Maria
Dolorida, María salía al patio como cada mañana a lavar la ropa, cargada de sabanas y barreños de agua, frotaba la ropa con pastillas de jabón de lagarto. Esa era su rutina diaria, se levantaba, hacía las tareas de casa, hacía la compra, preparaba la comida, aguantaba el mal humor de Juan, sus insultos, su desprecio hacia ella, por la tarde seguía con sus quehaceres y preparaba la cena y de nuevo aguantaba a Juan, pero por las noches había una diferencia, Juan volvía siempre borracho de la tasca y era más agresivo y cruel aún si cabía. Sus hostias e insultos más fuertes y Maria lo sabía, vaya si lo sabía.Por ello hizo lo imposible porque su pequeño Juanito se fuera con su tía Marga a vivir a la capital, para que no viviera él también aquel infierno. El día en que furtivamente María lo llevó a la estación de autobuses para dejar marchar a lo que más amaba en la vida y Juan se dio cuenta de aquello al llegar a casa, María no lo olvidará nunca, acabó con dos costillas rotas y un ojo casi reventado, pero había salvado a su pequeño, eso era lo más importante, ya había contado con la ira de él al saberlo. A la mañana siguiente apenas podía moverse de la cama pero tenía una sonrisa en su rostro que no podría borrarle nunca aquel cabrón, su hijo era libre, y podría estudiar en un colegio, Juan estaba empezando a llevarle a los campos a trabajar y Maria no podía consentir aquello. Ya la había hecho una desgraciada a ella pero a su pequeño no, no tendría que ver cómo su hijo crecía viendo palizas e insultos, no tendría que ser maltratado él también, eso no, Juan tendría que pasar por encima del cadáver de María si quería hacerlo.
María preparó un baño, estaba cansada y podía disfrutar de un rato sin el descerebrado de su marido que ahora estaría en la tasca, maldiciéndola. Mientras el agua caliente recorría su cuerpo se percató por un momento de sus manos, estaban agrietadas, secas, ásperas. Tantos años lavando con jabón y lejía habían hecho mella en unas manos que antaño fueron preciosas. Su cuerpo desfigurado y lleno de moratones, sus pies llenos de callosidades a causa del duro trabajo de cada día. Su rostro lleno de ojeras negras como el tizón, y empezando a poblarse con arrugas y un semblante de tristeza en su mirada que no se le quitaba excepto cuando recibía carta de su pequeño, su pequeñín del alma. Sus rodillas peladas de arrodillarse para fregar el puñetero suelo un día tras otro, según Juan, no había dinero pa’ fregonas así que debía fregar el suelo como se había hecho toda la vida, además, él disfrutada viéndola ahí en el suelo fregando, de rodillas, se sentía superior cuando él sabía que él mismo no valía una boñiga seca y era un cobarde de mierda que no tenía cojones para pegarle a un tío pero si a una mujer, eso era más que fácil. Encima sentía una especie de excitación vil y malsana con una baba que recorría su grasienta barbilla al verla en esa posición y más de una vez la había violado en esa misma postura. Digo violaba porque ella lógicamente no quería mantener relaciones con aquel individuo que le hacía la vida imposible, en realidad, dejó de quererle al poco de estar casados, de eso hace ya más de 10 años. Se casó enamorada, Juan fue bueno con ella…..al principio, ella era joven e inocente y siempre había tenido una sonrisa de las que iluminan el lugar vaya a donde vaya. Una vez se casó, (antiguamente debía casarse al poco de tener pareja, se consideraba impropio tener novio sin casarse) se rompió todo, fue una especie de doctor Jeckill y Mr.Hide Juan pasó de ser un hombre amable a un grandísimo hijo de puta que le pegó la primera paliza al enterarse del embarazo de María, lo que debía ser una noticia de dicha y alegría se convirtió en un tremendo moratón en la cara y estar tumbada en el suelo sin poder moverse del mismo dolor tras numerosas patadas en el vientre. Pero afortunadamente Juanito nació sano, mofletes colorados y una sonrisa como la de su madre, tan dulce. Juan