prometeo

desde poemas hasta critica social.
LA MADRE. MI MADRE, TU MADRE, LA DE TODOS....

(Uno de mis poetas preferidos, uno mas que se ha muerto, es Damaso Alonso; el mas perfecto poeta, el mas clasico y rompedor. En su libro de poemas "Hijos de la ira" (Espasa Calpe 1946-tengo el libro en mi libreria como si fuera de oro) tiene casi el mejor poema dedicado a su madre, intimo y estremecedor, perfecto de forma y sentimientos y figuras. Siempre que lo leo me acuerdo de mi madre y unas lagrimas asoman a mis ojos. Como un pequeño homenaje a todas las madres del mundo os dejo con un poema commovedor y muy bello. Sobrecoge las imagenes que el poeta logró transmitir, esa emocion contenida al pensar en nuestra propia madre. Espero que os guste tanto como a mi. Aun hoy, mientras lo paso al blog me conmueve...)

LA MADRE.

No me digas
que estás llena de arrugas, que estás llena de sueño,
que se te han caído los dientes,
que ya no puedes con tus pobres remos hinchados,
              deformados por el veneno del reuma.

No importa, madre, no importa.
Tú eres siempre joven,
eres una niña,
tienes once años.
Oh, sí, tú eres para mí eso: una candorosa niña.

Y verás que es verdad si te sumerges en esas lentas aguas,
              en esas aguas poderosas,
que te han traído a esta ribera desolada.
Sumérgete, nada a contracorriente, cierra los ojos,
y cuando llegues, espera allí a tu hijo.
Porque yo también voy a sumergirme en mi niñez antigua,
pero las aguas que tengo que remontar hasta casi la fuente,
son mucho más poderosas, son aguas turbias, como teñidas
de sangre.
Óyelas, desde tu sueño, cómo rugen,
como quieren llevarse al pobre nadador.
¡Pobre del nadador que somorguja y bucea en ese mar
         salobre de la memoria!

... Ya ves: ya hemos llegado.
¿No es una maravilla que los dos hayamos arribado a
         esta prodigiosa ribera de nuestra infancia?
Sí, así es como a veces fondean un mismo día en el
          puerto de Singapoor dos naves,
y la una viene de Nueva Zelanda, la otra de Brest.
Así hemos llegado los dos, ahora, juntos.
Y ésta es la única realidad, la única maravillosa realidad:
que tú eres una niña y que yo soy un niño.

¿Lo ves, madre?
No se te olvide nunca que todo lo demás es mentira,
        que esto solo es verdad, la única verdad.
Verdad, tu trenza muy apretada, como la de esas niñas
         acabaditas de peinar ahora,
tu trenza, en la que se marcan tan bien los brillantes
         lóbulos del trenzado,
tu trenza, en cuyo extremo pende, inverosímil, un pequeño
          lacito rojo;
verdad, tus medias azules, anilladas de blanco, y las puntillas
         de los pantalones que te asoman por debajo de la falda;
verdad, tu carita alegre, un poco enrojecida, y la tristeza
          de tus ojos.
(Ah, ¿por qué está siempre la tristeza en el fondo de
          la alegría?)
¿Y adónde vas ahora? ¿Vas camino del colegio?

Ah, niña mía, madre,
yo, niño también, un poco mayor, iré a tu lado,
         te serviré de guía,
te defenderé galantemente de todas las brutalidades de
         mis compañeros,
te buscaré flores,
me subiré a las tapias para cogerte las moras más negras,
        las más llenas de jugo,
te buscaré grillos reales, de esos cuyo cricrí es como un
        choque de campanitas de plata.
¡Qué felices los dos, a orillas del río, ahora que va a
       ser el verano!

A nuestro paso van saltando las ranas verdes,
van saltando, van saltando al agua las ranas verdes:
es como un hilo continuo de ranas verdes,
que fuera repulgando la orilla, hilvanando la orilla con
       el río.
¡Oh qué felices los dos juntos, solos en esta mañana!
Ves: todavía hay rocío de la noche; llevamos los zapatos
       llenos de deslumbrantes gotitas.

