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PSICOLOGO

Esteban Cañamares, Psicólogo Clínico y Sexólogo, Colegiado M-09659,identificable en el Colegio de Psicólogos de Madrid y en su página web www.epecpsicologos.com te da la oportunidad de acercarte a la psicologia de manera seria evitando el intrusismo profesional, hacer preguntas y leer mini-artículos sobre temas que pueden interesarte. Se compromete a contestar en un plazo máximo de una semana. Si necesitases de mayor intimidad y espacio para tus preguntas o comentarios puedes hacerlo a epecpsicologos@hotmail.com

¿CUANDO ESTAMOS TRISTES Y CUANDO DEPRIMIDOS?

Imaginemos que dos personas ven como su pequeño negocio, que con tanto esfuerzo y tanta ilusión comenzaron, se ve abocado al cierre, ya que de otra forma sólo aportaría pérdidas, no habiendo visos de mejoría. Supongamos que en una de esas personas hay depresión, en la otra hay desánimo, pesimismo, etc. Pero no depresión. Veamos en qué consiste la diferencia. Más adelante entraremos en ver por qué unas personas se deprimen y otras no a pesar de verse afectadas por los mismos acontecimientos.

 

En uno de nuestros comerciantes imaginarios, el no deprimido, habría pena y tristeza por el cierre de su negocio, pero sin que esta tristeza sea incompatible para, en otros momentos del día, disfrutar de sus proyectos, por ejemplo la jornada de primera comunión de su querida hija, o la jornada de caza con sus amigos. Sin embargo nuestro comerciante imaginario sí deprimido, no sería capaz de pensar en esos mismos acontecimientos y si alguien se los recuerda simplemente no obtendría de imaginarlos ningún tipo de satisfacción. He aquí una de las características de la depresión: La incapacidad para sentir satisfacción con aquellas cosas que anteriormente sí eran gratificantes. Recuerdos satisfactorios, proyectos ilusionantes, amistades queridas, retos estimulantes, metas conseguidas… pierden así para el deprimido todo sentido. Diríase que su ordenador central (su cerebro) es incapaz de “saborear” lo que siempre fue positivo.

 

A nuestro primer comerciante, el no deprimido, podemos imaginarlo dedicando tiempo “mental” y cronológico a repasar qué ha podido fallar en la marcha del negocio, qué debería haber realizado de manera distinta, y cuál podría ser el comercio que sí funcionaria en esa misma zona de su ciudad. Pero aunque esté enfrascado en estas ideas,  será fácilmente capaz de apartar estos pensamientos en el momento en que otras cuestiones requieran su atención. Así los abundantes suspensos de su hijo mayor, la enfermedad de su hermana, o las recriminaciones de su esposa por no colaborar demasiado en las tareas domésticas, van a captar su atención, van a recibir el interés y la concentración que merecen, y los asuntos relacionados con la ruina de su negocio quedarán momentáneamente aparcados. En igual situación nuestro comerciante fracasado sí deprimido no será capaz de atender a los nuevos asuntos que requieren su atención. Así su hijo se quedará sin la reprimenda o el apoyo que necesite en sus estudios, la hermana sin sus palabras de consuelo ante el drama de su enfermedad y la esposa no obtendrá una respuesta a sus protestas sobre la marcha de los asuntos domésticos. O quizás sí les escuche pero sin procesar lo que le dicen, sin dar una respuesta apropiada. Diríase que su cerebro está colapsado, sólo puede procesar una cuestión, su desgracia. He aquí pues una segunda característica de la verdadera depresión La incapacidad para procesar eficazmente otra información distinta a la tiene que ver con la propia desgracia. Hemos de aclarar que no se trata de que la persona no lo desee, no es que se haya convertido en un egoísta integral, no, lo que ocurre es que su sistema nervioso central no es capaz de dar entrada a información nueva. Y como dijimos antes aún menos si es gratificante.

 

Nuestro primer comerciante fracasado, o cualquier empleado en paro por el que queramos sustituirle, enfrascado en su mala suerte, en sus pensamientos sobre qué podría hacer, y en su evidente desánimo, pasará unos días de desgana a la hora de comer, de hecho es posible que pierda un par de kilos. Además muy posiblemente exagerará alguna de sus conductas adictivas como el fumar, o alguno de sus tic reductores de ansiedad, tal como el morderse las uñas. Pero en cualquier caso no serán cambios que pongan en riesgo su salud. En el comerciante, o el parado, sí deprimido, podemos encontrar fácilmente que su pérdida de apetito y su bajada de peso es importante y continuada. No se limita a un par de kilos. A medida que pasa el tiempo su deterioro físico es evidente para cualquier persona que se cruce con él/ella. Naturalmente esto será menos evidente al principio de la depresión y más a medida que pasa el tiempo. También sus conductas reductoras de la ansiedad podrán ser más exageradas, siendo de especial preocupación las que incluyan sustancias adictivas tal como el alcohol.