entonces aflojó el carácter pero por poco tiempo, por ello María le llevó con su hermana a vivir. Ahora su vida era pura rutina y espera de alguna carta de su niño. Ella no podía escapar, Juan le prometió que la buscaría donde fuese, y la mataría, de eso podía estar segura. Estaba encerrada, sin escapatoria, lejos de su familia, sin dinero, sin su pequeño. Por ello los días pasaban con más pena que gloria, pero ella tenía una capacidad de aguante asombrosa, cualquier persona débil de carácter hubiera sucumbido al maltrato psicológico de Juan, pero ella no. De poco le servía a él decirle que era una inútil, imbécil, analfabeta, que estaba harto de ella, que era una frígida, que se casó por pena con ella, que si su familia eran unos muertos de hambre y ella le había traído la ruina a la casa llevando al niño con su tía……… ese era el pan de cada día. Maria nunca llegó a entender el por qué de aquel cambio en el carácter de Juan, por qué la trataba así, qué era lo que ganaba con ello, ¿¿satisfacción?? ¿¿sentirse más macho??, con los años comprendió algo de su comportamiento, Juan era una persona frustrada, era el mayor de 5 hermanos y al parecer su madre tenía favoritismo con sus otros hermanos pero no con él, nunca le dio cariño y su padre menos aún, pasaba horas con las cabras en el monte solo sin compañía humana y comiéndose por dentro el dolor en vez de expulsarlo y hablarlo como persona civilizada, tampoco tenía muchas amistades. Todo aquello Maria lo averiguaba cuando Juan hablaba en sueños y decía todo lo que nunca se atrevió a decirle a sus padres. Pero aún así no entendía porqué lo pagaba con ella, por qué pagaba con ella el desprecio que su madre le tuvo, por qué ese desprecio hacia las mujeres en general, no todas somos iguales, por qué ese odio hacia la mujer que se casó enamorada de él, que tuvo un hijo fruto del amor que le tenía. Por qué tenía que pasarle eso a ella? Lloraba en silencio casi cada noche y para quitarse esa profunda pena se acordaba de su niñez, largas tardes corriendo por los campos de cebada, bañándose en los ríos, corriendo con los perros y las ovejas en el pastoreo, siempre con su hermana Marga, de pequeñas se juraron que jamás se separarían, pero aquella promesa desapareció a los pocos años y el viento cálido del atardecer se ocupó de llevarla muy lejos, aquella promesa se fue. Marga se fue a vivir a la capital con un general del ejército, aquello fue un flechazo, Antonio que así se llamaba, la quería, le entregó todo, tuvieron dos pequeños que perdieron a su padre a la edad de 7 años. Murió en la guerra. Desde su muerte, Marga murió un poquito también con él, su alegría se desvaneció, negro luto cubría su cuerpo todavía tras 3 años después de su muerte.
- Hierba mala nunca muere.-decía Marga a María en sus cartas refiriéndose a Juan. Qué razón tenía, por qué se van las personas que no deben irse nunca y se quedan las más odiosas? Ambas hermanas habían tenido mala suerte, ambas tenían algo que las entristecía tanto, lo único que las revivía era la dicha de ver a sus pequeños saltar y jugar ajenos a lo malo de la vida, pero María ya no tenía ni eso, no podía ni ver a su Juanito, su amor. Marga le había dicho mil veces que se viniera con ella a la capital pero María tenía miedo, mucho miedo, no por ella, sino por su pequeño, a ella prácticamente le daba igual estar viva que muerta, no le tenía miedo a nada, ni siquiera cuando Juan dormía con la navaja debajo de la almohada para que no se le ocurriera moverse de la cama por la noche. Había veces que hubiera querido envenenarle o hacerle cualquier cosa para que la dejara en paz de una santa vez, no podía aguantarse tanto sufrimiento en la vida, aquello se tendría que acabar algún día.
Aquella noche Juan estaba borracho como siempre, esta vez más de lo normal, ella le había dejado sobre la mesa el potaje con su vino y pan y se disponía a irse a dormir cuando la agarró por el brazo con tanta fuerza que gimió de dolor.
