90 años.
90 años, reunión y fiesta.
I.- viaje.
Cada viaje que hago últimamente me enamora más del tren. Su comodidad, su falta de servidumbre, el estrés de viajar que no existe, la compañía que te hace hablar y conversar, la falta de tiempo de espera y facturación!!!!!!, la cafetería siempre bien provista y servida por camareros de ancha sonrisa y gran amabilidad; incluso el hecho en sí del revisor que te pide los billetes y te desprende el resguardo, a la antigua usanza, es una delicia.
Así emprendimos el viaje a Vigo, ciudad mágica donde las haya por su ría esplendorosa, sus islas paradisiacas, su puerto de pescadores, el berbes, el marisco, la piedra con las pescantinas en la calle, esa bruma con olor salobre que habla de mar y de lejanos paises.
Comimos algo en el bar de la estación y, ya en el tren, sacamos el postre, los libros y el sudoku. Al poco, primera visita al bar: cafés y refrescos, ya se sabe. Primera película en los monitores. Me engancho: “10.000 AC de Emmerich”, una historia tierna y de valentía situada en eso, diez mil años antes de Jesucristo, una pasada en la que los rigores históricos dan paso a la aventura del hombre, el amor y el espíritu de superación. Con copias de 300 (el final), algo de Apocalipto, etc...hace Emmericho un peliculon de los de ver en el tren.
Leer un poco (estoy alucinando con el libro de Prada: "las mascaras del heroe", una pasada de libro por que van desfilando los parias, y no tan parias, de la literatura española del principios del siglo XIX, desde Pio, Valle, Ramon Gomez hasta Buscarini, Galvez y un largo etcetera); segunda visita al bar, bocatas y refrescos. Al servicio con un poco de cuidado. Paseamos un poco entre vagon y vagon viendo a los compulsivos fumadores como esperan nerviosos una parada para desahogarse y fumar un pitillo deprisa y corriendo, no sea de perder el tren por unos humos inocentes. El ritmo bambolenate del tren te mete en una especie de falsa borrachera.
Segunda peli que me perdí en las páginas de nuevo en mi libro, un libro fascinante con los literatos de principios del XIX que, con cariño, no demuestra lo que se llega a hacer por las musas y como poetas “malditos” tienen su no se qué que los hacen cercanos y vivos.
Llegamos, mi hermana nos recogió en la estación y a casa. Poco más de siete horas y media para hacer 600 kilómetros, más o menos lo que tardaríamos en coche pues soy el peor freno de mano que ha existido jamás con la obligacion, artificial y añadida de hacer una parada, como sea, donde sea, cada 200 kilometros.
La vieja casa, como siempre, en su sitio, quizas mas vieja, menos cuidada. Mi padre, 90 años, ya acostado, no quise despertarle. Mi madre esperándonos con impaciencia. Besos, abrazos y…eso será otro capítulo.
II.- La comida en “La estrada”, un restaurante bueno y de barrio. Buen producto, buen precio y un poco de mala leche. Buena combinacion entre fogones, a la vista, una cocina grande y antigua donde el pescado es fresco, aun colea, y las carnes son de Orense.
Allí toda la familia reunida en torno a mi padre; mi madre al lado, por supuesto, no lo va a dejar escapar. Sus cinco hijos con sus cónyuges respectivos. Una gama de edad que van desde los 40 a los 56 del mayor. Con ellos los nueve nietos. Como nueve soles, aun todos solteros menos la mayor que se presento con su maromo y la madre de este (muy buena gente, ya rondando la viuda los 85 años) lo que provoco, como todos los dias en los que nos juntamos, las bromas consabidas del nieto esperando y ansiado por mi madre.
Unas nécora, unos bueyes y un osobuco que no se lo saltaba un rey. Lo mejor, para mí, la cocina es siempre subjetiva, una tarta de piña que se salía de lo buena que estaba: cremosa y dulce, con ese toque acido de la piña natural. Una delicia. No desmerecian la tarta de queso y una esquisitez llamada "pasteles gloria" que no eran nada del otro mundo. Café y licores; no podían falta ni el licor café, ni el de hierbas y, ¡cómo no!, el licor de orujo.
Mi padre ante la algarabía de voces y gritos, las efusivas felicitaciones, y las prisas por decir y risas por un mal chiste o un peor recuerdo pues, se fue poniendo un poco nerviosos; se puso muy nervioso, cambiados los habitos diarios de muchos dias. Se le hizo la hora de su siesta, es de ley, obligatoria; en su sofá, abrigado y vestido. Lo lleve del brazo andando lentamente por la calle de siempre, paramos dos veces por el camino a que recobrase el resuello y, ya en casa, lo acosté. Con nosotros vinieron las chicas que haciendo tanto tiempo que no se veían tan juntas, tan unidas pues, hablando y hablando, riendo y riendo. No le dejaron dormir tranquilo. Se desvelo. Se puso de mal humor, una pequeña rabieta, de las suyas, de cuando la rutina se rompe y el se rompe también con esa grieta en sus quehaceres diarios.
Nada que no se cure con una pastillita, la de esos momentos malos que la sangre no afluye bien al cerebro.
Se acostó pronto, cerca de las ocho y media, aturdido por el trajin del dia. Cada día se acuesta más pronto y se levanta un poco mas tarde. Duerme muy bien y eso es muy bueno, de agradecer. Con la huida del sol el a la cama; en invierno mucho antes.
El resto hablando y hablando en el salón de la casa. Un poco reducido para tanta gente desde que le hicimos la habitación abajo, al nivel de la calle, comiendo metros cuadrados al salon.
El maromo y Nélida, su madre, ya se habían ido. Las chicas/nietas se fueron a casa de una de ellas. Mi madre exhausta, se paso un poco en la comida, es diabética pero, como le dijimos, un día es un día y no siempre alguien cumple 90 años.
¡Ah, el regalo! Una cazadora para jubilar a la de siempre, parece que le gusto, veremos si se la pone aunque solo sea para ir a los médicos de rigor. La vida va así, termina tu vida social en la sala de espera de médicos de familia y especialista al tiempo que tu conversación se va reduciendo a achaque y citas en la seguridad social. Con ella, una bufanda.
Mi hermano fue el primero en irse, le quedaban 200 kilómetros para llegar a casa; él, la mujer y sus dos niñas. Me alegró verlo bien, mas calvo, mas fondón (y eso que hace mucho deporte) y más tranquilo. Los años reblandecen, el ritmo decae y nos hacemos mas humanos. pasa el tiempo muy bien a su traves, me veo, como el a su edad.
Después la segunda por abajo. Vive cerca, muy cerca.
Marga fue la ultima en irse con una de la niñas que tenia amigas que ver, canciones que escuchar y cops que disfrutar.
Quedamos los de la casa y nosotros, la visita de Madrid, los añadidos. Hasta las dos de la madrugada hablando y hablando....y eso sera otro capitulo.