ADELGAZAR NO ME COMPENSA
Hay personas que tienen un evidente sobrepeso, incluso rozando a veces la obesidad, que simplemente no realizan esfuerzo alguno por adelgazar. La razón que esgrimen es que no les compensa adelgazar a cambio del esfuerzo y el sacrificio que supone hacerlo, y mantenerse después en un peso correcto. Mantienen esta postura a pesar de que conozcan sobradamente las consecuencias negativas que esos kilos sobrantes pueden tener en su salud, a nivel por ejemplo del sistema cardiovascular, de sus músculos y huesos, etc.
Este esquema de “sé que es perjudicial pero no quiero corregirlo” es algo que encontramos con ocasión de otras conductas perjudiciales para el ser humano, como es el caso del consumo de tabaco.
Naturalmente que una persona que toma soberanamente la decisión de no luchar contra sus kilos sobrantes debe ser respetada. Nadie puede tomar por otro decisiones que sólo a él le afectan.
Es cierto que a veces la vida familiar, laboral, y de relación de pareja, está lo bastante consolidada y produce suficientes satisfacciones como para no sentir una especial necesitad de una silueta bonita y especialmente cuidada. Otras veces de lo que se trata es de que la persona no estima en demasiado su vida, y no le preocupa vivir unos años más o menos, por lo que no está motivada a hacer esfuerzos por algo que no valora demasiado. En otras ocasiones simple y llanamente parece haber un cuidadoso cálculo de intereses, de manera que la persona llega a la conclusión de que es mayor el esfuerzo que le supone adelgazar y mantenerse en forma, que el beneficio a obtener, algo, claro está ,subjetivo y discutible, pero sumamente respetable.
Pero no siempre esta decisión de no luchar contra los kilos es sincera, algunas veces es simplemente una mentira que la persona utiliza para engañarse a sí misma y engañar a los demás. Detrás de esa aparentemente meditada y soberana decisión, de alguien que ejerce su libertad y asume las consecuencias, puede haber algunas de las causas psicológicas anteriormente descritas: uso de la obesidad como forma de castigo, identificación con un obeso, comer como forma de reducir la ansiedad, etc.
Cuando realmente detrás de la falta de lucha contra los kilos hay únicamente una decisión soberana, de renunciar a los beneficios de un peso correcto para no pagar el precio de un esfuerzo imprescindible, observaremos que la persona habla del tema con naturalidad cuando los demás lo abordan, nunca rehuye las conversaciones sobre alimentación, peso, régimen, etc. aunque tampoco demuestra un interés especial por estos asuntos. Por el contrario, la persona que esconde sus verdaderas motivaciones detrás de una aparentemente soberana y tranquila decisión, rehuye habitualmente el tema, o por el contrario insiste obsesivamente, como quien quiere convencerse de algo que en el fondo sabe que es mentira, en que no quiere molestarse en hacer régimen.
Cualquier estado emocional llamativo al salir estos temas de conversación, debe de resultar sospechoso al observador. También puede ser motivo de sospecha el que la persona en cuestión no desarrolle una vida social normal, ni muy intensa ni muy escasa, así como que tenga otros comportamientos extremos en cualquier ámbito de la vida, ¿por qué estos comportamientos anómalos si está en paz con su decisión y se admite tal y como es físicamente?
¡PERO SI NO ESTOY GORDO!
Es fácil conocer mujeres que se ven más gruesas de lo que realmente están, y no me refiero ahora al fenómeno de la anorexia nerviosa, no. Me refiero a que algunas de ellas, llevadas por su tendencia obsesiva y por la influencia social, puedan vivir un problema de sobrepeso como una auténtica obesidad, aunque no haya para tanto. Algunas veces también puede encontrarse a varones excesivamente preocupados por su peso.
Pero lo que es casi exclusivo del género masculino, es la negación de un problema de peso, como forma de defenderse contra la ansiedad y la angustia que provoca.
El no ver un peligro, o alguna situación dolorosa, para así soportar mejor la desazón que provoca, es algo conocido en psicología, y supone un mecanismo útil cuando evita sufrir ante algo irresoluble, o en espera de que las circunstancias cambien y pueda ser abordado eficazmente. Así podemos entender como útil este mecanismo de defensa ante un problema de peso que puede ser evidente para los demás, pero que el interesado niega con tanta sinceridad como firmeza, cuando permite a la persona centrarse en asuntos familiares o de otra índole, que requieren más urgentemente su atención.
