Gente de mi barrio (V): Las pescantinas.


Gente de mi barrio (V): Las pescantinas.
(Foto del monumento a las pescantinas en Vigo)
Abajo, en la propia Bouzas, estaba el mercado y, en el, los mejores pescados frescos y recién salidos de la lonja. Curiosamente los puestos eran ocupados inevitablemente por mujeres: las pescantinas.
Oficio antiguo, muy antiguo, ya en época medieval eran las encargadas de la venta del pescado que traían sus maridos e hijos.
Pescantina: persona que comercia en pescado, que vende pescado. También se puede decir pescadera pero suena peor.
A primera hora de la mañana acudían a la lonja a la subasta del pescado. La subasta se hacía (hace) en sentido inverso y por lotes. Así empezaba una caja de jureles por cuarenta pesetas, treinta, veinte…hasta que alguna de estas mujeres levantaba la mano y decía bien alto !Mía! El lote era suyo y el pago en efectivo y al momento. Pocos controles, mucha experiencia; hijas y mujeres de pescadores, hijas de otras pescantinas con las que empezaban a trabajar a poca edad.
Cuando no había pescado fresco, las nuestras de siempre vendían el de salazón; lo importante era no parar, aprovechar el tiempo y las pesetiñas diarias. Poco dinero, oficio de poco.
(Foto: monumento a las pescantinas en Foz)
Más tarde, cuando ya cerraban, cogían lo que les quedaban en su amplias cestas planas, aun las conozco con el nombre de “patelas”, se las ponían en la cabeza e iban recorriendo las calles ofreciendo el producto a unos precios realmente bajos; había que acabar con el producto que no se conservaba demasiado bien y la gente de la zona sabia reconocer el pescado del día y el que no estaban tan al día. O lo vendían o se lo comían o terminaban por tirarlo y eso era pecado.
Con ellas estaban las pescantinas ocasionales que solo vendían cuando les traía pescado (que no pasaba por la lonja) alguien de la familia y ellas se encargaban de la labor de la venta; y las de siempre, las ambulantes, las sin puesto de mercado que cogían el pescado recién descargado y hacían todo el recorrido a pie diariamente vendiéndolo como dice la canción:
Mis sardinitas
que ricas son
son de Santurce
las traigo yo
Mis sardinitas
que ricas son
son de Santurce
las traigo yo…
La del primero me llama
La del segundo también
La del tercero me dice:
¿A como las vende usted?
Si yo le digo que a cuatro
Ella me dice que a tres,
Cojo la cesta y me marcho
¡Quién compra!
Sardinas frescué….
Mis sardinitas
Que ricas son
Son de Santurce
Las traigo yo.
Y así era en realidad, el regateo no podía faltar era como algo consustancial con la propia venta o compra; todo un duelo de inteligencia, divertido y un poco cruel. Mi madre salía a la puerta y a negociar; a veces ganaba y otras pues sin pescado ese día, no importaba. Había gestos que aun tengo en mi cabeza como el amago de coger la patela e irse a otra casa o, mi madre, la de decir adiós y meterse en casa; amagos, fintas, las manos volaban por el aire con gestos naturales impensados, las palabras unas veces duras otras suaves.
La primera norma para tratar con ellas era no aceptar nunca el primer precio, nunca, bajo ningún motivo; a ese precio pues se ofrecía algo más de la mitad, también dependería de la hora. La segunda era hablar como ellas en grito pelado, a tacos si se preciaba. La tercera, una vez acordado, era vigilar lo que te metía pues si podían te colaban el pescado machacado o ya un poco pasado, el peor claro.
Pescado fresco, el del día; los frigoríficos un sueño, todo lo mas algo de hielo de la fabrica cercana y a conservar un poco más, poco mas, no es como ahora.