- Que cojones de comida es esta? Esta mierda te la comes tu te enteras? A mi ninguna zorra va a ponerme esta porquería y se va tan campante, fríeme dos huevos pero ya!!
Maria resignada fue hacia la sartén y hizo lo que él la dijo. Mientras el amo y señor comía, ella pudo meterse en la cama y dormir un poco hasta que Juan terminara de cenar, al poco, Juan entró en la habitación, se metió en la cama con brusquedad y le dijo aquella odiosa frase que ella temía y odiaba con todas sus fuerzas escuchar.
- Maria…- ponte.
Ella sabía exactamente lo que quería decir con eso, por lo visto no tenía suficiente con fundirse todo lo que ganaba en el burdel del pueblo, tenía que molestarla hasta en esto también. Ella se abrió y miro para otro lado mientras aquel cerdo encima de ella babeaba, empujaba y apestaba a alcohol y colonia barata, con los años había aprendido a obedecer y callar, cual muñeca de trapo a las órdenes de Juan, parecía que nada le afectaba, era fría como el hielo, ni siquiera otra humillante violación podían hacerle una mueca de sorpresa en su rostro, nada la espantaba ni nada esperaba ya de la vida. Al fin un último gruñido la avisaba de que la bestia había terminado su cópula y podría dormir tranquila al fin si los ronquidos de él lo permitían. Maria no podía más. Estaba al límite de su aguante, ni ella misma lo había pensado nunca pero sus fuerzas se debilitaban. Asi se lo dijo a su hermana en una carta desesperada para avisarle de que cuidara de su pequeño y nunca le dejara solo pues ella simplemente no podía más.
Cual sombra andante fue a la compra mientras los vecinos del pueblo la miraban, todos sabían lo que estaba pasando pero todos callaban y la hacían víctima muda de su martirio. Dos días después Juan ya se había ido temprano a los campos, cuando Maria decidió coger un cuchillo de la cocina, había hecho muchas matanzas del cerdo a lo largo de su vida, sabía como debía cortar para desangrarse y morir tranquila, sobre su mecedora en el porche de su cortijo se sentó, aspiró el último aire que entraría por sus pulmones de aquella tarde de Mayo, cuando algo que ella no esperaba sucedió, gritos de mama!! mama!! Se escuchaban a lo lejos, no podía creer lo que estaba viendo; su pequeño había venido a verla!! Su nene corría por los campos con su tía detrás como un descosido con los brazos abiertos gritando a pleno pulmón y Maria también corrió, corrió con las pocas fuerzas que le quedaban tras días sin comer y sin dormir pensando en su final, abrazó a su pequeño con un amor indescriptible, una inmensa paz había llegado a su vida, su hijo y su hermana, lo que ella más amaba en el mundo habían ido a estar con ella. Mientras iban abrazados hacia la casa Marga vio el cuchillo en el suelo y con un suspiro mientras le acariciaba el pelo a Maria le dijo.- Veo que hemos llegado a tiempo, ¿cómo has podido pensar en una cosa así? Prepara la maleta que nos vamos, corre antes de que venga quien tu ya sabes.
Maria dudó, pero sólo por un segundo antes de coger cuatro trapos en el armario y meterlos en una bolsa de plástico a toda velocidad y temblando de emoción, en aquella casa no había nada suyo, mejor dicho, no quería nada de esa casa así que poco podía coger. Mientras bajaban las escaleras sucedió lo que más temían que pasaría. Juan estaba en la entrada, con el rastrillo del campo y una pala, las dejó caer al suelo de sorpresa cuando vio lo que estaba pasando.
- A donde te crees que vas?
Maria atemorizada aguanto a su pequeño que se le agarro a la falda.
- Apártate que nos vamos.- dijo Marga
- Vosotros no vais a ninguna parte,.-dijo señalando a Maria y al niño.- Tu si te puedes ir cagando hostias de mi casa pero estos dos se quedan.
- Si me voy de esta casa es con ellos.- dijo Marga firmemente delante de su hermana.- Ya la has tenido encerrada muchos años, esta vez no te vas a salir con la tuya, asi que apártate de una puñetera vez y déjalos en paz!
- Juan! ven con tu padre ahora mismo.