Pero en otras ocasiones lo que encontramos es una fuerte tendencia, de toda la vida, a aplicar este mecanismo de defensa, es decir, a negar la existencia de cualquier foco de tensión, angustia, incomodidad o conflicto. Algo seguramente muy útil para la persona en muchos temas y en momentos decisivos de su infancia, pero que aplicado por sistema, y ya de adulto, no constituye más que una trampa para sí mismo que le impide alcanzar mayores cotas de desarrollo y satisfacción personal.
Si queremos que un amigo o familiar con peso excesivo reconozca este problema y se enfrente a él, seguramente lo menos inteligente que podemos hacer, una vez que ya le hemos dado de manera clara nuestra opinión al respecto, es insistir una y otra vez en el tema. Más hábil puede ser darle confianza en su capacidad para cambiar, y una clara aceptación de su persona con independencia de su aspecto físico y de las decisiones que tome al respecto. Este mecanismo de negación del problema de peso, empieza a superarse justamente cuando ya la persona empieza a no darle importancia, cuando no le angustia, pudiendo así entonces reconocerlo y enfrentarse a él.
También puede usarse este mecanismo de negación en lo que a la obesidad se refiere, para evitar así tener que enfrentarse a alguna de las otras causas psicológicas ya citadas. En esto no hay diferencia entre hombres o mujeres.
OBESIDAD AUTOSUFICIENTE
Seguramente muchos de mis lectores habrán tenido en alguna ocasión la fantasía de estar aislados del mundo y ser autosuficiente. Una casa ecológica capaz de generar la energía y el alimento necesarios para vivir, una cueva llena de reservas de todo tipo capaz de hacer innecesario el contacto con los demás, una isla desierta con todo lo necesario para la supervivencia, etc. son sólo algunas de las formas que puede adoptar este deseo de estar aislado de un mundo exterior muchas veces hostil, de ser autosuficiente, y en definitiva de regresar a un estado anterior y supuestamente ideal en el que nos encontramos un día; el vientre de nuestra madre.
Este tipo de fantasías puede ayudar a la persona a soportar momentáneos estados de frustración por las más variadas causas. Incluso autores como Freud, o más recientemente Kris (1952), han mencionado estos estados regresivos puntuales como parte del proceso creativo de artistas y científicos.
Pero mientras que este tipo de fantasías puede ser algo muy excepcional y circunstancial para la mayor parte de las personas, para una pocas constituye un impulso muy fuerte, mantenido, y organizador de su existencia. Una fuerza psíquica que les lleva realmente a aislarse de alguna manera del exterior, a adoptar comportamientos más propios de una edad mucho más temprana a la suya cronológica.
Claro está que no se aíslan en ninguna casa mágica, ni en una cueva maravillosa, ni en ninguna isla de paradisíaca vegetación y temperatura, y aún por descubrir. Se aíslan de varias posibles formas, una de ellas, la que nos interesa a efectos de este libro, consiste en rodearse de una capa de grasa que acumula energía y en la que parecen estar refugiadas.
Algunas personas muy insatisfechas con su vida, especialmente en lo que al mundo de los afectos se refiere, ya sea por circunstancias externas y objetivas, o por la manera que tienen de entender lo que les rodea, adoptan una postura muy regresiva, minimizando su contacto con el exterior, y acumulando energía en sus cuerpos como si se dispusieran a vivir en un mundo aislado y auto abastecido, cual ermitaño en su cueva, naufrago en su isla, o bebé en el vientre materno.
Todo esfuerzo de otras personas, como familiares o médicos, que tienda a eliminar estos kilos sobrantes, está abocado al fracaso.
Será necesario que por parte de la persona que tiene esta actitud, haya la aceptación, dolorosa aceptación a veces, de su realidad, y el empezar a ilusionarse con proyectos viables, de otra manera seguirá en su cueva personal llena de alimento de reserva en su tejido adiposo.
