El metro es un como un planeta único e irrepetible, cumplio 90 años.( II).
El metro es un como un planeta único e irrepetible, II.
¿Alianza de civilizaciones?: El metro de Madrid.
Allí abrazados a la misma barra desde un gallego de Vallecas junto a dos chicas estudiantes americanas y un senegalés. Enfrente, sentadas, con sus pañoletas cubriendo la cabeza dos mujeres, ya maduras, hablan como escopetas en su árabe indescifrable gesticulando mucho. Sentadas con ellas una especie de funcionaria con su único libro y una señora mayor y muy delgada, colombiana, quizás.
Sobreviven en ese subsuelo madrileño todas las razas y no en mesas de conversación, en razonamientos de alta política o filosofía. No. Es una realidad con vivencial obligada por el espacio, por un transporte común que no sabe de diferentes credos o dioses o culturas. Todos en un camino que viene de dónde venimos y acabando a donde vamos.
Árabes creyentes o no creyentes, (marroquíes, argelinos, tunecinos, etc...), subsaharianos de Senegal, Kenia, Guinea, etc...Americanos de Colombia, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina...Europeos de cualquier parte...españoles de todos los sitios, de la Galicia morriñosa, de la Extremadura histórica, de la rica rioja, de la pujante Cataluña, de la severidad manchega, de la alegría sin límites andaluza...Rotas las barreras de la posible distancia personal nos codeamos con otra gente desconocida, sin problemas. Rota la distancia educacional, la chica keniata nos clava un codo, mientras nosotros, en la curva brusca, nos vamos hacia el sobaco del ruso y una chica dominica se agarra, para no caer, de nuestro brazo. Saludamos al portero de todos los días, sabemos que es de Santo Domingo.
Nos sonríe la chica cubana que va escuchando música en su móvil y le devolvemos el saludo. El pope oriental con sus folletos en la mano mira y pasa en torno de todos nosotros como buscando algo que no encuentra.
Dos negros, negrísimos, ayudan a levantarse del asiento a una vieja monjita que quiere salir en la estación y casi no puede la pobre. Un bereber se queda dormido en su asiento de la esquina, quizás vuelve, es aun temprano, de su nocturno trabajo.
Apretujados como latas de sardinas pensamos que los “gatos” son los más ausentes pero ¿Qué más da?, aquí, en estas galerías mineras, estas venas de sangre y savia de la ciudad, estas arterias de comunicación intima y febril todos, todos, somos madrileños.
Afuera, se gastaran miles de millones en búsqueda de paz y concordia, de respetos extraños, de acuerdos más extraños aun pero, la solución, la práctica que arregla casi todo está ahí, en unos vagones de transporte, unidos en un camino, separados, al final, por unas estaciones que dan paso a otras gentes, otras personas, otros caminos.
Y el norte se une al Sur y al este y al oeste como las músicas, paradigma del misterio, que algunos con sus guitarras y saxos y acordeones, nos ofrecen en busca de una ayuda para seguir viviendo.
Y no es solo es unión en un destino, una dirección común, es una unión de modas que van desde el gótico mas obsceno con lentillas blancas, a heavy más brutal con su adornos metálicos y sus peinados locos, pasando por toda la gama de hip-hop, ñetas, reggae, etc...conviven, más bien que mejor, en el mismo pasillo con la vieja enamorada de los boleros de Francisco y el trajeteado oficinista que escucha a Carey y el joven soldadito español, ecuatoriano, por supuesto, que escucha canciones de su tierra.
Crisol de razas, amalgama de estilos...una única dirección voluntaria de por y para todos.