Antes de sentarme al ordenador...
Antes de sentarme al ordenador, ya desayunado el proverbial café con leche bien calentito y un croissant a la plancha con su mantequilla y mermelada (debo comprar mas, estamos en las ultimas), he abierto la gran ventana del salón. Un “frio do carajo” me hizo estremecer bajo mi bata y mis calcetines. Fuera, la nieve cubre de un blanco inmaculado la calle, las aceras perversas, los tejados inclinados, los coches parados, las farolas que se van apagando conforme la luz nos envuelve, los balcones de las casas e, incluso, los pequeños y atróficos arboles que sobreviven a duras penas, metidos con calzador entre toneladas de cemento y asfalto y cristales. Hoy las calles no son negras como nuestra economía. Hoy las calles se han disfrazado de navidad, de belén.
La gente pasa andando con miedo, vacilando entre paso y paso como marionetas que están aprendiendo a moverse libremente. Solo miran para el suelo como avergonzados de algo o huyendo de una maldición. A veces, algunos pegan un resbalón y casi se caen en un gesto entre el de una sorpresa muy desagradable y una terrible maldición entre los dientes en estos caso los puños se aprietan y se mira a lo alto como pidiendo responsabilidades. Como aquí, en estos casos, nadie dimite.
Lo peor son las madres que llevan a los críos al colegio de aquí cerca, me da pena el verlas y sus problemas. Los llevan bien cogidos, con fuerza, de las manos y, claro, tienen dos problemas; el primero aguantarse ellas (tacones incluidos para ver la vida desde lo más alto que es poco) y lo segundo tirar del crio que su primera idea es ponerse a jugar con la nieve que esta por todos lados, su carita medio escondida va diciendo lo que piensa de la maldita escuela a donde va y las batallas de bolas de nieve que haría si le dejaran aunque solo fuera un momento. La tentación es grande y las manos y el cuerpo tiran al lado contrario de su madre y de la dirección del colegio. Bien abrigados avanzan lentamente buscando los sitios donde la nieve, ya pisada, está casi desaparecida acercándose lo más posible a los muros de las casas, resguardándose debajo de balconadas y salientes. Llevan abrigos, bufandas envolventes, gorros que olerán a naftalinas, guantes con dedos trabucados, todo lo habido y por haber. Pertrechados como para ir al Polo Norte en busca de Papa Noel y su mágica fábrica de juguetes para todos.
Pero no, para todos no, los niños pobres pedirán ropa o alimentos, o unos cuadernos nuevos. Los niños pobres no pueden permitirse el lujo de pedir juguetes, eso es un mal sueño, todo lo mas una ilusión no consentida de algo mágico para la hermana chica y enferma. Los niños pobres pedirán un poco de leña para calentar la casa en el hogar o un poquito de cariño adicional con el que soñar cuando el estomago les haga glub-glub-glub, solo un poquito porque las malas costumbres son, eso, malos hábitos y a lo bueno todos nos acostumbramos rápidamente….
Los arboles son una mezcla, bella combinación, de los marrones de sus troncos y ramas, del verde y rojo apagado de las pocas hojas que aun conservan y el blanco impoluto de la nieve posada sobre ellos. De vez en cuando se estremecen con el frio atroz y una avalancha de grandes copos bailando cae sobre el primer viandante incauto que pasa debajo de ellos. No hay algarabía, algún que otro improperio, algún que otro insulto. Parece como que alguien, alla arriba, se rie.
La nieve del centro de la calles se va volviendo negra con el paso de los coches. Va desapareciendo para dejar paso al color propio de esta ciudad artificial que, por unos momentos fue mágica, fue otra cosa, otra ausencia. El humo de las calefacciones se levanta coma una antorcha olímpica, el triunfo de la “civilización” sobre el mal tiempo. Pequeños regatos van corriendo rumbo a los sumideros que llevaran el agua a otros designios muy humanos, lejos de nosotros. La vida se normalizando con la huida de la nieve…
Sigo al ordenador, la lluvia va limpiando restos y se asoman los barrenderos recogiendo los restos….