No se trata ni de Ken Loach ni de Fernando Leon De Aranoa. Hablamos de James Camerón, el rey del mundo, como dijo en la entrega de los oscars, en referencia directa al sentimiento de Jack Dawson sobre la barandilla del Titanic, donde no importa tu condición social, si tu espíritu es grande. Asi, Camerón, aprovecha el hundimiento de un barco para hablarnos sobre la condición humana, de como nos relacionamos por estractos sociales y las consecuencias de romper ese orden cuando se mezclan personajes de distinta clase social.
Por tanto, indagaremos en los aspectos de Titanic sobre la lucha de clases, que hace que esta película tenga un carácter social y un mensaje oculto sobre la importancia del dinero y lo relativo de la felicidad cuando se desea con demasiada intensidad.
Como mayo es el mes de las máquinas, hablaremos del Titanic, como un gran mecanismo, que no sólo es el resultado de una ingenieria que permite su funcionamiento y uso, sino que es una obra arquitectónica concebida para ordenar grupos sociales diferenciados, como si de una ciudad industrial se tratara, donde los barrios burgueses se caracterizan por su centralidad, confort y calidad estética, en contraposición a barrios, por lo general periféricos, con tendencia al hacinamiento, y que a finales del XIX, supuso brotes de colera por falta de sistemas higiénicos adecuados.

Ese es el Titanic, una microsociedad, que al contrario que edificaciones como la unidad de habitación del arquitecto Le Corbusier, debe fragmentar usos, al contemplar la diferencia de clases.
Distintos niveles en cubierta, y separación de los compartimentos en primera y segunda clase, con un alto contraste en calidad de servicios entre ambos, supone el contexto adecuado para contar la historia de amor entre una muchacha adinerada y un joven artista sin apenas pertenencias.
Una reflexión sobre la felicidad, de la que es poseedor Jack, que sabe lo que quiere, disfruta de la vida, y no se detiene a preocuparse por el futuro, pues vive intensamente el presente. Un modelo de vida que Rose desea, pero no se atreve a vivir ante el miedo que provoca la falta de seguridad que da el dinero.
Eso es precisamente lo que les une, y las barrera sociales, que imponen intencionadamente los de las clases más altas, representados por el novio y madre de la chica, se rompen irremediablemente ante la fuerza de su amor.
La película es una constante referencia a la diferencia de clases, especialmente en esa comida donde el intruso se adentra en el mundo del lujo, para después cerrarle las puertas ante el peligro que supone un espíritu libre en una sociedad que teme perder lo que tiene.
También se da el caso contrario, cuando Rose se introducce en la vida de la prole, y nadie teme por la nueva incorporación. Algo que Camerón dulcifica, pues los estractos más humildes tienden a desconfiar de los hombres poderosos.
Resulta significativo que el encuentro amoroso de los protagonistas sea en la bodega, pasando antes por la sucia y ruidosa sala de máquinas, y después de estar en el camarote de lujo de Rose, en una metáfora sobre el amor y su valor más esencial, que prescinde de lujos y adornos.
La presentación de pasajeros, tolerantes e intolerantes, ricos prepotentes y nuevos ricos, familias humildes con sueños y jovenes aventureros, son todo un previo para el esperado tramo final, el hundimiento del barco.
El caos, el miedo y la desconfianza se juntan de repente en una situación deseperada, donde en una hora ricos y pobres son un todo que lucha por sobrevivir a su manera. Una reflexión sobre lo insignificante que son nuestras diferencias cuando la vida pende de un hilo.
Asi, que para hacer una película social no hace falta siempre hablar sobre droga y delincuencia, por muy positivo y necesario que sea, pues cualquier género puede ser apropiado para indagar en aspectos sociales de lo más sugerentes.
Ahora, a opinar sobre Titanic si quedan ganas, que aunque hayan pasado unos años desde que se estreno, siempre es bueno recordar películas que dejan huella.
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