Vino con un "impulso".
Paseando por el viejo barrio, recuerdo de otros tiempos, me adentre, de nuevo, en aquel lugar que me traía tantos recuerdos. Callejuelas que me llevaron del mercado de FUENCARRAL a la calle de Valverde y, allí, en la misma esquina con la calle de La Puebla, viendo a unas señoras más cerca de la cuarta edad que de la tercera, entrando en un portal, siguiendo una corazonada o una cabezonada que, al final, es todo lo mismo, me desvié en mi deambular y las seguí dentro sin pensar que hacía o donde me metía.
Mi mente se retrotraía a años antes cuando mis “impulsos” me metían en más de un problemilla o en más de un bello descubrimiento, valioso por lo inesperado, por la sorpresa, por la autenticidad de la búsqueda y su recompensa.
Soy de natural pesado y un poco lento, improviso poco, necesito datos y más datos; pero, a veces, salía una decisión por lo más normal extra temporánea, de inmediatez y allí me iba sin saber a dónde me conduciría aquellas aventura o los líos en que me podría meter. Le llamaba “impulso”, un brote de inspiración poco inteligente, una decisión sobre la marcha y poco reflexiva.
Entré por el hueco dejado por la puerta de madera tallada. De pronto, todo el ruido y la luz dieron paso a una falsa penumbra y al silencio mas pacifico y tranquilo que se podría encontrar, algo así como un pequeño oasis de paz y tranquilidad en medio de una batalla.
Me senté en un viejo banco de madera tras traspasar la cortina pesada y roja.
Las señoras estaban sentadas unos dos sitios delante de mí, rezaban.
Dentro de una superficie elipsoidal totalmente cubierto de pinturas al fresco. Fijándome bien deberían ser las pinturas de San Antonio de Padua. Y recordé otros tiempos de universidades y huidas de las aulas, de descansos furtivos y de, incluso, carreras con los famosos “grises” de aquellos otrora tiempos. Castellana, Bravo Murilloa arriba… Y recordé como, escapando de uno de esas avatares, entré, siguiendo a una joven a este mismo sitio; como me ganó la calma y la felicidad, visualizando la estructura única, las pinturas casi inigualables, esa cúpula festiva llena de luz con “La apoteosis celestial de San Antonio de Carreño y Ricci”, esas paredes curvas con escenas de la vida del santo realizados por el increíble Lucas Jordán, ese San Antonio con el Niño Jesús del altar mayor de Manuel Pereira (el mismo autor de la imagen de la portada, en el exterior)…volví más veces, huidizo, esquivo con amigos y estudios y exámenes, analizando partes de la pinturas, dejándome llevar por esos trazos y esos milagros descubriendo, en suma, todo el arte que llevaba esa iglesia de San Antonio de los Alemanes.
Una”rareza” en este Madrid, algo único, algo muy bello y como fuera de esta realidad palpable fruto de un tiempo y de unos pintores como Lucas Jordán, Francisco Carreño, y Francisco Ricci. Poco a poco, fui descubriendo esos tesoros, fui enterándome de lo veía y donde estaba; no creáis, tarde un par de meses en conocer el nombre de la iglesia. Me veían allí a menudo pero como algo ajeno a todo, un joven con problemas o algo así; tarde aun mas en conocer a los autores de esa maravilla y, más aun, en conocer un poco de la historia de este monumento.
Casi treinta años después, allí estaba yo de nuevo. Volví a ser el mismo joven que se extasiaba, que se perdía en el tiempo contemplando aquel tesoro reencontrado. Un impulso, de nuevo joven, de nuevo en paz.
Salir del recinto es recibir un bofetón de suciedad, realismo cutre, de dolores en la vida, de zancadillas, de miedos, de ruidos ensordecedores y gritos y llanto y dolor y prisas y violencia… mientras que dentro, ya os lo digo, es Magia, es Arte, es Paz.
Habrá que volver y no esperar tanto tiempo…