida a un desalmado mercader romano que se la llevó a Antioquía, abocándola a un destino infernal. Aquella misma noche, Elia fingió asustarse por la reacción airada del fenicio y accedió sumisamente a visitar sus aposentos. En pleno éxtasis, Elia le quebró el cuello con un gesto brusco y preciso, dejándole mudo e inmóvil, pero vivo y consciente, y a continuación le introdujo el brazo por el recto con una furia que enrareció la atmósfera de la casa y le oprimió el corazón hasta que lo detuvo.

Una vez más huyó precipitadamente, sintiendo el dolor a su espalda como un depredador paciente e incansable. También empezó a sentir nostalgia de Excato. Al principio confundió aquel difuso sentimiento con una extraña reacción sentimental, pero al cabo de unos meses admitió que en realidad siempre le había amado, lo cual la sorprendió extraordinariamente. Llegó a la conclusión de que estaba entrando en una insólita relación de intimidad consigo misma, algo similar a la camaradería que sienten los fugitivos enemistados que huyen de un común adversario muy cruel y acaban por hacerse furtivas confidencias durante las noches de vigilia, arropados por la inminencia de la captura. Elia se odiaba intensamente, pero nunca lo había admitido con la suficiente entereza. Ahora, por alguna extraña razón, estaba siendo dolorosamente sincera con lo más profundo de sí misma, y esta circunstancia, de alguna manera, la acercaba a la reconciliación. Una noche, mientras soñaba con la casa que simbolizaba a su corazón, escuchó unos pasos que se acercaban por uno de los inmensos pasillos, y al cabo de unos segundos vio aparecer a Excato, sonriente. Iba vestido como la última vez que le había visto, poco antes de la caída de Troya, con la liviana armadura de estilo griego cubierta de sangre. Elia lloró por fin, al entender que siempre había llevado a Excato en un oscuro y desconocido recodo del corazón. Lloró envuelta en sus brazos sabios y antiguos y le confesó su cobardía, el temor inaudito que sentía ante la idea de hacerle daño, porque sabía que ella era la única que podía infligirle auténtico daño. Excato le colocó una mano sobre los ojos y la besó en el cabello durante horas, velando dulcemente su llanto liberador. Despertó redimida de la carrera contra sus propias mentiras, pero con el pecho desgarrado de vergüenza por su tremenda cobardía y por las consecuencias que ésta le había acarreado a Excato.

Durante decenios continuó usando la degradación para compensar su ansia de castigo y llegó a estar muy cerca de las fronteras de la abyección, ese punto sin retorno en el que desaparece el respeto fundamental por uno mismo. Finalmente, se agotó y recaló en un pequeño y remoto pueblo de Galilea llamado Magdala, cerca de Tiberíades. Por aquellos tiempos se hacía llamar María, y fue conocida como María la de Magdala o María la magdalena. Una tarde conoció a Jesús de Nazareth, un hombre de baja ascendencia que pretendía ser el mítico mesías de los judíos."

Cap. 15 (Elia)

Elia olía a jardines secretos y a historias por contar, y cuado estaba triste olía a invierno y a flores ausentes.

Un ejemplo de la mejor novela histórica (Fabio Morasso)

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La armadura laminada sustituyó a la cota de malla en el siglo I. La causa fue la brutalidad de los germanos, unos tipos grandes como armarios que blandían enormes hachas como si no pesaran nada. ¡Podían fracturarte la mitad de los huesos de un solo golpe! Las guerras germánicas fueron muy crueles. En aquellos bosques antiguos y silenciosos, habitados por dioses secretos y crueles, acabaron enterrados muchos romanos en la tierra fría de aquel condenado país. (Ver capítulo 10)

Continúa


Las caligae, o las sandalias de los legionarios. A Calígula, (este nombre era en realidad era un apodo) le llamaban así porque cuando cuando era pequeño y su padre era Legado de una Legión, en Germania, los legionarios le fabricaron unas de su talla con las que solía pasearse por el campamento.
 


¡Se podría decir que las legiones romanas se apoyaban en las caligae!. Uno tardaba en adaptarlas a su pie, porque al principio eran condenadamente duras, pero después se convertían en una segunda piel.

Se fabricaban en una sola pieza de cuero, que después se cortaba en la forma adecuada y se cosía, y las suelas se protegían con clavos.