Todo lo dicho para la comida y las conductas compulsivas podemos también decirlo del sueño. La persona triste por su desgracia, laboral o de otro tipo, verá aumentar su frecuencia de sueños nocturnos, tendrá dificultades para conciliar el sueño, o tal vez se despierte antes de la hora habitual, pero esto no llegará a menoscabar su salud, será pasajero, y en general no le impedirá estar al día siguiente lo bastante descansado como para acometer lo que sigan siendo sus obligaciones. Por el contrario el trabajador sí deprimido verá el sueño profundamente alterado, ya sea porque se despierta frecuentemente por la noche, por que apenas concilia el sueño, o por sueños enormemente frecuentes e intensos. La diferencia fundamental está, en lo que al sueño se refiere, en si al despertar la persona tiene o no sensación de haber descansado lo suficiente como para, sin un inmenso esfuerzo, empezar una nueva jornada. El desanimado sí puede, el deprimido no.

Las alteraciones persistentes y claras del sueño y una pérdida importante de peso pueden ser otros dos indicadores claros de depresión.

 

En la misma línea podríamos hablar de otras alteraciones del funcionamiento anatómico y fisiológico. Estreñimiento no habitual, dolores en las articulaciones, cansancio y otras molestias por el estilo se presentan o aumentan en las personas deprimidas.

 

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos pensado que quizás hubiera sido mejor no haber nacido. Todos también hemos podido tener la fantasía de reencontrarnos, tras la muerte, con algún ser querido, independientemente de nuestras creencias religiosas. Incluso en un momento de desesperación podemos pensar algo así como “más me valdría morirme” “si me viniera ya la muerte se acabarían mis problemas” o cosas por el estilo. Seguramente nuestro trabajador en horas bajas, nuestro comerciante desanimado pero no deprimido, sí lo pensará. Lo pensará sin más. Sin verdaderamente desearlo, sin que efectivamente lo ansíe. Y sin planificarlo. Pero su colega sí deprimido lo deseará de corazón. Podrá incluso ser la única cosa que de verdad desee, que auténticamente se le presente como una opción posible y liberadora de su sufrimiento. Seguramente en secreto visualizará como cada una de sus personas allegadas pueden reaccionar si da el paso de autoinducirse la muerte. Las ideas de suicidio persistentes, vividas como posibilidad liberadora, son quizás el indicador más nítido de depresión. A mayor concreción de estas ideas mayor es el riesgo de suicidio.

Lo que se quiere decir es que si el deprimido es capaz de concretar cómo lo haría, dónde lo haría, como reaccionaria cada uno de sus seres queridos, etc. el riesgo es mayor, la probabilidad de que lo intente es más elevada.

 

También es posible que nuestro protagonista imaginario sí deprimido tenga ganas de llorar, espontáneas, incluso cuando no parece venir a cuento, cuando ni la conversación ni siquiera sus recuerdos pasan por ninguna situación triste, ni por la de la condición de parado ni por ninguna otra.

 

Si bien el personaje aquí dibujado como sí deprimido es el prototipo de persona que sufre lo que los profesionales calificamos de Depresión Mayor, también es cierto que ocasionalmente nos encontramos con personas que si bien están igualmente deprimidas no manifiestan ninguno de los anteriores síntomas. Incluso dan la sensación de que están más bien eufóricos. Son personas que tras la adversidad de verse en paro, u otra calamidad, se muestran especialmente activos, llamativamente joviales, dicharacheros, optimistas, y muy muy activos. Son lo que llamamos depresiones enmascaradas.

 

En las depresiones enmascaradas quienes las padecen niegan su dolor, se ocultan a sus propios ojos su tremendo sufrimiento, su colapso vital, y se embarcan en mil actividades que les ocupen el tiempo, que les proporcionen la posibilidad no sentir pues de lo contrario se hundirían. No es algo consciente. Muchas de estas personas son alabadas por su supuesta entereza, por su dinamismo. Con frecuencia son las encargadas de realizar los trámites necesarios tras la muerte de un familiar, los papeleos para cancelar un negocio, de mil gestiones de otras personas “aprovechando que tengo tiempo libre ya que no tengo trabajo”… y sin embargo antes o después, por una pérdida infinitamente menor, por la simple muerte de su mascota, por la desgracia de un viejo conocido al que apenas veían, se hunden repentinamente en una depresión aún más profunda que la que intentaban evitar. Estas personas raramente solicitan ayuda profesional ya que no tienen conciencia de su problemática, siendo sus allegados los que antes o después sospechan lo que pasa y les conducen a las consultas de los psicólogos. Para ellos, para los familiares, también daremos nuestros consejos más adelante.

