El ser discretos.
Mayo y el ser discretos.
Conviene ser discreto y no dárselas de sabio. Los que se creen catadores de licores suelen hacer el ridículo con frecuencia.
Un párroco celebraba se cumpleaños. Los niños te traían regalos. La pequeña Pili le entrego un paquete “Ya veo que me traes un libro” (el padre de la niña era librero) “¿Y cómo, lo has adivinado?”. “El padre lo sabe todo”. Luego Pepito le entrego el suyo. “Ya veo que me traes un jersey” (su padre tenía artículos de lana). “¿Y cómo lo has adivinado?”. “El padre lo sabe todo”. Por fin Ana le entrego un paquete húmedo (su padre vendía licores) “Ya veo que me traes whisky, y se te ha derramado un poco”. “no es whisky”. “Entonces es ron”. “Tampoco”. El párroco se llevo los dedos mojados a la boca, pero no identificaba. “¿Es ginebra?”. “No” (respondía Ana). “Le he traído un cachorrillo”.
Discreción, que no callar y consentir.
Ante la mínima duda preguntar, no debe darnos vergüenza preguntar por algo que desconocemos. Igual que preguntamos a un desconocido por una calle, por una estación de metro o un autobús, podemos y debemos preguntar por aquello que desconocemos, sin vergüenza, sin ambages.
Si todos los días aprendemos algo nuevo, seremos como jóvenes que van descubriendo un mundo, el de nuestro entorno, el nuestro. Y no importa si el que nos responda es un niño, ¡bendita juventud!, de los que tenemos que aprender más de lo que parece (yo todo lo que se de internet y juegos es de mis críos), como de un adusto profesor que siente cátedra y que nos loqueara con sus múltiples interpretaciones.
Mejor una pregunta que una aseveración total y exagerada. O el callar, que es de sabios, dicen. No sea que hablemos y se nos vea el plumero.