Finales del imperio. En ésta ilustración se puede observar el declive del Imperio, simbolizado por el equipo de los soldados, muy parecido ya al de un hombre de armas de la época medieval. Resulta interesante observar la imagen de un santo que lleva el jinete en el escudo. Hay que tener en cuenta que al final el cristianismo se convirtió en religión oficial

 
 
Los primeros tiempos:
El prisionero es un romano de la época republicana, y el que está de pie un etrusco. Es interesante observar el "pilum" o lanza arrojadiza, que después copiaron los legionarios.

 

 

Si por aquellos tiempos queríais conocer a un tipo duro, duro de verdad, sólo teníais que hablar con el portaestandarte de una Legión, el Aquilifer. Era un honor extraordinario reservado al hombre más valiente de la Legión. Cuando luchábamos contra los malditos galos y germanos, aquellos tipos eran el blanco preferido de sus flechas y lanzas. Os aseguro que no resultaba nada saludable!

 

 

"...  Los britanos eran unos hombres muy singulares, pálidos y más bien bajos, pero con una extraña actitud de suave determinación, muy distinta al afectado orgullo de los galos o a la aparatosa soberbia de los germanos."

 Cap. 14 (El centurión de Cafarnaum)

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Hoy os hablaré de las máquinas de guerra romanas,  la artillería de las legiones.


En este caso, como en tantos otros, también hay que decir que los romanos no inventaron casi nada, pero hicieron evolucionar artefactos que ya existían hasta llegar a rozar la perfección. Onagros, catapultas, balistas y escorpiones, entre otros mecanismos, ya habían sido usados con mayor o menor asiduidad y maestría por ejércitos de épocas muy anteriores, como el cartaginés y (sobre todo) los griegos. A los griegos, de hecho, se les concede la autoría de la mayoría de estos mecanismos.



Los artilleros eran tipos muy especiales. Eran expertos en montar y desmontar sus aparatos y en mantenerlos en perfecto estado a pesar de la asquerosa humedad que había en Las Galias, en Germania o en Britania, y a pesar también de la arena de las provincias africanas.



Las cuerdas tensoras de los aparatos estaban hechas con tendones de animales, lo cual les otorgaba una potencia mucho mayor que los aparatos de asedio medievales, en los que se usaban cuerdas corrientes.

¡Cada uno de aquellos trastos valía una fortuna!

El mejor artillero que conocí se llamaba Vitelio. Era un tipo mayor, y más bien bajito. Creo que ni siquiera daba la talla mínima para ser legionario. Pero tenía la mirada inhóspita de un halcón hambriento, y todos conteníamos la respiración en cuanto se colocaba despaciosamente detrás del escorpión, mientras masticaba una brizna de hierba, y apuntaba. ¡Hasta Julio César en persona solía participar en las apuestas cuando algún recluta novato desafiaba a Vitelio!


 

En una ocasión, durante el asedio de la fortaleza de Gergovia, vi con mis propios ojos cómo le pulverizaba la cabeza a un galo que asomaba su enorme nariz por detrás del baluarte, a más de ciento cincuenta metros de distancia.


Ahí tenéis un ejemplo de los efectos de un proyectil de escorpión. Medían casi un metro y medio, y éste se le clavó en la espina dorsal a algún pobre galo.

Ya os iré contando!

La novela "El ángel sin cielo" relata las aventuras de uno de los ángeles caídos, que fueron condenados a la inmortalidad y a surcar la historia de la humanidad como peregrinos penitentes. A través de las vivencias de Excato, el protagonista, viviremos varios siglos de Imperio romano y sucesos históricos como el asesinato del emperador Claudio y la crucifixión de Jesús de Nazareth. Le acompañaremos también en un demencial viaje sin esperanza en busca de los límites del mundo, que le llevará a vivir extraordinarias aventuras.  

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Artillero romano del siglo I con la cesta de los proyectiles para la balista.

Las cuerdas tensoras, fabricadas con tendones de animales.

 

Imagen de la columna trajana en la que los legionarios están construyendo una fortificación. Abajo a la izquierda se aprecia un escorpión montado en un carro.

(pendiente)

 

Una catapulta y una balista (pendiente)

Proyectiles preparados para ser arrojados. Forman parte de la excavación del asedio de la fortaleza de Masadá, durante las guerras contra los judíos.

Como curiosidad, un bello artefacto diseñado por Leonardo Da Vinci!

