Gente de mi barrio (VIII): La “Señá Benita”.
La “Señá Benita”.
Todos queríamos a la Señá Benita. Era difícil resistirse a aquella calida sonrisa de todos los fines de semana en el feiron de Pontedeume. Ya era muy vieja cuando la conocí vendiendo sus olorosos y blancos quesos en la calle que bajaba del ayuntamiento al puente de entrada al pueblo; siempre amable, atendiendo a los antiguos clientes de ya muchos años o a los hijos o nietos de los mismos. Siempre con un saludo en su gallego tan particular, cerrado, y su sonrisa con unos dientes mellados y en la que se veían tres postizos de oro. Tendría ya unos ochenta años ¡que digo yo! Noventa o cien ¡vaya usted a saber!
Cuando le preguntabas su edad te sonreía picaramente y decía la primera cifra que le venia a la cabeza; sabias que era mentira pues, la semana pasada te había dicho otra diferente y la anterior lo mismo así que era un misterio.
Siempre de negro riguroso, con su cabello canoso recogido en un moño de siempre y envuelto en el pañuelo, negro como siempre.
Su cara era un mapa de arrugas delicadas, en una tez blanca, sin manchas, casi transparente. Sus ojos pequeños, un poco hundidos, brillaban como dos carbones encendidos.
Pequeña y muy menuda, pero vivaracha y lucida cuando era la hora de regatear el precio de sus quesos, a la hora de cobrar y mas a la hora de dar las vueltas. Eso si, siempre tenia un queso blanco, como sus manos, empezado para dar el trozo exacto para la prueba o para el niño que la miraba con sus ojos golosos.
Quesos, rodeada siempre de quesos blancos, y panes artesanales como jamás los había comido, jugoso, tiernos, con un corazón de miga blanca que te hacia comer y comer, que jamás se ponían duros.
La pena era que solo estaba en el feiron del domingo, un día a la semana. El resto de su vida era un misterio insondable como la calidad de su producto.
Pero llego el euro y vino el caos, las dudas, el desconcierto y, un buen domingo, la Seña Benita ya no estaba en su sitio, el de siempre.
La sensación era que nos habíamos equivocado nosotros, que nos habíamos confundido de calle o de pueblo o de ciudad o de país o, incluso, de planeta. Subimos y bajamos la calle varias veces hasta convencernos de que no estaba, que su hueco estaba ocupado, ahora, por una aldeanota robusta, madura, ya no de negro, ya no con la sonrisa calida de la vieja que esta a pasar de todo, ya no con la calidad de los quesos a los que la Señá Benita impregnaba con su dulzura.
Nadie explico nada, nadie supo nada pero, en mi interior fue como si el “euro” la hubiese matado, como si con la perdida de la peseta se hubiese perdido un universo…