Sorprende a veces lo que puede dar de sí un pequeño viaje.
Sorprende a veces lo que puede dar de sí un pequeño viaje. Íbamos con la cita anual, Las Edades del hombre, sita esta vez en Medina del Campo y Medina de Rioseco. Para no tener problemas pues el tren a Medina es cómodo, rápido y barato desde estos madriles. Tenía la esperanza de poder volver a ver el gran castillo, el de La Mota, esperanza solo pues el tiempo siempre apremia y los designios son múltiples.
Llegamos a la estación, hermosa, diseño de ese genio que fue Eiffel. Me encantan las estaciones ferroviarias.
La visita fue perfecta, previo cafecito en la cafetería de la estación, a pocos minutos andando hasta la Iglesia de Santiago el Real. Fuimos pasando por delante de la Iglesia de San Miguel, pasamos el puente del rio canalizado de Zapardiel, vimos de pasada “Las reales carnicerías, siglo XVI”, el mercado antiguo que aun hoy en día hace de sus funciones de siempre, pasamos por sus jardines y llegamos, un lugar inolvidable, las obras en la memoria (ver anterior artículo).
Después de la visita pues a la búsqueda de un restaurante para comer; dirigimos nuestros pasos, pocos, todo está más que a mano, hacia la plaza mayor, Plaza de la Hispanidad, célebre por sus antiguas ferias, centro económico y financiero de la Europa de los siglos XV y XVI. La plaza se abre esplendorosa hacia la luz, con sus soportales bajo los cuales hay múltiples comercios y tiendas y bares y restaurantes, rectangular; algunas obras en marcha restaurando los edificios.
La preside un ayuntamiento singular, siglo XVII, hermosa fachada y balcones, dos torreones, escudo de la villa; la Iglesia de San Antolín (patrón de la ciudad) con su airosa y bella torre campanario, con reloj y figuras y “el balcón del populo” del que se oficiaba misas en los días del mercado, que se abre como una invitación y el palacio Real; la casa de los Arcos o del Cabildo; el Palacio Real, donde Isabel la católica murió y testo…
La comida sensacional, plato del día, no importa. Un pisto con huevo para eso chuparse los dedos; un bacalao con tomate pues para seguir chupándose los dedos y un tiramisú que… ¡Que delicia!...todo con la bebida diez euros, una delicia. Si vais no lo penséis, plato del día, bueno, barato y abundante.
Ya, con el cafecito tomado y descansados pues a mi sueño: el castillo de La Mota, el de la colecciones de sellos, el mil veces reproducido. Impresiona. En terreno despejado, abierto sus dimensiones y color destacan de forma precisa. Esa torre de casi cuarenta metros de altura, ese foso inmenso que da miedo al pasar la pasarela que lo cruza y que nos permitió pasar a su interior. La capilla de Santa María, deliciosa y bellas, con unos cuadros excepcionales y originalmente protegidos, el patio de armas lástima que no tenía mi espada allí para jugar o hacer que jugaba, el salón de “La carta de Juan de la Cosa”. Una maravilla para soñar con sus adarves, torreones, torres, etc.…
Ya con poco tiempo pues a callejear y fuimos encontrando palacetes y palacios: 

Palacio de los Dueñas (te dejan visitar el patio interior, renacentista, una delicia de patio y de bella escalera, el zaguán de entrada), el Palacio del Almirante, Palacio de Quintanilla, Casa del peso, Palacio de los Condes de Bornos, Palacio del Marqués de Falces y los mil y uno que habrá y que no encontramos…
Fuimos fotografiando esculturas y monumentos que aparecían a nuestro paso, de Isabel la católica, De san Juan de la cruz, el de semana santa, el homenaje a los ferroviarios, etc…
Y ya como guinda, lo que nos dio el día, visitamos la iglesia de San Miguel con la figura de su titular en una hornacina sobre la portada; dentro su impresionante retablo mayor barroco de Carrión, un retablo, el de los espejos, que fue de otra iglesias que resulta curioso y extraño, el órgano del siglo XVIII, la gran torre campanario.
Y, para terminar, ya no dimos para más, en una iglesia que tengo que investigar pues no recuerdo su nombre un impresionante altar mayor relicario, como pocas veces he podido ver algo así. Ya encontrare entre mis apuntes y por internet nombres y así.
Ya la tengo, en mis notas: La Iglesia de la Inmaculada Concepción, justo en la misma plaza del monumento a San Juan de la Cruz.
De vuelta a la estación, ya un poco cansados y con los pies doloridos pero con esa sensación de un día casi perfecto, con esa lasitud que te deja la contemplación del arte con mayúsculas cuando te supera, y esa energía antigua que te dan estos lugares casi mágicos, casi místicos, llenos de la historia y luz y sabiduría…