Navidades a la francesa

Estas Navidades me ha tocado pasarlas en
Francia. Ya os he comentado en alguna ocasión que la familia de mi Iván es francesa, concretamente de
Bretaña, como
Axterix. Es que mi suegra es francesa. Mezcla explosiva: suegra + francesa. Esta vez hemos decidido ir en coche con toda la prole para hacer una parada de cinco días en
París. “Si los extranjeros y alemanes del mundo pueden viajar con los bebés y los niños, también podemos nosotros”, le digo a
Iván. Después de dos días por esas carreteras de Dios, con el coche cargado como si fuéramos gitanos rumanos, aterrizamos por fin en París con los dos niños, dispuestos a pasar unos días comiendo delicatessen, bebiendo champán y pasándonoslo bien. Claro que olvidamos un pequeño detalle: ¡¡los niños!!. Primero los subimos a la
Torre Eiffel y como vimos que no se caían y tendríamos que hacer el resto del viaje con ellos, decidimos asumirlo. Los niños son nuestros y no podemos abandonarlos, aunque estemos en París.
DÍA UNO. PARADA EN EL REINO DE LA FANTASÍA
Tener que desperdiciar un día de París en Disneyland París ya tiene pecado, como también los cuarentaitantos euros que hay que pagar por entrar en “el mundo de la fantasía”. Muchos ya habréis estado, así que sobran las explicaciones: es como el Parque de Atracciones pero a lo bestia, un frío que te cagas y unas colas de muerte para subirte en las atracciones. Comer una hamburguesa chunga viendo en vivo y en directo el musical de El Rey León es algo que no tiene precio. A mi se me cortó la digestión. Después mis hijos se dedicaron a robar cosas de las tiendas de souvenirs (no alentados por mi, lo prometo) pero allí no había control ninguno y yo iba como fumada, de tanta fantasía Disney. Mientras el mayor cogió varios juguetes sin que yo me diera cuenta, el bebé se dedicö astutamente a meter chuches y objetos en el saquito de su silla, de manera que cuando salimos del parque descubrimos que llevábamos todo tipo de cosas: huevos de chocolate, caramelos, bolis, sin haber pagado nada. Y bien pensado: ¿no estamos en el mundo mágico de Disney donde no existe el dinero? Pues eso. Así que salimos tan contentos del parque esperando que no pitaran las chocolatinas por los controles de seguridad.
DÍA DOS. TODO EL MUNDO HABLA FRANCÉS MENOS YO
En mi pequeña familia, todos hablan francés menos el bebé Yago(que no habla ningún idioma) y yo que más o menos me manejo pero con un francés castrapiento que da penita oirme. Para que me entiendan en las tiendasme llevó a mi hijo de cinco años que sí habla francés y me sirve de traductor y le digo “Anda niño, pregúntale a la señora si tiene este vestido en la talla pequeña” y va el niño y empieza: mademoiselle si vous plait. Blablablabla???” y luego: “ A ver, niño, dile a la señora si me saca estos zapatos en la treinta y ocho” y el niño: Joooo mamá me aburroooooo” y yo: “Por Dios, traduce, niño, que te compro un Kinder. No me dejes aquí hablando en español, por Dios te lo pido, que a mamá le gustan mucho estas cositas, mi amor...”
DÍA TRES. DONDE ME SIENTO COMO UNA PALETA Y DESCUBRO EL CHIC PARISINO
Ya he estado bastantes veces en París pero nunca como ahora he descubierto el espíritu definitivamente chic, burgués y clasista de esta ciudad. Cuando estás por la Orilla Derecha del Sena y piensas en el Barrio de Salamanca, te parece algo así como Lavapiés. En las Galeries Lafayette (la versión francesa de El Corte Inglés) tienen una barra de champagne para que te hidrates entre compra y compra. Vamos, que nosotros cuando vamos de compras nos tomamos un chocolate con churros pero esta gente se bebe un champagne rossé de a 10 euros la copa. Eso por no hablar de los ropajes. En el Corte tienen esa ropa de Yera, Purificación García o Easy Wear, en las Lafayette te tienen Chloé, Fendi, Marni, zapatos de Chanel, Gucci y Marc Jacobs...en fin, que cuando compredí que no iba a poder comprarme nada y ni siquiera iba a poder tomarme el champagne como todas aquellas gentes, decidí irme a cenar jamón york con mi amor y los niños al hotel. Os recomiendo si alguna vez pasáis por París visitar las Lafayatte no por las cosas sino por el edificio que es impresionante por si solo.