 

La persona deprimida, consciente de que lo está (la mayoría de ellas) percibe su baja energía, su incapacidad de hacer una vida normal, su dificultad para atender sus compromisos, (siempre los hay aunque no haya una jornada laboral) sus obligaciones (hijos, cónyuge, limpieza del hogar, actividades sociales a las que se había comprometido, etc.) Y se lo reprocha. Este reproche interno, alimentado por los consejos bien intencionados de sus allegados en el sentido de que normalice su vida, no hace más que hundirle más en su depresión. Ha esto volveremos más adelante.

 

Ante la situación de perder el trabajo todos nos desanimamos, pero no todos nos deprimimos.

ESTEBAN CAÑAMARES

PSICÓLOGO CLÍNICO Y SEXÓLOGO

COLEGIADO M-09659

MADRID

www.epecpsicologos.com

Publicado lunes, 25 de enero de 2010 9:01 por demadrid52
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Comentarios

 

maria ha opinado:

Que artículo tan bueno. Me acabo de ver totalemtne reflejada en él. Lo que me gustaría saber es que puedo hacer para salir de la depresión, sobretodo cuando racionalmente se que es una tonteria lo que me pone mal...

febrero 23, 2010 19:17
 

demadrid52 ha opinado:

Si realmente tienes depresión deberías acudir a un profesional que te ayudase.

Si te sientes triste, decaíada, admiteté así, sea racional o no, lógico o no. Consulta, pide ayuda, pero no le cierres el paso a esa tristeza, sólo conseguirás que se perpetue. Tienes derecho a estar mal, como cualquiera, entiendas o no la causa. Pide ayuda, saca la rabia que te den las cosas y las situaciones, revisa posibles culpas que sienteas en tu corazón.

Solo cuando recobres un podo de eneriga y estabilidad podrás empezar a hacer cambios en tuws relaciones humans, en tus actividades, en tu mundo afectivo.

No lo dejes María

Esteban Cañamares

www.epecpsicologos.com

febrero 24, 2010 17:22
 

Carlos ha opinado:

Siento un poco de pena de opinar. Padezco de una depresion. Desconozco su nivel, pero se que no estoy nada bien ni normal en mis emociones.

Lo que me llama profundamente la atención es el último comentario... los allegados siempre te retan a normalizar tu vida. Te ofrecen ideas, mil metas, y te proponen un empeño propio por salir de la situación. Tengo que decir que todo eso me ha venido a hundir muchísimo más profundamente. Mientras más querida o admirada es esa persona que te aconseja normalizar tu vida, más herido te sientes. Más incomprendido. Viene una suma a la preocupación total, al miedo, a la tristeza de verte profundamente desgraciado y ver que todo el mundo te señala como entero responsable del problema y la solución.

Estoy por iniciar un proceso con una psiquiatra. Lamento decir (espero que sea por la misma depresión) que veo sumamente difícil que vuelva a ser el mismo joven que era antes. Que carecía de miedo, de inseguridad. Albergaba el esfuerzo. Las victorias. Ni siquiera se ponía triste por algo que no había logrado, si sabía que había dado su máximo esfuerzo.

Cuántas cosas desearía sacar del alma. Pero no es el medio correcto. He de buscar al profesional adecuado.

Gracias por leerme. Perdonen el tiempo que les pude haber quitado.

mayo 10, 2011 20:45
 

demadrid52 ha opinado:

Carlos:

No sé exactamente dónde lo has leído pero es verdad que los allegados tienen la mala costumbre (bien intencionada) de aconsejar al deprimido/a que salga, se alegre, se normalice, etc. y que esto es contraproducente pues sólo consigue crearle más la sensación de que no está bien, de que no tiene fuerzas para hacer lo que se espera de él. A más cercana la persona peor es el efecto.

Haces bien en acudir a un psiquiatra. Espero que éste no se limite a recetarte pastillas, muchas veces necesarias pero insuficientes, si es así busca un psicólogo que también te de psicoterapia.

La inmensa mayoría de la gente que ha padecido depresión ha salido para adelante, tú también lo puedes conseguir.

Un saludo

Esteban Cañamares

psicólogo clínico y sexólogo

Profesor Honorario de la Universidad Autónoma

Madrid

www.epecpsicologos.com

mayo 11, 2011 16:31

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