Hoy os hablaré de la caballería romana, y también os contaré la historia de mi amigo Fabio El Lobo, cuya cabeza permaneció durante diez años en una olla llena de vino. ¡De la mejor clase, eso sí!.



Los caballos italianos, por aquel entonces, eran pequeños y no muy fuertes, así que Roma no tenía demasiada tradición ecuestre, y las tácticas de combate romanas se fundamentaban casi exclusivamente en las maniobras de infantería. Cuando hacía falta se reclutaban auxiliares galos, germanos o africanos, preferentemente númidas (terribles eran los del rey Bogud, que decidieron la batalla de Munda con sus arpones de madera), que sí tenían buenos caballos y mucha tradición como jinetes.

Sin embargo, cada legión tenía asignada una pequeña fuerza de caballería. Eran tipos duros, muy especiales, de hecho tenían fama de estar mal de la cabeza. Seguramente era porque se pasaban el día trotando. Generalmente realizaban labores de patrulla y de mensajería, y os aseguro que no era una ocupación envidiable. Creedme, más de uno acabó cayendo en una emboscada en uno de aquellos bosques tenebrosos de la Galia o de Germania. Solíamos encontrarlos desnudos y sin cabeza. Los galos y los germanos tenían una fijación con la cabeza de la gente.



Preguntadme lo que queráis al respecto, pero no acerca de las cabezas. Es un tema que me incomoda desde que tuve que cargar con la de mi amigo Fabio hasta Roma. El tipo me hizo prometerle que si la perdía se la devolveríamos a su mujer. Por cierto, que es una historia estupenda, veréis: Fabio era un tipo extraordinario, uno de esos a los que todo el mundo en la centuria acaba queriendo de verdad. Podías pedirle siempre un favor, y si estaba en su mano te lo hacía, y además con una sonrisa. Y además era un bromista tremendo. ¡Sus bromas pesadas eran legendarias en la sexta Legión!. El caso es que durante la batalla del río Sambre un galo le cortó la cabeza. A los galos les encantaba hacer eso en combate, con sus largas espadas célticas. Era enervante. Estabas acurrucado tras el escudo, con los pies bien asentados y la espada en posición de ataque, vigilando la línea, y de repente aparecía la cabeza de un tipo de tu centuria rodando por el suelo, y tenías que ir con cuidado para no pisarla y caerte.
El caso es que todos nos quedamos muy abatidos por lo de Fabio.

Nos había hecho prometer a sus compañeros de tienda que si le pasaba eso llevaríamos su cabeza hasta Roma y se la entregaríamos a su mujer. Siempre hablaba de su mujer, y la describía como una belleza de otro mundo, con un carácter dulce como el de una ninfa. Metimos la cabeza en una olla de vino de Iliria, uno bien fuerte, como le gustaba a él, y cargamos con ella diez años, durante la guerra de las Galias y después durante la maldita guerra civil. Desde Germania hasta Mauritania, pasando por Hispania, Grecia y Egipto. Por las noches colocábamos la olla en una silla, cerca de nosotros, y nos contábamos una y otra vez los chistes de Fabio, y después brindábamos por él y por los buenos tiempos. Afortunadamente, durante las marchas, el Centurión nos permitía colocar la olla en el carro del equipaje, junto a las lanzas de repuesto y los sacos de trigo. En una ocasión, incluso el General Cayo Julio César vino hasta nuestra tienda para interesarse por la cabeza de Fabio. Como era una ocasión especial la sacamos de la olla para mostrársela. Fabio sonreía como en sueños, y no creáis que hacía demasiada mala cara. Para estar muerto, quiero decir. El General arrugó la nariz, aunque nos felicitó por nuestro compañerismo y demás, ya sabéis que a los generales les encanta ese tipo de cosas, y después se ofreció a enviar la olla a Roma con su correo personal, para que no tuviéramos que cargar con ella. Nosotros le dijimos que le habíamos prometido a Fabio que se la entregaríamos en persona a su bellísima mujer, y él lo entendió y nos felicitó de nuevo. De todas maneras hubiéramos echado de menos a Fabio.
El caso es que cuando nos licenciaron, mi amigo Tulio y yo nos acercamos hasta la casa de Fabio, cerca de Ostia. Cuando entramos con la olla apareció una mujer más fea que robarle comida a un ciego, y grande como un maldito elefante persa. ¡E igual de malhumorada, podéis creerme!. Cuando le contamos la historia, aquella bestia nos dijo a gritos que jamás había estado casada y que no conocía a ningún maldito Fabio, y que sacáramos aquella porquería de su casa! Nos sacó a empellones y nos replegamos como si nos atacara la maldita caballería númida de Pompeyo. Ya en la calle, Tulio y yo nos reímos como locos durante un buen rato. ¡El maldito Fabio nos había gastado la broma más estupenda que jamás hubiéramos podido imaginar! Aquella noche brindamos por él, por última vez. Y además nos pagó aquella ronda, porque le vendimos la maldita olla al mesonero, convenciéndole de que aquel vino debía su peculiar sabor al método de elaboración artesanal de los galos belgas. ¡A Fabio le hubiera encantado!


