prometeo

desde poemas hasta critica social.
Gente de mi barrio (III): No es el cuento de la lechera.

 La lechera.

Me vino, de pronto, mientras esperaba a mi mujer fuera de la panadería (tahona es mas musical) el nombre de nuestra lechera “Paulina”,  alla por los sesenta y principios de los setenta.

Hace ya muchos años, en el barrio. La leche no se compraba en esos tetrabrick tan modernos de ahora, con esa leche tan sana y tan cuidada desde el punto de vista sanitario, como insípida y sin cuerpo. No, en nuestros barrios la leche comprábamos a unas señoras de las aldeas próximas que nos la traían en una “lechera”,  con leche de sus propias vacas, leche recién ordeñaba. Además de la leche vendía huevos y, si se lo pedias, harinas naturales, propias de la zona como la de maíz  con la que se hacían una delicia de pasteles y, sobre todo, en esas noche frías y gélidas, unas papas que eran puro vicio con ese poco de miel de la alcarria, harina de centeno para un pan artesanal duro y sabroso.

Las “lecheras” eran portadas sobre sus cabezas entre las que interponían un gran pañuelo al que daban forma de rosquilla para que se adaptase a la redondez de la cabeza y la planitud de la base del recipiente. Creo que debían ser de latón, hojalata o algo así; más tarde pasaron a ser de aluminio y terminaron con las de inoxidable y la prohibición de la venta directa, una pena. Así con ella en la cabeza y una mano asegurando el que no cayeran recorrían decenas de kilómetros todos lo días.

La leche, recién ordeñada, (en algunos sitios la llamaban leche bronca, sin esterilizar) era una delicia de sabor y de consistencia pero peligrosa por las bacterias que podía contener y el riesgo de enfermedad era grande, además de la falta de higiene de la gente y de las vacas y de esos años. Nunca la vi usar guantes, por ejemplo, y maldita la falta que hacían o el lavarse las manos…Mi madre no nos dejaba tomarla así, había que hervirla tres veces; tan pronto empezaba a hervir la quitaba y poco más tarde de nuevo, decía que si se hervía demasiado perdía los nutrientes y el sabor; la tercera vez la dejaba algo más de tiempo. En el proceso le iba quitando la nata que flotaba, me encantaba…el riesgo era que se derramaba a la primera, al mínimo descuido la leche por la cocina, por el suelo y un cierto olor a quemado…

Una delicia ya perdida, esta por ley prohibida pero recuerdo aun esos bigotazos de mis hermanas después de beber un buen tazón en la mañana o por la noche antes de acostarnos. Bigotes blancos que había que lavar con agua.

Ya digo pues Paulina venia todas las semanas, con su ropa de oscuro, delantal negro incluido, sus callos en manos, su “fala” profunda y con una economía de palabras exasperante. Solo en gallego, poco mas; eso sí, una educación casi exquisita, la palabra siempre amable y un deje de tristeza en los ojos. Hacia sus buenos seis kilómetros a pie bien cargada, se iba al menos de vacío y las pesetas en el gran bolsillo delantero de su delantal siempre un poco más claro que la ropa que llevaba. En invierno los “zuecos” de madera, aun no sé como aguantaban esa tortura necesaria. La recuerdo como siempre avejentada, incluso la última vez que la vi con mi madre, halla en su aldea, seguía siendo la misma de siempre, siempre fuerte, siempre vieja y arrugada, siempre con esa sonrisa de tristeza.

Recuerdo que un verano me trajo unos higos en un pañuelo, eran grandes, gordos, casi pura miel. Como a nadie en casa le gustaban fueron todos para mí, una panchada, a reventar. Aun tengo ese sabor en mi boca, esa explosión de sabor y dulzor…

¿Los huevos? ¡Ah! Qué maravilla, morenos, sucios, grandes, toda un banquete comerse una frito o, como mi padre que se atrevía a comerlos crudos, sin problemas, cosas de la tierra y  de la costumbre.

Paulina vendía siempre a su clientes fijos, si le quedaba algo pues al que quisiera pero nunca fallaba a los habituales. Precio fijo, fiaba si hacía falta. Nunca la oí quejarse de alguien o de algo. . Aun más tarde, ya con la prohibición de la venta directa, venia por casa a charlar con mi madre y siempre un poco de leche, unos huevos, un poco de harina, unas manzanas sabrosas y picadas.

Publicado el: sábado, 21 de agosto de 2010 8:32 por adolvafer
Archivado en:

Comentarios

Raquel ha opinado:

Eso si era leche, ¿no? Yo no tuve la suerte de ver a las lecheras pero mi padre y mi abuela hablaban mucho de ellas, de el agua que a veces le echaban para hacerla más aguada, aunque no sé si esto es verdad o no. Aunque no lo haya vivido al leerte es como si pudiera oler y saborear esos alimentos naturales, sanos de verdad, aunque las condiciones higiénicas no fueran las mejores. Parece que antes, a pesar de la precariedad, la gente comía más sano, eran más fuertes, quien sabe si por estos productos que iban directamente del campo a la mesa. Yo creo que sí, ahora nos inflan a conservantes, colorantes, áromas artificiales y otras cosas que no sabemos ni qué son.

Un abrazo, Prometeo.

# agosto 21, 2010 14:41

wode ha opinado:

que bonita entrada...qué mérito aquellas mujeres y no las ministras que tenemos.

Mi abuela riojana aunque vivia aquí en Madrid, como desaparecieron muchas vaquerías de pronto, se iba a una que quedaba en el Puente de vallecas, hasta allí! creo que era la única,  porque la leche moderna (que venía en bolsas de plástico y había que hervir) no la ofrecía ninguna credibilidad.

# agosto 21, 2010 17:37
¿Qué opinas?

(requerido) 

(requerido) 

(opcional)

(requerido) 

(requerido) 
 

Notificación de comentarios

Si quieres recibir un email cuando se actualice este artículo, por favor, regístrate aquí

Suscribir a los comentarios de este artículo RSS