Hermanos albinos.
Hermanos albinos.
Mi madre me ha comunicado que murió, Elena, una vecina del barrio donde nací y me crie. Elena era albina.
Su hermano era un año mayor que yo pero estaba en mi mismo curso, también era albino, una rareza para nosotros, una especie de monstruo que nos asustaba pero el más asustado, siempre era él.
Su hermana tendría unos dos años menos que el. La conocía menos. Los dos eran de pelo muy blanco y la piel rosácea muy clara, casi blanco-nieve. Usaban gafas muy gruesas por una gran miopía desde niños, con cristales coloreados, casi negros como los de la Once, porque no soportaban ninguna luz fuerte. Muy vestidos en invierno y verano, recordar, no había las cremas que hay ahora.
Ellos se aislaban de nosotros, nos huían, no entendían el por qué de su diferencia, ni el por qué de la diferencia con sus padres porque estos eran morenos. No eran muy espabilados, no retenían muy bien las lecciones y les costaba ir avanzando de curso. Incluso, los profesores, los marginaban un tanto dentro del aula. No podían hacer deporte; lo recuerdo viéndonos por la ventana del aula mientras nosotros jugábamos al futbol o al corre-corre. Cremas que se ponían, pastillas que tomaban, siempre tapados, las gafas oscuras, apartados.
Algo que tengo en mi mente y es que fosforescía en la oscuridad, ya sé, me diréis que eso es mentira, pero lo tengo en mis recuerdos de ellos, un cierto brillo cuando estaban en la sombra, algo casi fantasmal, de otro mundo. Eso pensaba él, que era de otro planeta, estigmatizado por una culpa que no era real.
Los niños somos crueles y las bromas iban con muy mala leche hacia ellos. Lo típico de quitarles las gafas, invitarle a ir a la playa en verano sabiendo que no podían venir, tratar de quitarles la ropa de abrigo que más bien era para taparse del sol…fuera de clase era muy raro verlos salvo para algún recado de la madre al súper del barrio.
Mi relación con ellos, sobre todo el mayor, fue distante y correcta. Hablamos más de una vez, alguna vez vino a mi casa a ver la tele conmigo, alguna vez fui a su casa. Nunca intimamos porque, ya dije, eran muy retraídos, huidizos, con miedo. Nos temían, les temíamos.
El murió pronto, hace ya bastantes años; su hermana ha durado un poco más. Poco más, problemas genéticos, una enfermedad mala, sobre todo por el estigma social que conllevaba en aquellos tiempos.
Sigo pensando que fosforecían en las sombras pero, ahora que lo recuerdo, no como un fantasma sino como ángeles caídos, castigados a pasar por este mundo de penurias.
Descansen, los dos, en paz.