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Ali

He conocido a una señorita que me ha recordado mucho (¡pero mucho!) a Zoé de Éfeso. ¡Hasta me ha dado un vuelco el corazón cuando me ha sonreído!

A Zoé la conocí en Alejandría, en tiempos del buen emperador Augusto, allá por el siglo 1º d.C. (Estupendos tiempos, por cierto. Recordadme que os hable algún día del vino tibio y especiado, de mi amigo Fabio El Lobo, el mejor gladiador que ha habido, del ingeniero Vitrubio, de la V legión y de la salsa garum)

Sin ser una de las mujeres más bellas del mundo conocido, Zoé llegó a adquirir la condición de leyenda. Enloquecía de pasión a hombres y mujeres con su piel anormalmente cálida, que parecía tener vida própia. Y con su voz, que era como el rumor de las hojas es un bosque muy antiguo. Y su lengua alargada y sabia, que conocía los antiguos secretos de la piel.



Sólo otorgaba sus favores a los que podían pagar una bolsa de oro que pesara tanto como su corazón. El precio actual de dos coches de gama alta, para que os hagáis una idea aproximada.

Aún no entiendo cómo podían los humanos tolerar esa mirada!

Y decía la leyenda que se enamoraba con toda su alma de la persona que supiera acariciarla como acarician los dioses. Recordadme que os hable de eso, también.








Un dato, para todos: El 80 % de las mujeres alcanzan el orgasmo si la cópula se prolonga al menos 20 minutos. Pero no olvidéis olvidaros de las estadísticas, es muy (muy) importante.

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Pero vamos a ver, mortales, ¿de verdad creéis que un dios omnipotente crearía a un ser imperfecto para poder después castigarle cuando cae en tentaciones o comete errores?

¡Hacedme caso, ya estáis salvados hagáis lo que hagáis!. Él no os va a juzgar. Sed grandes, pero sedlo también con  vosotros, no sólo con los demás, y entenderéis el sentido de todo.

 A veces creéis que deseais algo con gran intensidad, pero si os preguntan por sorpresa que cuál es vuestro deseo más ferviente, os vendrán otros a la cabeza antes que el que creéis que más deseáis.

Viernes 27 de Octubre: El objetivo de la vida no es aprender nada, porque ya sabéis todo lo esencial. Aprended de los niños.

Miercoles 26 de Octubre: Cuando deseéis algo, meditad en cómo os sentiríais si lo obtuviérais, y entonces os daréis cuenta que ese estado de ánimo podéis lograrlo sin satisfacer vuestro deseo, si de verdad lo elegís así.

 

"Cuando el ángel desembarcó en el muelle real, la reina caminó descalza hasta situarse a pocos centímetros de él, le colocó la mano en el pecho, a la altura del corazón, y al cabo de unos instantes una diminuta lágrima de felicidad que olía a flores ausentes rodó por su mejilla de color marfil y cayó en la nieve, emitiendo un sonido opaco que reverberó en el inmenso y sólido silencio de expectación que reinaba en el muelle. A continuación, tomó la mano de Excato, reconociéndole, y la multitud prorrumpió en gritos de júbilo."

Capítulo 17 (Los límites del mundo)

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"...Excato construyó en los jardines un diminuto anfiteatro particular y desafió a los mejores gladiadores del imperio. Afirmó públicamente que regalaría su fortuna al que lograra vencerle, y aquello desató definitivamente la locura en la ciudad.
Los mejores luchadores del mundo conocido fueron agasajados como príncipes para ser después vergonzosamente sometidos en la arena. Los venció a todos con sus propias armas y empezó a tomar fuerza el rumor de que realmente Excato era un dios inmortal con apariencia humana, que podía leer las almas y al que obedecían los animales y los muertos." 