¿O es que prefieres que yo sea tu hermanito menor?
Sí, lo prefieres.
Seré tu hermanito menor, niña mía, hermana mía, madre
       mía.
¡Es tan fácil!
Nos pararemos un momento en medio del camino,
para que tú me subas los pantalones,
y para que me suenes las narices, que me hace mucha falta
(porque estoy llorando; sí, porque ahora estoy llorando).

No. No debo llorar, porque estamos en un bosque.
Tú ya conoces las delicias del bosque (las conoces por
      los cuentos,
porque tú nunca has debido estar en un bosque,
o por lo menos no has estado nunca en esta deliciosa
        soledad, con tu hermanito).
Mira, esa llama rubia que velocísimamente repiquetea
          las ramas de los pinos,
esa llama que como un rayo se deja caer al suelo, y
          que ahora de un bote salta a mi hombro,
no es fuego, no es llama, es una ardilla.
¡No toques, no toques ese joyel, no toques esos diamantes!
¡Qué luces de fuego dan, del verde más puro, del tristísimo
           y virginal amarillo, del blanco creador, del más hiriente
          blanco!
¡No, no lo toques!: es una tela de araña, cuajada de
          gotas de rocío.
Y esa sensación que ahora tienes de una ausencia invisible,
           como una bella tristeza, ese acompasado y ligerísimo
            rumor de pies lejanos, ese vacío, ese presentimiento
            súbito del bosque,
es la fuga de los corzos. ¿No has visto nunca corzas
            en huida?
¡Las maravillas del bosque! Ah, son innumerables; nunca
             te las podría enseñar todas, tendríamos para toda una
             vida...

... para toda una vida. He mirado, de pronto, y he visto
              tu bello rostro lleno de arrugas,
el torpor de tus queridas manos deformadas,
y tus cansados ojos llenos de lágrimas que tiemblan.
Madre mía, no llores: víveme siempre en sueño.
Vive, víveme siempre ausente de tus años, del sucio mundo
              hostil, de mi egoísmo de hombre, de mis palabras
             duras.
Duerme ligeramente en ese bosque prodigioso de tu
               inocencia,
en ese bosque que crearon al par tu inocencia y mi llanto.
Oye, oye allí siempre cómo te silba las tonadas nuevas
               tu hijo, tu hermanito, para arrullarte el sueño.

No tengas miedo, madre. Mira, un día ese tu sueño cándido
                se te hará de repente más profundo y más nítido.
Siempre en el bosque de la primer mañana, siempre en
                el bosque nuestro.
Pero ahora ya serán las ardillas, lindas, veloces llamas,
                  llamitas de verdad;
y las telas de araña, celestes pedrerías;
y la huida de corzas, la fuga secular de las estrellas a la
                  busca de Dios.
Y yo te seguiré arrullando el sueño oscuro, te seguiré
                  cantando.
Tú oirás la oculta música, la música que rige el universo.
Y allá en tu sueño, madre, tú creerás que es tu hijo quien
                  la envía. Tal vez sea verdad: que un corazón es lo que
                  mueve el mundo.
Madre, no temas. Dulcemente arrullada, dormirás en el
                  bosque el más profundo sueño.
Espérame en tu sueño. Espera allí a tu hijo, madre mía.

 

Publicado el: domingo, 03 de mayo de 2009 9:12 por adolvafer
Archivado en:

Comentarios

mirola ha opinado:

Si, es conmovedor. Gracias por dejarlo y hacer participe de él a quien no lo conocíamos.

Un saludo.

# mayo 3, 2009 14:43

wodehouse ha opinado:

que bonito.

# mayo 4, 2009 12:00

wodehouse ha opinado:

que bonito.

# mayo 4, 2009 12:00
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