Prometeo, yo, y el estornudo.
Prometeo, yo, y el estornudo.
Estornudamos como muchos animales. Es un fenómeno muy singular, curioso. Desde el principio de los tiempos en que el hombre tuvo consciencia de este hecho nos hemos preguntado el porqué y de donde viene o que lo provoca. No hay una respuesta unánime en la ciencia.
Hay explicaciones extrañas unas y raras las otras, casi incomprensibles para el común de los mortales.
Desde siempre se dio, de una forma u otra, un matiz mágico al estornudo. Se dice que el primero fue Adán ante la manzana traidora indicándole la malignidad de la misma y del hecho de comerla, pero comió y nos dejo como una herencia mas aparte del sudor y el trabajo y el parir con dolor y el trabajo de las ocho horas diarias, cinco días a la semana, y aguantar la murga de feriantes, charlatanes y políticos.
Pero no fue así, la culpa la tuve yo, el pobre Prometeo, el del fuego, el del suplicio de la montaña, el pecador, el soñador iluso que amaba al hombre y era capaz de dar su vida eterna por él. Hice la estatua y me salió tan bella, tan prometedora que quise darle real vida pero solo Zeus podría hacer tal cosa así que me dije: porque no tomar la energía del sol, y tal como lo pensé robe un rayo de sol, no me fue muy difícil, a triquiñuelas no me gana nadie. Pero el padre de los dioses que, no está mal que lo diga, no es muy inteligente; listo, si, pero para cosas vanas como ganar unas guerras, enamorar a diosecillas o engañar doncellas a las que deja preñadas en forma de lluvia de oro o disfrazado de ánade, ¡una cursilería!, y todo el mundo mundial lo sabe pero las jóvenes se dejan engañar una y otra vez, no aprenden nunca.
Lo dicho, robe el rayo de sol y, para que Zeus no se diera cuenta, lo guarde donde pude, que lo reconozco, no fue muy hábil por mi parte, en mi maldita tabaquera que siempre me acompaña a todas partes. Y con los mil experimentos en que estaba metido me olvide de todo esto, ya sabéis lo de la rueda, el arco, la punta de cobre, los radios, los espejos concentrando el sol y un largo etcétera. Fui a inhalar un poco de “polvo de rape”, que me encanta, me hace subir las pulsaciones y me creo más Dios de lo que soy en realidad. Bueno, como decía, cogí la tabaquera, fui a inhalar un poco de rape y, ¡zas!, despiste monumental, me clavé el rayo de sol en la nariz, lo que me hizo dar el gran y violento estornudo.
Mi estornudo, vuestro estornudo. Una maldición más, con la duda siempre insomne de si no lo provocó mi padre a posta pues siempre que estornudo en su presencia él se carcajea de forma maligna.
Lo peor de todo es que nunca llego al tercero. Viene el primero y, bueno; el segundo es mejor pero el tercero, que se anuncia como la liberación total y el descanso, queda en el camino con la frustración que te deja el cuerpo molido y una desazón que te fastidia el día.
Así que ya veis, reconozco mi culpa, yo traje el estornudo al mundo.