Hoy os hablaré de la caballería romana, y también os contaré la historia de mi amigo Fabio El Lobo, cuya cabeza permaneció durante diez años en una olla llena de vino. ¡De la mejor clase, eso sí!.



Los caballos italianos, por aquel entonces, eran pequeños y no muy fuertes, así que Roma no tenía demasiada tradición ecuestre, y las tácticas de combate romanas se fundamentaban casi exclusivamente en las maniobras de infantería. Cuando hacía falta se reclutaban auxiliares galos, germanos o africanos, preferentemente númidas (terribles eran los del rey Bogud, que decidieron la batalla de Munda con sus arpones de madera), que sí tenían buenos caballos y mucha tradición como jinetes.

Sin embargo, cada legión tenía asignada una pequeña fuerza de caballería. Eran tipos duros, muy especiales, de hecho tenían fama de estar mal de la cabeza. Seguramente era porque se pasaban el día trotando. Generalmente realizaban labores de patrulla y de mensajería, y os aseguro que no era una ocupación envidiable. Creedme, más de uno acabó cayendo en una emboscada en uno de aquellos bosques tenebrosos de la Galia o de Germania. Solíamos encontrarlos desnudos y sin cabeza. Los galos y los germanos tenían una fijación con la cabeza de la gente.



Preguntadme lo que queráis al respecto, pero no acerca de las cabezas. Es un tema que me incomoda desde que tuve que cargar con la de mi amigo Fabio hasta Roma. El tipo me hizo prometerle que si la perdía se la devolveríamos a su mujer. Por cierto, que es una historia estupenda, veréis: Fabio era un tipo extraordinario, uno de esos a los que todo el mundo en la centuria acaba queriendo de verdad. Podías pedirle siempre un favor, y si estaba en su mano te lo hacía, y además con una sonrisa. Y además era un bromista tremendo. ¡Sus bromas pesadas eran legendarias en la sexta Legión!. El caso es que durante la batalla del río Sambre un galo le cortó la cabeza. A los galos les encantaba hacer eso en combate, con sus largas espadas célticas. Era enervante. Estabas acurrucado tras el escudo, con los pies bien asentados y la espada en posición de ataque, vigilando la línea, y de repente aparecía la cabeza de un tipo de tu centuria rodando por el suelo, y tenías que ir con cuidado para no pisarla y caerte.
El caso es que todos nos quedamos muy abatidos por lo de Fabio.

Nos había hecho prometer a sus compañeros de tienda que si le pasaba eso llevaríamos su cabeza hasta Roma y se la entregaríamos a su mujer. Siempre hablaba de su mujer, y la describía como una belleza de otro mundo, con un carácter dulce como el de una ninfa. Metimos la cabeza en una olla de vino de Iliria, uno bien fuerte, como le gustaba a él, y cargamos con ella diez años, durante la guerra de las Galias y después durante la maldita guerra civil. Desde Germania hasta Mauritania, pasando por Hispania, Grecia y Egipto. Por las noches colocábamos la olla en una silla, cerca de nosotros, y nos contábamos una y otra vez los chistes de Fabio, y después brindábamos por él y por los buenos tiempos. Afortunadamente, durante las marchas, el Centurión nos permitía colocar la olla en el carro del equipaje, junto a las lanzas de repuesto y los sacos de trigo. En una ocasión, incluso el General Cayo Julio César vino hasta nuestra tienda para interesarse por la cabeza de Fabio. Como era una ocasión especial la sacamos de la olla para mostrársela. Fabio sonreía como en sueños, y no creáis que hacía demasiada mala cara. Para estar muerto, quiero decir. El General arrugó la nariz, aunque nos felicitó por nuestro compañerismo y demás, ya sabéis que a los generales les encanta ese tipo de cosas, y después se ofreció a enviar la olla a Roma con su correo personal, para que no tuviéramos que cargar con ella. Nosotros le dijimos que le habíamos prometido a Fabio que se la entregaríamos en persona a su bellísima mujer, y él lo entendió y nos felicitó de nuevo. De todas maneras hubiéramos echado de menos a Fabio.
El caso es que cuando nos licenciaron, mi amigo Tulio y yo nos acercamos hasta la casa de Fabio, cerca de Ostia. Cuando entramos con la olla apareció una mujer más fea que robarle comida a un ciego, y grande como un maldito elefante persa. ¡E igual de malhumorada, podéis creerme!. Cuando le contamos la historia, aquella bestia nos dijo a gritos que jamás había estado casada y que no conocía a ningún maldito Fabio, y que sacáramos aquella porquería de su casa! Nos sacó a empellones y nos replegamos como si nos atacara la maldita caballería númida de Pompeyo. Ya en la calle, Tulio y yo nos reímos como locos durante un buen rato. ¡El maldito Fabio nos había gastado la broma más estupenda que jamás hubiéramos podido imaginar! Aquella noche brindamos por él, por última vez. Y además nos pagó aquella ronda, porque le vendimos la maldita olla al mesonero, convenciéndole de que aquel vino debía su peculiar sabor al método de elaboración artesanal de los galos belgas. ¡A Fabio le hubiera encantado!


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