La mascarada.
La mascarada.
Actores principales de gran teatro griego: las mascaras. Un personaje que aparece por arte de la gran magia.
Alegre, con careta de sonrisa amplia y comisuras levantadas, eufóricas y felices.
Triste, con la comisuras tendidas a la tierra.
Trágico, con ojos llorosas y el gesto contraído de dolor…
La vida, en sí, es un proscenio y nosotros los actores. El mundo es nuestro teatro y actuamos, las mas sin saberlo, a la vista del todo el mundo; en el más difícil todavía, sin red de protección, sin cable de seguridad, en equilibrios circenses peligrosos sobre abismos.
Entramos y salimos.
Marcamos el entorno y decimos y callamos.
Nuestro interior fluye en oleadas de sentimientos: la furia criminal sobre nuestro inepto jefe; la sensación suicida ante la soledad; la ira contenida ante los denuestos de nuestra pareja; los deseos impuros ante unas piernas esbeltas; la avaricia sobre las sacas del dinero ajeno; la envida sobre la mujer del prójimo; el deseo de hacer daño ante familiares dolorosos.
Pero, por fuera, estamos con la máscara puesta. Es la máscara social que dice otra cosa diferente a lo que sentimos. Mascara llena de asepsia, neutra, es la de la civilización, la educación, la indiferencia, la de lo políticamente correcto, la de lo socialmente aceptable. La careta que nos aísla para que podamos declamar nuestro guion sin cambiar el verdadero gesto.
Esa mascara fue modelada en nuestro rostros desde temprana edad. Empezó con las dulces manos de nuestra madre y los azotes de nuestro padre. La fueron moldeando con paciencia y ternura y amor, la una; y con dureza y rigor y severidad, el otro. También la clavaron con clavos de hierro oxidado maestros de la canción de multiplicar y viejas corrupias de la conjugación de los verbos.
Mascara blanca, cerámica, porcelana dulce y lisa como una joya china.
La máscara risueña de Caín cuando mata, por fin, a su hermano. La mascara triste de Desdémona. La careta agridulce de Pandora con su caja a cuestas. La máscara de rayos de Zeus en su Olimpo. La de la duda insomne de Hamlet ante la muerte de su padre y la traición, de alcoba como no podía ser menos, de su madre. La careta de Abraham, de falso suspiro, cuando el ángel detiene su brazo armado con el cuchillo, presto a rasgar carne familiar. La careta del viejo judío presto a cobrar su deuda en carne cristiana.
Tragedia y comedia, de la mano. Talía y Melpómene.
Las máscaras por fuera….y los monstruos por dentro…