- No quiero, quiero estar con mi madre.
- Juan como no vengas te voy a dar dos hostias!!
- No papa....no..-Juanito se aferraba a su madre con lágrimas en los ojos mientras Juan se acercaba para cogerlo.
- Que te he dicho que lo dejes hijo puta!.- Marga corrió a darle un empujón y él reaccionó rápidamente dándole un tremendo puñetazo en el estómago, Marga se cayó al suelo en redondo del mismo golpe, Juan iba a darle una patada en la cabeza mientras ella estaba en el suelo cuando en una décima de segundo María cogió la pala que estaba en el suelo y sin pensárselo le dio un golpe en el pecho dejándole caer de espaldas a la entrada, su cabeza fue a parar justo sobre el rastrillo. Juanito fue a socorrer a su tia que estaba dolorida en el suelo y pudo levantarse lentamente mientras Maria atónita no acababa de creerse lo que acababa de hacer. Marga se incorporó y le dio un abrazo a su hermana, Juanito se abrazó a las dos.
- Ya paso todo, ya paso todo.-le decía Marga a Maria.
Le dieron con un pie en el brazo y Juan no se movía, un charco de sangre caía detrás de su cabeza, Maria apartó a Juanito y se lo llevó a la cocina.
- Está muerto.-dijo Marga.
- Dios mío y ahora que hacemos?.-dijo Maria.-
- Ya sabes lo que tenemos que hacer.-Marga cogió la pala y la echo en el coche. Cuando volvió a la casa Maria tenia cara de no entender lo que quería hacer.
- Vas a quedarte ahí parada? Vamos échame una mano, Maria miró a su pequeño que estaba en la cocina y se armó de valor para hacer lo que tenia que hacer.
- Hijo, ahora volvemos quédate aquí dentro y no abras a nadie.
Ambas cargaron el cuerpo en el coche y lo llevaron a los campos donde él trabajaba, lo pusieron todo como si hubiera sido un accidente. Maria lloraba porque ella a pesar de todo no quería este final para nadie, aunque por dentro sabía que si no hubiera sucedido esto sería ella la que ahora estuviera muerta y probablemente su hermana también.
- No llores más tonta, no se puede ser tan buena en esta vida y menos con este desgraciao, ha sido un accidente y hemos hecho lo que teníamos que hacer.
- Si tu no hubieras estado aquí conmigo yo nunca lo hubiera hecho.-las dos se miraron y se volvieron a abrazar, llegaron a casa y limpiaron todo. A decir verdad, nadie echó en falta a Juan en el pueblo excepto algunos amigos de la tasca, cuando los guardia civiles descubrieron el cuerpo ya estaba en estado de descomposición. El caso se cerró porque parecía algo bastante claro, lo dieron por accidente y se le dio sepultura. Maria marchó al poco a la capital con su hermana y Juanito pero al cabo del año y medio decidió volver, ella era una mujer de campo, no se adaptaba mucho a la ciudad, sentia añoranza de sus tardes al sol en el cortijo viendo el trigo y la cebada bajo el brillo del sol, Marga sintió que también se ahogaba en la ciudad y prefería que sus pequeños crecieran también en el campo, tenía ganas de revivir su niñez y Juanito estaba deseando volver a ver a sus amigos de la infancia, en realidad, todos llevaban el campo en sus corazones, así que volvieron, prepararon el cortijo de nuevo y la casa empezó a llenarse de vida otra vez. Se dice en el pueblo que en la tumba de Juan crecieron cardos en vez de tréboles como las demás. A Maria no le importaba, nunca fue a verlo. Las hermanas corrían por los campos con sus pequeños y reían sin parar, se divirtieron lo que nunca se habían divertido en sus vidas.
- En el pueblo nos llaman las locas.-le decía Marga a Maria riéndose mientras se tomaban un café en el porche del cortijo.
Maria esbozó una sonrisa y se recostó en la mecedora, en realidad ahora es cuando estaba más cuerda que nunca, debió de estar loca al malgastar su vida de la manera en que lo hizo pero ahora podía recuperar el tiempo perdido, ahora podía ser ella, ahora podía vivir, y así lo hizo.