Están llegando las golondrinas.
Están llegando las golondrinas.
Fatigadas y muy delgadas llegan después de una travesía de cientos, miles más bien, de kilómetros del África, ya pasaron allí la temporada invernal.
Pasan, como pueden, el estrecho de Gibraltar donde algunas de ellas se quedan y mueren en sus frías aguas. Otras, en una ancestral costumbre, se suben a los barcos que pasan el estrecho para descansar un rato o para que las llevan un poco de esa distancia y les ahorre esfuerzo.
Las primeras que vienen son las jóvenes, las nacidas en África y que por primera vez vuelan, instinto y sabiduría, conocimiento natural o magia las hacen recorrer el largo camino...hacia esta península nuestra. Más tarde, les seguirán sus padres.
Limpiaran nuestros campos y aires de insectos nocivos.
Nos alucinaran con su vuelo, el que canto Bécquer, prodigio de maestría en acrobacias.
Siempre me maravillaron como son capaces de beber en las charcas sin parar de volar, entran en la charca a toda velocidad. Como saetas, rozan la superficie y toman un traguito de agua, apenas unas gotas y vuelven al aire para en una curva cerrada volver a pasar en vuelo rasante.
Pero ya no conocen nuestros nombres, los hemos olvidado dejados de la mano, destruimos sus nidos, prodigio de arquitectura y estética, que eso sí es empezar la casa por el tejado, los olvidamos, nos olvidan...
Tuve, hace años, en la ventana del hotel donde more unos dos años, en un pueblito de Marruecos llamado Khouribga, un nido de golondrinas tímidas, asustadizas, siempre volando salvo para criar a los polluelos. Al principio me huían con miedo, chillando. Después intimamos, me dejaban abrir la ventana sin huir e, incluso, el colmo de los colmos, ver a los polluelos. Los vi nacer, los vi crecer con una velocidad pasmosa, les vi en sus primeros vuelos.
En mi segundo año un nido cayó, más bien culpa de las limpiadoras, y pude contemplar el milagro de su construcción. Día tras día, hora tras hora, con el trabajo constante de la pareja y un poco de barro y su saliva, colgaron de nuevo un nido bello y armonioso. Lo terminaron y anidaron después.
Yo, también, les había olvidado pero aquellos tiempos con los nidos en la ventana se irán conmigo, viven conmigo.
Son los acróbatas del aire. ¡Pasen y vean, el mayor espectáculo del mundo!
La arquitectura mágica de barro y agua colgada, contra la gravedad, sus nidos.
Maravilla del mundo natural y perfecto, bellos y alados. No los olvidemos. Respetemoslas.