08 septiembre 2007
Mejor como feos
El otro día vi monster. La película supuso el Oscar para Charlize Therón. La caracterización estaba apoyada por un maquillaje, que tornaba la habitual belleza de la actriz en un rostro simple y llanamente feo.
Sabemos de lo habitual en la industria americana de escoger a sus estrellas en actores, que en su mayoría tienen al menos cierto atractivo, condición necesaria para mostrar un carisma que funcione de cara al público.
Toca reflexionar, por tanto sobre la compatibilidad entre belleza y reconocimiento.
Paul Newman reconocía las dificultades que tenía para tener reconocimiento, debido a su belleza, que si bien le aportaba carisma y credibilidad, le suponía incertidumbre en su valoración como actor, sin las ayudas extras de su atractivo. El mismo, reconoce no gustarse, hasta llegados sus papeles en los años 70. Su Oscar vino en 1986 con el color del dinero, donde definitivamente su talento se impone a su atractivo, que cede intencionadamente a un emergente Tom Cruise, produciéndose un relevo inevitable, que en cierta manera le ayuda en las valoraciones de la crítica.
Otros casos, que vienen a sustentar la teoría que el caso Therón mantiene sobre belleza como impedimento de otros valores, es el de Nicole Kidman o Halle Berry, donde una prominente nariz y unos alborotados cabellos, reducían su habitual atractivo a favor de unas interpretaciones que les valieron el Oscar en las horas y monster ball, respectivamente.
Otras como, Kim Bassinger o Sharón Stone, debieron esperar a edades más maduras para que la academia se fijará en ellas en L.A Confidential y Casino.
El caso de Leonardo Di Caprio es aún más llamativo, donde fue nominado por a quien ama Gilbert Graves, donde interpreta un joven, con una enfermedad psíquica, donde su rostro reflejaba ternura y fealdad a partes iguales. Siendo ídolo de adolescentes, Di Caprio quedo descartado en las nominaciones de Titanic, cuando la película se cubrió de nominaciones, entre ellas varias compañeras de reparto.
Richard Gere se esta convirtiendo en actor que da suerte a sus compañeras de reparto en películas como Pretty Woman, Infiel o Chicago donde Julia Roberts, Diane Lane, Renée Zellweger o Queen Latifah se llevaban nominaciones hasta que precisamente en Chicago, Gere fue por fin reconocido por la academia.
Las clasificaciones de los mejores actores de la historia nunca han tenido problemas para incluir a James Masón o Charles Chaplin, o a mujeres como Bette Davis o Katherine Hepburn, pero son tremendamente recelosas con gente como Gary Grant o Katherine Deneve, que si bien entran en muchas de ellas, son debatidas constantemente.
Alguno como Marlon Brandon o Michael Caine entran con cierta solvencia en muchas listas, pero siempre quedará la duda si sería así, si Brandon no hubiera sido un envejecido Vito corleone, o Caine no hubiera sido un vulnerable periodista en el americano impasible, donde el atractivo que le hizo fuerte en Alfie o un trabajo en Italia, se torna en su contra ante la incursión de un vigoroso Brendan Fraser en la competencia por una mujer.
Al espectador le gusta la belleza, no importa tanto que le guste ver a una señora como Monica Bellucci, o un señor como George Clooney , como que se nos presente una idealización que el cine si puede ofrecer, y ayuda tanto en la evasión buscada en el espectador. El debate se plantea cuando el cine no se compromete y no profundiza lo suficiente al depender tanto de lo estético. A veces dicha disyuntiva se resuelve afeando lo bello, algo así como si para tomarnos en serio a los romanos necesitáramos olvidarnos de sus templos y centrarnos en su decadencia para palpar lo real y aparcar lo ideal.
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