"...Elia se había sentado sobre él, con las piernas aprisionándole las caderas. Su piel era anormalmente cálida y parecía tener vida propia. Le intimidó la intensidad de su mirada, a pocos milímetros de la suya. Le estaba hablando, aunque no movía los labios"
"Aquella misma noche Elia partió de Alejandría, antes de que el dolor de la pérdida se asentara en su corazón. Sabía que era una carrera que no podría ganar, y que el dolor acabaría por encontrarla, pero aún así embarcó en un pequeño mercante egipcio con rumbo a Creta. El capitán la sometió a nauseabundas vejaciones que tuvieron el inesperado efecto de aliviarla, y se sorprendió al entender lo profundo que era el odio que sentía por sí misma.
Allí inició por fin el viaje hacia el interior de su alma oscurecida. Por las mañanas se quedaba dormida, atada al camastro y dolorida aún por las repugnantes e intensas prácticas impuestas por el fogoso capitán, y sumida en el alivio que le proporcionaba el dolor físico, soñaba con la casa. Era una casa enorme, que estaba al final de un una calle fresca y estrecha, como las de los barrios altos de Roma. La veía rodeada de un jardín oscuro y sin vida, que daba la sensación de haber estado siempre en el mismo estado de abandono. En el sueño, Elia empujaba el portalón con las dos manos, haciendo un esfuerzo agotador que le provocaba agudos dolores entre los hombros. Una vez que accedía al interior, la sensación de soledad le impactaba con una violencia casi física. Elia lloraba de tristeza en sueños porque era consciente de que aquella casa era su propio corazón, y su llanto se perdía en la oscuridad de los pasillos interminables, como el eco de una infancia antigua, ya extinguida.

La noche antes de llegar a Creta, cuando ya se divisaban las luces del puerto, Elia entonó una de las canciones más antiguas y poderosas que conocía. Las mágicas e inmemoriales constelaciones de notas fluyeron mansamente hasta el epicentro de los corazones de los marineros, provocándoles intensos sueños concéntricos en los que sus espíritus retozaban en un jardín formado por sus deseos más puros. Cuando todos dormían profundamente, Elia los encerró en la bodega y prendió fuego al barco. Se alejó a bordo de la pequeña chalupa, dejándose llevar por la corriente y dándole la espalda a la nave. Durante horas pudo ver el reflejo de las llamaradas en el agua oscura, pero no logró llorar. A partir de ese momento inició su viaje interior. Inicialmente buscó la redención en la degradación y el dolor.
Se sometió a las más monstruosas vejaciones, y llegó a formar parte del mítico gineceo de Yesu, el fenicio ciego. Hombres y mujeres de todo el mundo acudían a constatar si eran ciertas las leyendas que corrían acerca de Dilia, la mujer delfín, de Yria de Canope, que podía sujetar un grueso bastón con la lengua, o de Kabs, el Hércules cántabro, un gigantesco adolescente que levantaba un elefante joven con los brazos sin aparente esfuerzo, pero cuya alma femenina era tan dulce que podía provocar las lágrimas del mismísimo Yesu con sus delicadas canciones. Elia llegó a ser conocida como la bella sirena, la mujer que hipnotizaba con sus cantos mágicos. Provocaba en los hombres y en las mujeres un deseo tan intenso con su danza y con su música que algunos llegaron a enloquecer de pasión, lo que contribuyó a elevarla a la condición de leyenda. Todo se complicó fatalmente cuando Yesu el ciego, el hombre sin corazón, se enamoró también de ella a fuerza de oírla cantar. El desdén del ángel fue tan natural que el fenicio enfermó de resentimiento. Todo el mundo sabía que Elia sentía un intenso afecto por la joven Betsaida de Nabatea, una extraña criatura de aspecto infantil que se enamoraba cada noche de la persona que pagaba una pequeña fortuna por el derecho de acceder a la cámara nupcial donde vivía recluida. Betsaida se enamoraba de todos los hombres, a causa de una antigua maldición que retenía su organismo y su espíritu anclados en una eterna adolescencia. Para vengarse de Elia, Yesu vendió a la delicada Betsaida a un desalmado mercader romano que se la llevó a Antioquía, abocándola a un destino infernal. Aquella misma noche, Elia fingió asustarse por la reacción airada del fenicio y accedió sumisamente a visitar sus aposentos. En pleno éxtasis, Elia le quebró el cuello con un gesto brusco y preciso, dejándole mudo e inmóvil, pero vivo y consciente, y a continuación le introdujo el brazo por el recto con una furia que enrareció la atmósfera de la casa y le oprimió el corazón hasta que lo detuvo.
Una vez más huyó precipitadamente, sintiendo el dolor a su espalda como un depredador paciente e incansable. También empezó a sentir nostalgia de Excato. Al principio confundió aquel difuso sentimiento con una extraña reacción sentimental, pero al cabo de unos meses admitió que en realidad siempre le había amado, lo cual la sorprendió extraordinariamente. Llegó a la conclusión de que estaba entrando en una insólita relación de intimidad consigo misma, algo similar a la camaradería que sienten los fugitivos enemistados que huyen de un común adversario muy cruel y acaban por hacerse furtivas confidencias durante las noches de vigilia, arropados por la inminencia de la captura. Elia se odiaba intensamente, pero nunca lo había admitido con la suficiente entereza. Ahora, por alguna extraña razón, estaba siendo dolorosamente sincera con lo más profundo de sí misma, y esta circunstancia, de alguna manera, la acercaba a la reconciliación. Una noche, mientras soñaba con la casa que simbolizaba a su corazón, escuchó unos pasos que se acercaban por uno de los inmensos pasillos, y al cabo de unos segundos vio aparecer a Excato, sonriente. Iba vestido como la última vez que le había visto, poco antes de la caída de Troya, con la liviana armadura de estilo griego cubierta de sangre. Elia lloró por fin, al entender que siempre había llevado a Excato en un oscuro y desconocido recodo del corazón. Lloró envuelta en sus brazos sabios y antiguos y le confesó su cobardía, el temor inaudito que sentía ante la idea de hacerle daño, porque sabía que ella era la única que podía infligirle auténtico daño. Excato le colocó una mano sobre los ojos y la besó en el cabello durante horas, velando dulcemente su llanto liberador. Despertó redimida de la carrera contra sus propias mentiras, pero con el pecho desgarrado de vergüenza por su tremenda cobardía y por las consecuencias que ésta le había acarreado a Excato.

Durante decenios continuó usando la degradación para compensar su ansia de castigo y llegó a estar muy cerca de las fronteras de la abyección, ese punto sin retorno en el que desaparece el respeto fundamental por uno mismo. Finalmente, se agotó y recaló en un pequeño y remoto pueblo de Galilea llamado Magdala, cerca de Tiberíades. Por aquellos tiempos se hacía llamar María, y fue conocida como María la de Magdala o María la magdalena. Una tarde conoció a Jesús de Nazareth, un hombre de baja ascendencia que pretendía ser el mítico mesías de los judíos."
Cap. 15 (Elia)
Elia olía a jardines secretos y a historias por contar, y cuado estaba triste olía a invierno y a flores ausentes.
Un ejemplo de la mejor novela histórica (Fabio Morasso)
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