Cap. 20 ("La carrera")

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Ser gladiador no era un mal asunto.

Pocos acababan muertos en la arena, no hagais caso de las películas. Y si eras bueno y llegabas a luchar en Roma entendías lo que era ser un dios.

La mayoría de las luchas acababan con tabiques nasales rotos o cortes (iban muy bien protegidos), aunque lo normal era que te desarmaran y tuvieras que rendirte.

También hay que decir que luchar en provincias era otra cosa. Anfiteatros pequeños y público poco entendido. ¡Pero había que empezar por abajo para llegar a oír a la muchedumbre coreando tu nombre en el Coliseo!

Y si lograbas labrarte un nombre, cuando te retirabas era fácil entrar en la guardia personal de algún mercader adinerado. No era una mala vida, comparada con la de un trabajador asalariado de la época. Podeis creerme!

 


"La noche antes de la batalla de Tapso, intuyendo que era una de sus últimas ocasiones, Excato le pidió a Julio César, como un favor especial, que le permitiera combatir con los galos de la quinta Legión, la alaudae, que tenía como misión enfrentarse a los pavorosos elefantes de guerra del ejercito senatorial...

"...Sin embargo, la mirada de dolorosa incomprensión y de furiosa renuncia que percibió en los ojos de uno de aquellos soberbios animales un poco antes de que lo remataran a lanzazos, abatido ya en el suelo a causa de numerosas heridas, le traspasó el corazón como una estocada traicionera. Siguió luchando con los ojos arrasados de lágrimas a causa del súbito e inesperado acceso de compasión, y después de la batalla se dio cuenta de que se estaba volviendo loco a causa de los conflictos que le originaba su dualidad. La inocencia intrínseca del animal, su inteligente mirada de desconcierto y de dolor y su súplica casi infantil de misericordia le rasgaron al ángel el equilibrio psíquico."
Capítulo 17 (Los limites del mundo)



Los elefantes bien adiestrados para el combate constituían un arma de guerra formidable cuando se abalanzaban sobre una formación de infantería poco profesional. En ocasiones, su sóla presencia ponía en fuga a sus enemigos. ¡Deberíais haberlos oído barritar cuando estaban excitados por la lucha inminente!.

Los cartagineses los usaban por sistema, aunque en la batalla de Zama, que supuso la derrota definitiva de Aníbal en la segunda guerra contra Roma (guerras púnicas, entre Roma y Cartago), Escipión el Africano adiestró a sus legiones para formar pasillos y abrirles paso, alanceándolos por los flancos. El ejército senatorial intento usarlos contra César en la batalla de Tapso, durante la primera guerra civil romana. A pesar de que en sus Comentarios a la Guerra Civil César no explica la táctica utilizada, es de suponer que se basó en la experiencia de Escipión en Zama, contra Aníbal, ya que Julio César solía documentarse y utilizar la experiencia de otros grandes militares, y nunca improvisaba a menos que fuera inevitable. Posteriormente, los elefantes fueron perdiendo protagonismo. Resultaban difíciles de manejar (sobre todo durante el combate) y caros de mantener y transportar, y si la infantería estaba bien adiestrada y no se dejaba impresionar, manteniendo la formación a pesar del embate de los formidables animales, podía neutralizarlos con armas arrojadizas, pues los elefantes eran relativamente lentos a la hora de maniobrar en el campo de batalla.

 

Cito de Wikipedia:

Elefante Cartaginés, norteafricano o del Atlas (L. a. pharaoensis): Esta subespecie, hoy extinta, se extendía desde el Magreb a la desembocadura del Nilo, y tenía un tamaño menor que el elefante de sabana, probablemente similar al del elefante de bosque. También es posible que fuera más dócil, quizás por eso pudo ser domesticado por los cartagineses con algún método desconocido. A esta subespecie pertenecían los elefantes con los que Aníbal cruzó los Pirineos y los Alpes para invadir Italia durante la Segunda Guerra Púnica; no se tiene constancia de que fueran utilizados por otra potencia que no fuera Cartago, pues los elefantes de guerra de Grecia, Macedonia o Persia eran todos asiáticos.


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"...La décima legión había logrado formar una línea de combate razonablemente compacta, y los nervios se estrellaban contra el muro de escudos como avispas furiosas, golpeándolo con desesperación. La mayoría caían abatidos inmediatamente por las pequeñas espadas romanas, que asomaban como destellos entre las planchas de madera."
Excato relata el sorpresivo ataque de los guerreros nervios (belgas), en el capítulo 10 ("Los guerreros nervios")

 

 

¡Los nervios eran grandes guerreros!

