Algunos humanos, los menos reflexivos, me envidian a causa de mi  condición de inmortal. No es que amen la inmortalidad, en absoluto, es sólo que temen a la muerte.

Pero es sólo porque no la conocen.

La inmortalidad es un mar sin orillas, y el inmortal en un navegante ciego, un viajero sin puertos.

¡No basta con amar el mar, ya lo veis!

No temáis a la muerte, pero recordad que hay que tener el alma en paz. Yo admiro a las mujeres y a los hombres que son capaces de mantener su alma a salvo a lo largo de la vida, con las enormes dificultades que eso comporta.

Y todos sóis inmortales, en cierta forma. Seguiréis  viviendo en el corazón de las personas que os amaron, en ese lugar diminuto donde sólo caben muy pocas cosas, las mejores que os pasan en la vida. Dejad cosas hermosas en el corazón de los que amasteis.

Octavio Paz (qué gran tipo, por cierto, ya os hablaré de él un día) dijo aquello de  "Merece tus sueños".

Es el secreto de casi todo, hacedme caso.

Y recordad que no debéis aprender demasiado. Lo esencial lo sabéis ya aunque creáis que no.

 

 

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