Maravillas...
Me he disfrazado de silencio y he salido a la calle. Vagabundee por el mercado Maravillas, viendo los puestos, el producto, la gente mirando, comparando y, finalmente, comprando. He olido el otoño en el puesto de flores y resistido la tentación comprar dos rosas rojas, grandes y brillantes como un atardecer en las tierras de Ciudad Real, ¿me las regalara alguien hoy?
Me he visto reflejado en los ojos glaucos de los peces muertos, que no respiran, bajeles de escamas, añorantes de una mar que, para ellos, solo es una chispa eléctrica abandonada y, solo en un puesto, he olido la podredumbre de la carne marina muerta, sal y acido, un poco picante en la punta de la nariz; ¿algún día oleremos nosotros así? Están llenas de merluzas frescas, de rape, de bacalaos, de congrios, de sardinas, de doradas, de lubinas, alguna almejas, berberechos, pulpo de roca, gambas transparentes de Huelva, langostinos.
Fruncido el ceño he ido a las tiendas de golosinas.
Allí, toda una mezcla de miles de colores, a cual más atrayente, artificialmente atrayentes; pero son puestos sin aromas, insípidos, salvo los ojos de los niños brillantes de deseo y hambre descontrolada ante las fresas artificiales, los pequeños corazones, los dientes de Dracula, las moras, los labios rojos, los gusanos traslucidos, las botellitas de coca cola, los ositos de mil colores, las arañas verdes, nubes de algodón, regalices, viejas marcas de caramelos como dos cafeteras, sugus, solano......pero, la falta de olor me llevo a salir de allí e ir a los puestos de fruta.
Lo primero, fue ver el buen humor de los tenderos. No me extraña ante el escaparate de sus puestos y el aroma mezclado de frutas y verduras. Rojas manzanas, verde golden, verde peras, fresones rojos de sangre de Huelva, amarillo oro de los nuevos y relucientes membrillos, redondas granadas guardando tesoros, aguacates, uvas negras como la economía que nos posee, grandes sandias (las ultimas) que crujen como terremotos cuando las abres, ciruelas amarillas y rojas dulces como los labios de una joven, aguates reposando, mangos añorando otros tiempos y tierras, tomates rojos, zanahorias, cebollas tiernas, ajos despensados, patatas sucias de tierra y barro. ¡Qué maravilla!
Y el producto de nuestros ganaderos en la charcuterías. Cuelgan unos jamones que abren el apetito: granadinos sabrosos, serranos magníficos, ibéricos de renombre, de Guijuelo, de Aracena, de Jabugo. Abajo, en el mostrador, con un primer corte chorizos, salchichones, lomos ibéricos, mortadelas con o sin aceitunas, chistorra, cabeza de jabalí. Al otro lado, el derecho, pleno de quesos con sus aromas sin igual empezando por el de Cabrales, patrón de los zapatos, el azul de toda la vida, el roquefort, el camemberg, la torta del Casar única en el mundo mundial y entero, la torta de La Serena señorial y magnifica, el de queso cremoso y barato, el gallego tipo tetilla, el de cabra. Toda una gama de olores inundando la nariz y haciendo agua en la boca.
Pero yo iba con el silencio de la lluvia de octubre; nada dije, nada me dijeron.