El tiempo.
El tiempo.
A un día le sucede otro; la noche y el día se van complementando y, en total armonía, nos confunden en un ciclo rápido y feroz que nos engulle.
Un día fuimos niños; rápido y con deseo nos hicimos adultos antes de tiempo.
Nos acostamos, mas tarde, como gente seria y madura y nos levantamos viejos y con achaques.
Y corríamos con locura al borde del desfallecimiento; nos arrojábamos en precipicios de tres o cuatro metros a ver quién era el mas y quien menos; nos tirábamos de cabeza al mar creciente sin saber que nos esperaba debajo de la superficie marina; jugábamos a ser dioses pequeños que juegan con su vida. Vivíamos sin saber que Cronos nos estaba robando, como un ladrón sin sombra, la vida, el tiempo.
Y el tiempo y la propia sociedad, suciedad mas bien, nos absorbieron los sesos y seguimos corriendo pero, ahora, en busca de un trabajo que nos exprimirá como sanguijuelas, de una mujer que nos querrá con locura durante tres años (o del hombre que nos querrá con locura dos años), de unos hijos traicioneros que nos llevaran al asilo para que no molestemos, de otro trabajo mejor pagado (la maldita hipoteca, la escuela de los niños, las joyas de la mujer/hombre, el carnet de la sociedad de golf, el coche, el infierno de las vacaciones de verano, un amante o bandido, la casa de la playa o urbanización, la operación de cirugía estética, el divorcio, otro coche mejor o quizás el pequeño yate que hay que fondear en un puerto lejano…).
Y el tiempo que no para, riéndose de nosotros, nos dirá un día: conviene hacerse una mamografía o un análisis y revisión de la próstata. No entenderemos el mensaje, solo que es conveniente hacerlo; nunca entendemos nada importante.
Otro día entramos en urgencias en una ambulancia, el corazón ya se sabe. Otro aviso al que no haremos caso mientras el jefe nos avisa que el rendimiento está bajando y hay que espabilar, nuestra pareja que este año hay que ir a New York que las cosas allí están baratas y los críos los dejaremos en casa de los abuelos (previo pago de unos 600 euros a los críos y otro dineral a los abuelos para la manutención), el perro a la perrera.
Un día no llegas a fin de mes. Claro, el mayor en la universidad y todo por las nubes. No tienes de donde sacar más tiempo para ganar más dinero. No entiendes el aviso, sigues adelante haciendo equilibrios de cordura en un hilo de no más de 1 milímetro.
Cronos nos mira compasivo desde su estancia allende el tiempo y el espacio.
Te sacan la vesícula, las malas y apresuradas comidas, las preocupaciones y la genética. El inspector de hacienda te llama para una revisión de tu declaración, la única que falseaste un poco; lo necesitabas y lo hiciste. Pagaras por ello, pero no entiendes el aviso.
Miraste el espejo y vistes a un personaje arrugado, viejo, encorvado y triste, avejentado y dices “ese no soy yo, no puedo ser yo”. El personaje que te mira a través del azogue te dice: “ese no soy yo, no puedo ser yo”. Tampoco entenderás el aviso.
Crono, en su cueva del Nix, saborea la venganza como cuando destruyó a Urano y lo celebro en una gran fiesta que duro dos mil años.
Al final es lo que queda, una habitación acolchada en un asilo de mala muerte y el tiempo que se ha escapado de tus manos como las arenas del desierto del Sahara. Dunas móviles al compas del viento.
Te acuestas con la luna y ya no te levantas, te fallan las piernas, no te acuerdas ni de tu nombre, nadie viene a visitarte ¿Quién podría?...no lo sabes porque has perdido el tiempo corriendo en pos de unos imposibles o más bien de unas inutilidades, bagatelas de la mar que no perdura en la memoria.
Al final, Cronos, el devorador de hijos, el del séptimo día, atrapa las pocas cenizas que, aventadas por el viento, salen del incinerador.