Gente de mi barrio: Ramón.
Gentes de mi barrio: Ramón.
Mi barrio tenia de todo, por tener, hasta teníamos a nuestro adorable Ramón, el tontillo del barrio, el hombre para todo incluso para sufrir en silencio, a veces no tanto, las burlas de los críos; hacia recados, surtía de carbón (aun no sé cómo era capaz de cargar aquellos capachos llenos hasta el borde), portaba cajas de pescado.
En su edad madura (¿Algún día esos tontos de barrio fueron niños?), calvo y con el pelo blanco. Grande, mas bien, desde mi escasa estatura, enorme y fuerte como un toro. Siempre sin afeitar (¿No sé cómo se puede conseguir eso, sobre todo en aquellos lejanos tiempos de mi niñez?). Unas manos sucias y grandes, llenas de callos y cortes.
Teníamos, además, cosas de la logísticas de los puertos pesqueros pero incongruente en el sitio en que estaba, una fábrica de hielo, abajo, cerca del cruce con la carretera a las playas. Doscientos metros cuesta arriba, una buena pendiente, sobre todo si vas cargado. Imaginaos al pobre Ramón, con su saco de arpillera sobre el hombro, para evitar el frio de las barras de hielo, y no una barra no dos, sino tres o cuatro al mismo tiempo. La fábrica era nuestra delicia en verano, nos dejaban coger las lascas que se rompían de los bloques, eran nuestros helados particulares. Ramón, siempre que podía nos daba también los pequeños trozos pero cuando llegaba arriba con ellas casi siempre era solo agua fría pero agua. Recordar que las pocas neveras que podían tener en aquellos años eran de hielo.
En invierno le cantábamos, acompañándole por el camino, sin mala leche, la canción:
""Que llueva
Que llueva
La Virgen de la piedra
Los pajaritos cantan
Las nubes se levantan
Que si…que no…
Que caiga un chaparrón
Por encima de Raaamooonnn…""
Le gustábamos, los niños le gustábamos, nos sonreía siempre con un cierto deje de tristeza y, al escuchar la sempiterna canción, movía su gran cabeza al ritmo de nuestras palabras. A sus padres, por el contrario, no le gustaban nada esas cosas, y nos gritaban que lo dejásemos en paz, que no nos metiésemos con él, que lo dejásemos tranquilo…hasta nos perseguían con unas largas varas por las calles.
Siempre que leía a Platero yo me emocionaba con el capítulo de “El niño tonto” y, espero, como en el libro: “Ahora que viene la primavera, pienso en el niño tonto, que desde la calle de San José se fue al cielo. Estará sentado en su sillita, al lado de las rosas, viendo con sus ojos, abiertos otra vez, el dorado pasar de los gloriosos”