Aquella tarde nos sorprendieron mientras estábamos construyendo el campamento para pasar la noche. Nos estaban esperando en el bosque, al otro lado del río. Fue un error de los exploradores que casi nos cuesta la vida a todos.

Los nervios salían a miles del bosque, en orden de batalla, y avanzaban muy deprisa a través del prado. Inmediatamente empezaron a sonar las cornetas, de forma frenética. Los hombres arrojaban las palas y corrían en busca de sus armas, como hormigas en aparente desorden.

Los legionarios formaban bajo el primer estandarte que encontraban, sin molestarse en buscar el de su unidad. La mayoría no habían tenido tiempo de ponerse el casco, y los que habían tomado el escudo lo llevaban cubierto todavía por la funda de cuero impermeable

Los nervios subían ya por la ladera, y se podían oír sus gritos de guerra. Era una muchedumbre espesa, de aspecto formidable. Súbitamente, sentí el hedor de rebaño que emanaban, arrastrado por la brisa.

¡Fue una gran batalla!


 

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Grabado de un campamento romano

 

 




"...César ordenó construir una fortificación de miles y miles de pasos de longitud alrededor de la fortaleza. Cuando se dieron cuenta los galos estaban encerrados en aquella colina, rodeados de fosos y de trampas por todas partes...



 

La rendición de Vercingetorix. Para ver la imagen a tamaño grande, click aquí

Vercingetorix era un gran tipo. No se dejaba barba porque tenía poco pelo en la cara, pero era un gran tipo. Logró unificar a todas las malditas tribus galas, que siempre habían cuidado sus rencillas como si fueran una manada de lechones, y casi logra destruir a César y a sus legiones. Era un tipo muy interesante, recordadme que os hable de él.

 

 

...Y después construímos otro cerco, rodeando al primero, y nos aislamos del exterior antes de que llegaran los refuerzos con los que pensaban aniquilarnos. Nos quedamos aislados entre dos ejércitos formidables, Balbo. ¿Te imaginas lo que es eso?. Si no fuera porque César fue el hombre que lo concibió todo el mundo lo hubiera considerado una locura y un suicidio. Mientras cavábamos día y noche sentíamos que estabamos edificando la historia. Era algo maravilloso. Sabíamos que nadie mas era capaz de realizar una cosa así, y nos sentíamos más orgullosos de lo que yo pensaba que podría llegar a sentirse un hombre."





Furio, "El Tigre", relatando la construcción de la fortificacion de Alesia en el capitulo 14 (El centurion de Cafarnaum)

En la imagen de arriba, representación de la llegada de Vercingetorix al campamento de César la mañana en que rindió su ejército, y debajo una escena de la columna trajana en la que unos legionarios muestran a César las cabezas cortadas de unos enemigos. ¡Fue una guerra muy cruenta!

Maqueta de las fortificaciones de Alesia. En primer lugar, la empalizada, fortificada con torres. después un terraplén con ramas afiladas incrustadas. después, un doble foso lleno de agua desviada desde un arroyo cercano y una ancha zona tapizada de más ramas afiladas, y finalmente hoyos (en realidad estaban camuflados) en cuyo fondo se clavaba una estaca. Había, además, pequeñas planchas de madera con un clavo ocultas entre la hierba.

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Fusco, el auriga del equipo de los rojos. Estuvo a punto de vencerme en una carrera. Decían de él que tenía ojos en la nuca, porque podía intuir las acciones de su contrincante sin ni siquiera volver la cabeza hacia él. Fue el mejor. Su marca de victorias consecutivas en el Circo Máximo nunca fue superada. Era un gran tipo. Bebedor empedernido y gran conversador.
 

"...El día de la carrera, el circo estaba abarrotado y la arena ligeramente húmeda a causa de las lluvias del día anterior. Fue una competición de uno contra uno, y Fusco...  

