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desde poemas hasta critica social.
Gente de mi barrio (VI): El viejo maestro.

 Gente de mi barrio (VI). El viejo maestro.

Se llamaba Don Jaime, atención al Don que se lo merecía como pocos.

Mal pagado y siempre a destiempo, hacia las veces, también, de director del centro.

Ya mayor donde yo lo recuerdo. Más tarde, muchos años después, ya jubilado le hicieron un merecido homenaje. Me acerque a su casa pues estaba fuera estudiando y llegue tarde. Me reconoció y lo abrace, marcó mi vida y mis comienzos.

Siempre bien vestido, con pobreza pero limpio. En traje y chaleco de punto, la escuela no tenía calefacción en invierno y era de piedra granítica del país, con coderas en la chaqueta de tanto uso. Tenía un ayudante que lo llamábamos “Santa Barbará bendita”, una vara de madera dura como el acero de un centímetro y medio por uno y una longitud de algo más de un metro; el terror de todos, solo verla sobre su mesa daba miedo.

Su figura pequeña, su palabra recta, su actitud comprensiva y humilde, su capacidad de enseñar…siempre lo evoco así en la pizarra escribiendo y nosotros, detrás, expectantes…

Sus manos siempre amarillas, manchadas de nicotina, era un fumador compulsivo, de aquellos asquerosos “Celtas” sin filtro o, cuando podía, de los buenos del contrabando de Portugal o el regalo de algún padre de alumno.

No estaba exento de pedagogía para ser en aquellos tiempos, hablo de los sesenta, nos hacia competiciones con las conjugaciones de los verbos, pruebas de velocidad con las tablas de multiplicar. A los nueve años sabíamos algo de latín y reglas de tres compuestas y reglas de mezcla de líquidos y ecuaciones elementales. Salíamos con un conocimiento de la España geográfica y social y sus posesiones y de esa Europa que nos parecía tan lejana, remota, inalcanzable. Soñábamos con Don Rodrigo, viajábamos con Cristóbal Colon, peleamos con los romanos…Incluso se atrevía con comentarios de periódicos y las noticias del día, toda una peligrosa proeza.

Aprendimos que “lo primero que hay que echar es la hache, lo primero que hay que hacer es ponerla”, que la mentira solo genera mentiras, que el que aprende a pelear termina peleando y haciendo daño, que el respeto a los mayores no era una tontería, que el saludar con una sonrisa es de bien nacidos.

Su lucha era por mejorar todo. Consiguió que en los recreos nos sirviesen una taza de leche caliente en polvo, era lo que había, y normalmente caía un bocadillo de chocolate (¡Que rico sentaba a media mañana!  En el recreo). Logro que antes de los diez años leyéramos a Cervantes, a Lope, etc.….siempre peleando por conseguir un nuevo libro para la biblioteca del centro escolar.

Educación y formación. Nada le era ajeno. Aceptaba la pobreza de nuestras ropas pero nunca la dejadez o la suciedad; un zurcido sí; ronchas de manchas, no. Teníamos que ir limpios a clase, hasta había inspección.  Nos consiguio la revisión, muy somera, del medico todos los años, toda una proeza para la epoca.

Nos pegaba a veces siempre pon alguna causa y  nunca de forma brutal, para eso estaban otras clases y otros profesores. El no, educado, siempre con un deje de tristeza y una mirada de compasión. De verbo fácil y una mente ágil y rápida.

Aprendimos un montón con él, aun sus alumnos lo recordamos con cariño. Somos, en una parte, como el nos formo.

Eran los sesenta...

(La foto primera es el monumento al Maestro en Madrid. La segunda es el monumento al maestro creo que en Mostoles. La tercera es la de Palencia, quizas el mas conocido. La cuarta y ultima es de sudamerica).

Publicado el: sábado, 04 de septiembre de 2010 9:05 por adolvafer
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