Su entrada en un mundo menos idílico pero más real, en el que no hay nada asegurado, en el que nadie es autosuficiente, y en el que hay que actuar y luchar, muchas veces para quedar frustrado, debe ser un proceso gradual, preferiblemente guiado por una persona de gran confianza, que dé un marco de relación cálido y seguro. Este proceso de cambio es largo, pero puede ser enormemente fructífero.
Las conexiones de esta actitud con el ánimo deprimido, la permanente insatisfacción, el miedo a la vida sexual activa, la ansiedad, la identificación con un obeso, y en general con todos los otros apartados de este libro, son evidentes. Como repito una y otra vez, a lo largo de estas páginas, las causas que voy presentando como algo aislado, se dan en la practica interrelacionadas, hasta hacerse a veces indistinguibles.
HOY DISFRUTO, MAÑANA YA VEREMOS
Hay personas que parecen incapaces de organizar su vida pensando en el medio y largo plazo. Son el polo opuesto de aquellas otras que siempre están viviendo en función de lo que ocurrirá mañana, y nunca disfrutando de lo que ocurre hoy. Los extremos nunca son buenos.
Mantener un peso correcto requiere saber planificar la alimentación e incluso la vida más allá de los días inmediatos. Eso sí, sin renunciar nunca del todo a los placeres, también gastronómicos, que podamos conseguir en el presente.
Cuando alguien con tendencia a acumular kilos, únicamente tiene en cuenta el día en el que vive, no le compensa claro está la renuncia a los placeres de la mesa, a cambio de los pocos gramos que podría bajar ese día.
Sin embargo, si fuese capaz de imaginar, planificar, y vivir en función del medio y largo plazo, podría tomarse con más naturalidad la renuncia parcial al placer de comer ciertas cantidades y ciertos alimentos, con tal de alcanzar a medio plazo un peso más deseable.
Esta es una de esas cuestiones prácticas, que a muchos de mis colegas se les olvida abordar cuando ya han resuelto cuestiones de mayor calado psicológico. Lo mismo pasa con la falta de voluntad. Otros sin embargo se centran en estos aspectos prácticos olvidando los aspectos más inconscientes o profundos. Como expondré más adelante, yo soy de la opinión de que hay que abordar la problemática de fondo que se observe en el paciente, aunque sólo en la medida en que sea necesario, siempre con un contacto humano cercano, y sin olvidar las cuestiones más prácticas a la hora de conseguir y mantener el peso correcto.
Cuando alguien es incapaz de bajar de peso debido a su falta de hábito en imaginar y planificar su vida más allá de lo inmediato, hay que enseñarle.
Puede ser útil ((y de gran ayua proponerle realizar pequeños esfuerzos mantenidos ))ayudarles a base de animarles a pequeños esfuerzos mantenidos en períodos de tiempo no muy prolongados, recordándoles con frecuencia el motivo de su esfuerzo y los beneficios que esperan obtener. Alcanzado un pequeño éxito en esta dirección, se puede ir ampliando progresivamente el esfuerzo realizado y el espacio de tiempo de espera hasta alcanzar los objetivos buscados.
.La tarea es diferente si se trata de ayudar a una persona joven o a una de más edad. Los jóvenes tienen mayor capacidad de cambio, pero por otro lado su dimensión del tiempo es diferente de la de personas mayores. Para el joven, 6 ó 10 meses de espera para conseguir unos resultados importantes, y sin riesgos, a la hora de bajar 15 o más kilos, y para cambiar sus costumbres alimenticias, puede parecerle mucho, una eternidad. No será tanto para una persona con 30 años más, pero sin embargo ésta tiene menor capacidad para cambiar viejos esquemas de funcionamiento.
Muchas veces no consiguen este cambio de enfoque, y siguen viviendo el presente, para bien, y para mal. Para bien porque con frecuencia son capaces de disfrutar lo que la vida les presenta en cada momento, y de manera intensa, sin angustiarse por lo que les deparará el futuro, estrujando todo el placer que puede dar una buena situación. Para mal, porque no consiguen superar lo que les perjudica, la obesidad y otras cosas, y porque no eluden riesgos y situaciones negativas que pudieran soslayar con tan sólo un poco de planificación y de esfuerzo invertido en el futuro.
ESTEBAN CAÑAMARES
PSICÓLOGO CLÍNICO
PROFESOR HONORARIO DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA
MADRID