"...vistió de negro porque en aquella ocasión no representaba al equipo de los blancos. La carrera fue brutal desde el momento en que el magistrado dejó caer el pañuelo, iniciando el lance. Fusco parecía haber enloquecido de rabia debido a las provocaciones de Excato, y desde el primer momento batalló con intensidad, azuzando salvajemente a los caballos para colocarse por delante de él, que era todo lo contrario de lo que hacía habitualmente. La mayoría aplaudió la estratagema de Fusco, que era un experto en desconcertar a sus rivales con tácticas imprevistas, pero el ángel se dio cuenta de que la cólera de Fusco era real e intensa. "Sólo puede enfurecernos que nos digan aquello que en realidad nosotros nos reprochamos íntimamente sin querer admitirlo", recordó. Fusco deseaba con toda su alma que Roma se diera cuenta de que podía ser tan valeroso como el que más. Excato se inquietó, porque no había contado con una carrera suicida..."

Capítulo 20 ("La carrera")







Sobre estas líneas, un auriga del equipo de los blancos. El caballo que sujeta era el líder del grupo, al que dirigía el conductor con las riendas. No tiraba del carro, sólo dirigía a sus compañeros. Algunos llegaron a ser leyendas. Fijáos en el pequeño tamaño que tiene. Los caballos italianos eran pequeños, y ésa era la razón de que no tuvieran demasiada tradición como jinetes y apenas usaran caballería en las tácticas de combate. Solían usarse mercenarios auxiliares. Germanos, galos o africanos, preferentemente nubios.


El Circo Máximo de Roma tenía una superficie equivalente a seis de los actuales estadios olímpicos. En sus gradas tenían cabida unas doscientas cincuenta mil personas, sin contar la tribuna privada del emperador, que formaba parte de su mansión en el monte Palatino. Las carreras de cuadrigas fueron, posiblemente, el espectáculo favorito de los antiguos romanos, por encima de las pugnas de gladiadores. La carrera, que duraba siete vueltas, se desarrollaba alrededor de un muro central o espina, y los aurigas o conductores solían ser esclavos o libertos, algunos de los cuales llegaron a adquirir considerable fama y fortuna. Era un oficio peligroso, para el que se requería una técnica depurada. Los aurigas iniciaban su formación muy jóvenes, y los accidentes solían ser graves, ya que los conductores llevaban las riendas atadas alrededor de la cintura y en caso de vuelco o de colisión con otro carro, que eran lances harto frecuentes, se veían arrastrados por los caballos si no lograban cortar a tiempo las correas con la daga que llevaban para tal fin.
El caballo situado a la izquierda no tiraba del carro, sino que iba sujeto a sus compañeros y era el responsable de guiarles en las milimétricas maniobras que el auriga realizaba para evitar adelantamientos o para posicionarse ventajosamente en las curvas. Algunos de estos caballos adquirieron también notable fama entre los seguidores de las carreras. Los equipos eran cuatro: azul, verde, rojo y blanco, y las rivalidades entre facciones eran similares a las que actualmente se dan entre seguidores de equipos deportivos de la misma ciudad, ya que cada color representaba extraoficialmente a un sector de la sociedad romana. 


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Éste es el Circo de Jerusalén. Era pequeño, pero muy bello. Y el público era muy entendido.

"...Aquella misma noche la hizo llamar a sus aposentos, y el ángel compareció envuelto en un exótico manto oscuro que la cubría hasta los pies como a una reina oriental. Antes de que Octavio pudiera reaccionar, la mujer se despojó con naturalidad de la prenda, y su cuerpo desnudo inició una misteriosa danza sin música mientras siseaba extrañas palabras desprovistas de vocales...

 

 

 

"...Octavio palideció. No era ni mucho menos una de las mujeres más bellas que había conocido, pero su mirada y sus ademanes no parecían del mundo de los hombres. El ángel bailaba a la luz del faro, y sus movimientos le erizaron la piel al joven romano. La danza se prolongó durante una eternidad, o al menos eso le pareció a Octavio, que tuvo la sensación de entrar en una dimensión desprendida del paso del tiempo. Súbitamente, tuvo la certeza de despertar de un sueño y encontrarse en un sueño distinto, aunque muy parecido. Estaba tumbado boca arriba en uno de los triclinios, y Elia se había sentado sobre él, con las piernas aprisionándole las caderas. Su piel era anormalmente cálida y parecía tener vida propia."

Capítulo 9 ("Octavio")



Hace mucho tiempo que no sé nada de Elia. Su alma huele a jardines secretos y a historias por contar, y cuando está triste huele a invierno y a flores ausentes. Es mi otro corazón. La amo como los niños aman a sus sueños. Ya sabéis de lo que os hablo, porque en eso somos iguales a los hombres.

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