Ayer conocí a Jesús.
Ayer conocí a Jesús.
Visitaba la plaza de la República Dominicana por ver el monumento a las víctimas de terrorismo, recién inaugurado en esa plaza de tan triste memoria.
Jesús estaba entre los visitantes, un observador medio ajeno a todo, entre la mucha gente que lo miraba, lo criticaba con indulgencia y le ponían unas flores. Unas mujeres comentaban ya le robo de un crucifijo, y alguna cosa más, alguna tan valiosa como un tricornio de un fallecido en esa misma plaza.
Jesús me hablo de que había sido, era, militar, lo dijo como en un presente dubitativo.
Nos dijo que se levantaba todos los días a las cinco para darse un paseo largo hasta Moncloa y regresar, siempre a pie. Que el día que se parase seria para no volver a caminar.
Sentimos, más que decir, su sentimiento de culpa por haber sido él el que propuso a su mujer ir a hacer el curso de explosivo a Zaragoza. Allá se fueron su mujer, sus gemelitas y el. Muriendo las dos risueñas gemelitas y su mujer. Solo sobrevivió él.
Nos conto de sus cuatro años en coma.
De su madre que no desesperaba y en el límite, ya al final de todo, cuando nadie creía en su vuelta a la vida, el mantón de la Virgen lo salvo, lo hizo volver para conocer que su mujer e hijas estaban en el cielo.
Sentí su dolor, sentí su sentimiento de culpa, su rabia por no haberse ido con ellas.
Contó cómo estaba tetrapléjico y solo quería morir para, en el cielo, disfrutar de los juegos con las niñas, sus niñas. Cuidado por sus padres, sobrevive, lucha, dejó, otro milagro, la silla de ruedas y se mueve, no para. Muchas veces tiene que regresar al hospital con parálisis, con pinzamientos, con dolores pero, siempre con una sonrisa pues al final, eso espera, eso esperamos, alcanzara la gloria de juntar, en el cielo, a la familia.
Nos dijo como estuvo en el funeral por el último guardia civil asesinado, en Málaga, con la familia del finado.
Como antes estuvo dando de comer en la cárcel donde, para su desgracia, tuvo que servir al criminal que puso la bomba en Zaragoza.
Y discretamente, preocupado por ese simple y merecido monumento y los vándalos, nos pidió perdón por entretenernos cuando seriamos nosotros los que deberíamos pedirle perdón por la barbarie del ser humano, se fue de regreso a su soledad, a rumiar su dolor y a seguir luchando por la vida y la libertad y la justicia.
Se fue atravesando la calle por un paso de peatones con el verde del semáforo encendido dejándome con la tristeza en el alma y el saber de su locura, de su apropiarse de las desgracias de otros sin malicia, porque no tuvo una gemelas, no murió su mujer, todo fantasías de su mente calenturienta…