Gente de mi barrio (XI): mi amigo Carlos.
Gente de mi barrio: Mi buen amigo Carlos.
Nunca conocí a un tipo tan listo como Carlos. Su capacidad de retener datos era inaudita, su comprensión de los problemas era alucinante. Nos sorprendía a todos en clase con su imitación de las lecciones de los profesores (escasos nueve años teníamos por aquel entonces) en los que recitaba casi de forma literal lo que habían dicho delante de la pizarra o era capaz de corregir, ¡qué miedo!, al profe en las clases de matemáticas para cachondeo generalizado de sus compañeros y compinches.
Todo le valía, todo lo acumulaba en sus brillantes células grises.
Por presumir, delante de todos nosotros, se aprendía una hoja de aquellas del famoso listín telefónico, ya aprendida en escasos minutos tanto le daba recitarla de derecho que del revés e, incluso, por números salteados o nombres a la casualidad. Se aprendió el Quijote de memoria solo por fardar delante de una nueva vecinita del barrio, lástima que no le valió para nada.
Tenía, por contra, un gran defecto, era vago, pero un vago de campeonato, un vago de esos que en un concurso de vagos ganaría el segundo premio…por vago; o no lo ganaría…por vago. Todo le daba pereza, escribir los ejercicios, dibujar, hacer el poco deporte que hacíamos (la famosa tabla de gimnasia sueca, estaba de moda), quedar para ir al campo, jugar a las canicas o con los muñecos de vaqueros e indios, la bicicleta para darnos un garbeo, todo era demasiado para él.
Pequeño de cuerpo, con una cara redonda y sus eternas gafas de concha que escondían un brillo en sus ojos muy peculiar, una luz que podía presagiar un poco de locura o el genio; el pelo, como todos nosotros, cosas del miedo a piojos y demás de nuestras madres, muy corto y negro como la noche, corte militar decían entonces…
Mientras nosotros teníamos que dedicarle tiempo a los deberes él se pasaba el tiempo tirado en las aceras de la calle y, encima, se acercaba a la ventanas de nuestras casas para vernos y se reía. Mientras nos tragábamos las lecciones, haciendo esquemas, copiando 100 veces las faltas del dictado, o repasando los tiempos de los verbos, él con las manos en los bolsillos se apoyaba disciplente en una de las columnas de las casas y cerraba sus ojos dejando pasar el tiempo sin hacer nada o sabe Dios en que estaría pensando…
Yo me pase al instituto, me costó ir superando aquellos años del famoso Bachillerato Elemental y su revalida de cuarto; mas fácil lo tuve, cosas de la vida, con el Superior, lo pase con pocos apuros y mucho deporte. Pase a estudiar una carrera técnica, allí mismo, la que quería pues mi sueño, mi gran sueño, el gran sueño de mi vida fue ser jefe de un taller mecánico pero no uno de coches o similar, no, un gran taller mecánico de producción y grandes y complicados montajes. Le perdí la pista durante todo ese largo tiempo, distintos caminos, distintas rutas, distintos intereses.
Un día me lo encontré por casualidad en la calle. Estaba muy cambiado, normalizado diría yo. Ya no tenía aquel brillo en los ojos, estaba, aun en la plenitud de su vida, un tanto encorvado o seria por la gran saca que cargaba en los hombros.
Nos miramos como quien recuerda tiempos pasados muy agradables, nos abrazamos, aun conservo esa mala costumbre del abrazo, nos palmeamos las espaldas como para ver que el otro es sólido, material, de corpore, no un fantasma que nos quiera jugar una mala jugarreta… luego hablamos, largo y tendido. Me conto como conforme se hacía mayor y las materias le costaban, como su falta de habito de estudiar le frustró y no fue capaz de seguir: “Saque estas oposiciones a cartero casi de casualidad y, ya lo ves, repartiendo cartas por las casas, haciendo, como ahora, una sustitución a un compañero enfermo, la gripe, ya sabes…estoy casado y con una cría preciosa”
Quedamos en seguir en contacto, lo dijimos con la boca pequeña, los dos, sabiendo que salvo otra casualidad de esas que se dan en la vida, no volverían a cruzarse nuestros caminos. Lo dicho un genio repartiendo cartas.