Abandonas...
Abandonas. (Pequeño relato)
Hay veces que, dolorosamente, tenemos que plantearnos el abandonar a la persona querida, (de forma consciente tras ver, en un análisis profundo, que nos vamos haciendo daño, y que hacemos daño a los demás ante el tormento físico y psíquico que sufrimos. Lo peor es que hacemos daño a los que queremos, a la gente que nos rodea y nos quieren) pero es la única solución que nos queda para liberarnos o modificar el estado de las cosas.
Pero, primero, antes, vemos que las cosas no van bien, todo a cambiado y hacia el lado malo. Sentimos un cierto vacío donde antes solo había plenitud. No hay nada externo que nos lo marque. Tú aceptas que nada ha cambiado pero…todo es diferente, es como otro mundo de una dimensión alternativa, un capitulo de terror de tu serie favorita que te está pasando a ti, el actor principal. El salón se pone más frío cuando ella entra, la cama es mas grande cuando intentas acercarte para una simple caricia, el dolor de cabeza (¡que gran anticonceptivo!) es casi permanente; la comida sabe distinta, como a la del restaurante chino de la esquina, acompañada de silencios ominosos y miradas bajas…Son pequeñas cosas como el que se olvide que tenias que ir al medico, el no tener tiempo para tomar un café a media mañana cuando la llamas; el empezar, ella, a tomar decisiones que te afectan mucho pero ves que ya no cuenta contigo. De ahí, un paso más, se pasa a la esclavitud forzada. Tus obligaciones son a obedecer siempre, mientras estas crecen y crecen sin cuento y sin parar. Te esclavizan cada vez más con pequeñas cosas y grandes pérdidas de tiempo. La lista en forma de notas en la nevera se hace interminable. Y la cama es cada vez más grande y más vacía y mucho más fría, casi un territorio hostil e inhóspito. Y las broncas por las cosas que haces o las que no haces se hacen más frecuentes. Algunas veces, llegan los insultos; al principio en la oscuridad del habitación compartida, con susurros; más tarde, ante los críos, con las caras desencajadas y el odio brillando en los ojos.
Lloras en el cuarto de baño con el agua corriendo para que no te oigan los críos; el padre debe ser una referencia, los hombres no lloran ante nadie. Solo queda soñar con bellos pájaros en formación de uve volando hacia las charcas sureñas de siempre y el sol pleno dando calor.
Te queda, ultima vana ilusión el rezar como cuando eras niño. Solo pides que todo vuelva a ser como al principio. Tampoco funciona.
Entonces decides romper, liberarte, pero, para eso, tiene que abandonar la vida que llevabas y con ese tipo de vida la rutina de tantos años, la seguridad, la maldita comodidad ese aburguesamiento que tanto odiabas de joven. Es difícil pero sabes que debes hacerlo. Cuesta mucho la decisión, pero un día cualquiera se toma y hay que ponerla en práctica. Es muy difícil, doloroso. Son cadenas del tiempo y el cariño, que son difíciles de romper pero…que al final, se rompen con un crujido cruel y lastimero, como ese hielo picado para terminar en la coctelera.
Abandonas, en una mañana fría y desangelada, la casa, el hogar. Dejas atrás tus hijos, tu televisión, tus libros ordenados y clasificados, tus películas clásicas, tu sillón favorito que ya tiene tu forma y tu olor, tu lugar en la mesa…pero, al fin, por primera vez en muchos años… ¡Estas libres! ¡Te sientes libre!... Dejas atrás los horarios a cumplir, los recados a realizar, el trabajo con fecha, la cartera con los documentos, el móvil siempre encendido, obligaciones, siempre obligaciones, miles de obligaciones, el afeitado bien apurado, los dientes brillantes, el cuello de las camisas perfectos, los puños saliendo un centímetro de la chaqueta, la corbata horrorosa…. Y lloras por dentro entre los cuatro cartones que has recogido del contenedor de basuras, bien abrigado bajo la manta que te dio una vieja señora del barrio, con papeles de periódico revistiendo el interior del abrigo ya roído y medio roto, con la medio borrachera del brick de vino de un euro que has conseguido a base de limosnas a la puerta de la iglesia de una parroquia cualquiera….
Algunas veces, cada vez menos, te acercas a tu antigua casa. Ves a tus hijos salir bien abrigados rumbo a la escuela escondido tras el árbol de la calle. Ves a tu vieja mujer salir al trabajo, siempre muy bien arreglada, muy puestecilla ella. Para ellos, sientes con un dolor sordo en el corazón triste, que nada ha cambiado que quizás solo se han quitado un peso de encima: ¡tú!