DÍA CUATRO. DONDE VEO QUE LOS NIÑOS NO SON BIEN RECIBIDOS EN PARÍS
No solo que no son bien recibidos, sino que no se puede hacer nada con ellos. Los niños se mueven y gritan y eso no es adecuado al espíritu de esta ciudad. Todas las Brasseries y sitios para comer son silenciosos y pequeños, las mesas están muy juntas, de manera que es muy difícil entrar con un carrito de bebé y más aún con un bebé escandaloso dentro. Así que cuando el bebé Yago empezaba a lanzar el pan por los aires y a tirar vasos de agua dando alaridos, los parisinos nos miraban con miradas de reprobación, como si nunca hubiesen visto un niño en su vida. Después de unos cuantos episodios de este tipo, decidimos pasarnos a la pizza y la hamburguesa y no volver a entrar en ningún restaurante o brasserie con el bebé. La experiencia de tener a los niños en un hotel durante tantos días también fue un tanto pesadillesca. Aquello era como el camarote de los hermanos Marx. Y en vez de dedicarnos a pedir foie y champán para comerlo en la habitación, no había más que restos de potitos, mondas de plátano, ropa sucia y pañales con caca.
DÍA CINCO. DONDE DESCUBRO LO QUE ES UN MACARON 
Yo antes creía que los macarrones eran los de comer con tomate, pero en este viaje, ya que no he comido más que pizzas, hamburguesas y jamón de york he decidido iniciarme en la Patiserie, o sea, los pasteles. Nos marchamos a la Patiserie de Piere Hermé, la más famosa de París, a ver si me podía zampar cualquier bollo de Dios, pero había una cola como de dos horas para comprarse un pastel con lo cual decidí abandonar, no sin antes haber echado un ojo y ver que la pastelería tenía aspecto de Joyería y que cada pastel valía algo así como 6 euros. La solución de urgencia que se nos ocurrió fue zamparnos todos los bombones de degustación que había en una bandeja. Después nos fuimos a Laduree, donde venden los macarones (un dulce muy famoso que no tenemos en España y que es super delicado y así como muy sofisiticado) . Allí solo me dio para comprar 10 macarrones. El sitio era ultra pijo, lo más que os podáis imaginar y cada macarron (que era algo más grande que una moneda de 50 c) valía algo así como 1,80. Muy ricos, eso sí. Solo faltaría. Allí también hubo espectáculo porque mi hijo mayor se dedicó a meter los dedos en varias tartas que había en el escaparate. Luego se empeñó en que le comprara un pastel de 7 euros y yo que le dije que no, que con eso hacía yo un menú de comida y cena y aún me sobraba para tabaco.
ÚLTIMO DÍA. DONDE CERTIFICO QUE AÚN ASÍ, PARÍS ES LA CIUDAD MÁS PRECIOSA DEL MUNDO
Mires donde mires es espectacular. No hay otra ciudad igual. Pasear por las orillas del Sena con esa luz que hay, caminar por la tarde por el Marais, ver la plaza Vendome iluminada de noche o hacer cosas miuy turísticas como subir a la Tour Eiffel o coger el barquito que va por en Sena (el Bateau Mouche) son cosas que no se olvidan. (aunque sea con niños).
Los que habéis estado en París ¿qué pensáis? ¿Os gusta tanto como a mi?