EL PUENTE DE LOS ASESINOS de Arturo Pérez Reverte.

Publicado 30 noviembre 11 08:48 | adolvafer 

EL PUENTE DE LOS ASESINOS de Arturo Pérez Reverte.

2011. Aventuras,  histórico. P: 7/10.

Autor: Arturo Pérez Reverte.

Sinopsis y comentarios: «Diego Alatriste bajó del carruaje y miró en torno, descon­fiado. Tenía por sana costumbre, antes de entrar en un sitio incierto, establecer por dónde iba a irse, o intentarlo, si las cosas terminaban complicándose. El billete que le ordenaba acompañar al hombre de negro estaba firmado por el sargento mayor del tercio de Nápoles, y no admitía discusión alguna; pero nada más se aclaraba en él.»

Nápoles, Roma y Milán son algunos escenarios de esta nueva aventura del capitán Alatriste. Acompañado del joven Íñigo Balboa, a Alatriste le ordenan intervenir en una conjura crucial para la corona española: un golpe de mano en Venecia para asesinar al dogo durante la misa de Navidad, e imponer por la fuerza un gobierno favorable a la corte del rey católico en ese estado de Italia.

Para Alatriste y sus camaradas —el veterano Sebastián Copons y el peligroso moro Gurriato, entre otros—, la misión se presenta difícil, arriesgada y llena de sorpresas incluida la de Gualterio Malatesta. Suicida, tal vez; pero no imposible.

Vuelven las aventuras del Capitán Alatriste tras quince años de su comienzo, cinco años desde el último volumen, ya es la séptima entrega, siempre en la cresta de la ola del gran éxito, que se merece por supuesto.

Para mi más que un personaje de una novela (van siete) es casi ese amigo que te gustaría tener y con él Copons, Gualterio Malatesta, Alquezar, Iñigo, Quevedo, Saavedra, etc…el anti héroe como tantos miles de españoles de todas las épocas, hijos de su tiempo, mercenario con remordimientos, sobrio cuando es necesario, bebedor como el que más, duro como el pedernal, justo hasta el límite humano…

Aventuras pero también personajes de una pieza, casi un retrato sicológico de unos hombres del llamado “siglo de oro español”, un retrato evolutivo a lo largo de unos años en los que el joven escudero crece y se hace un hombretón, y en los que nuestro héroe se va haciendo, como el mismo dice o le dicen, más viejo.

Ahonda en la singularidad de la relación entre Alatriste y Malatesta, con ese duelo con el que nos comienza a relatar la historia Iñigo para terminar en el mismo, en la isla veneciana  de los esqueletos y…por cierto, genial retrato de esa batalla entre dos sicarios o dos dioses…

Como dice el mismo autor  el argumento no guarda ninguna relación consciente con la realidad actual de España pero, sin embargo, el narrador Iñigo Balboa recuerda como la España del siglo XVII lo tuvo  todo: América, oro, plata pero a diferencia de otros países que se dedicaron a construir, nosotros nos lo gastamos en fiestas y en guerras; Arturo recuerda como en estos últimos años en los que hemos tenido dinero y nos lo hemos gastado en fiestas y en política, en los negocios inmobiliarios y en lujos innecesarios.

La trama es una excusa para otras cosas, el devenir, el tiempo, el posible futuro si lo hay, la conciencia…

“Dos hombres se batían a la luz endecisa del amanecer, siluetados en la claridad gris que llegaba despacio por levante. La isla -poco más que un islote, en realidad- era pequeña y chata. Sus orillas, desnudas por la marea baja, se deshilaban en la bruma que la noche había dejado atrás. Eso producía una impresión de paisaje irreal, como si aquella porción de tierra neblinosa fuese parte misma del cielo y del agua. Las nubes eran pesadas y oscuras y lloviznaban nieve casi líquida sobre la laguna veneciana. Hacía mucho frío aquél 25 de diciembre de 1.627.

-Están locos -dijo el moro Gurriato.

Seguía tirado en la escarcha del suelo, envuelto en mi capa mojada, y se incorporaba débilmente sobre un codo para observar a los contendientes. Yo, que acababa de vendarle la herida del costado, permanecía de pie junto a Sebastián Copons, tiritando bajo mi jubón de poco abrigo. Mirando a los dos hombres que, a veinte pasos de nosotros, destocados, a cuerpo gentil pese a lo destemplado del paraje, se acometían espada y daga en mano.

-Dios ciega a quien desea perder -masculló el moro, entre los dientes apretados por el dolor.

No respondí. Estaba de acuerdo en que aquello era un disparate que remataba el otro, el más vasto y sangriento que nos había llevado hasta allí; pero nada podía hacer yo. Ni ruegos ni razones, ni tampoco la evidencia notoria del peligro mortal que corríamos todos, habían logrado evitar lo que estaba ocurriendo en la isla. Una porción de tierra, esta cuyo nombre era que ni pintado a nuestro presente incierto: isla de los esqueletos, lugar elegido como osario por los habitantes de Venecia para despejar de unos años acá sus atestados cementerios. Las huellas estaban por todas partes. Entre la hierba húmeda, el barro y la tierra removida, a poco que se fijara uno, veía asomar restos de huesos y calaveras.

No sonaba otra cosa que el tintineo de los aceros: cling-clang. Mis ojos sólo se apartaban de la escena para mirar lejos, hacia el sur, donde la laguna se abría al Adriático. Pese a que cuánto mas se asentaba la luz diurna disminuían nuestras posibilidades, me animaba la esperanza de divisar, antes de que fuera demasiado tarde, una manchita blanca en el horizonte: la vela de la embarcación que debía sacarnos de allí, llevándonos a un lugar seguro antes de que nuestros perseguidores, que escudriñaban airados las islas cercanas diesen con nosotros y nos cayeran encima como perros rabiosos. Y por Dios que no les faltaban motivos. En cualquier caso ya era sobrado milagro que estuviésemos allí, temblando de frío en aquél islote, con su cuchillada el moro Gurriato pero todavía vivo, mientras el capitán Alatriste ajustaba viejas cuentas pendientes. Los cuatro que aguardábamos en la isla -dos de nosotros mirando y los otros dos en lanza de toledanos, como dije- éramos de los pocos que aún podían contarlo. En ese mismo instante, no lejos de allí, otros compañeros de aventura estaban siendo torturados y estrangulados en los calabozos de la Serenísima, colgaban de una soga frente a San Marcos o flotaban en el agua de los canales, tiñéndola de rojo con un lindo tajo en la garganta.”

Una delicia seguir a estos personajes en un juego de ajedrez de la alta política, los necesitan claro, las altas testas, gente, peones, hombres de sangre y espada, de mucho silencio y estoicismo hasta el final, que no temiera  a la muerte o que esta fuera como una liberación, siendo como títeres de unos hilos invisibles….no es la gloria lo que persiguen, si  algunas monedas, un quehacer, una responsabilidad, un hacer lo que saben…

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