Un vagón de metro es un como un planeta único e irrepetible. III.
Un vagón de metro es un como un planeta único e irrepetible. III.
¿Quién distingue, entre esa masa apiñada de humanidad, a un socialista de un fascista? ¡Sí!, quedan los signos externos que allá, esperando las puertas que se abran, nada significan. Solo el destino.
¿Quién distingue, entre ese grupo entretejido de ropas y cuerpos y colonias y desodorantes, al asesino del ladrón o de una persona de buen corazón?
¿Quién, entre todos, es superior a quien?
Igualadas en los caminos como de un Averno, rumbo a Estigia dirigidos por un Caronte de gorra y sueldo a final de mes, pasamos al otro lado de la ciudad, hacia nuestro destino. ¡Pobre del que no lleve la moneda (o tique) que da paso al subterráneo! Se le cerraran las puertas, se le incomunicara y quedara expuesto a los peligros del olvido en las aceras largas y peligrosas y, peor todavía, al cáncer de piel del sol todopoderoso.
Al poco, “Alvarado”, entran dos fortachones de seguridad acompañados por un perro, un pastor alemán, de pelaje castaño, limpio y brillante que mira y olisquea curiosamente como si estuviese de paseo. La gente se hace a un lado de modo inconsciente. Los dos agentes de seguridad conversan en monosílabos mientras el tren nos lleva a la siguiente parada al tiempo que sus miradas nos registran como un pequeño Dios a los corazones.
En la pared un folleto con colores alegres llama mi atención: es un poema de Lorca, el de los lagartos que lloran al sol, una incongruencia en este lugar, una sorpresa que se agradece como los periódicos gratuitos que se leen y se dejan para el siguiente. En frente está un mapa de la red subterránea, un laberinto de líneas y colores, un cuadro mironiano del infierno de los siete círculos.
Porque... ¿Qué distingue a un Dios de un simple mortal allá abajo?