
No tengo por costumbre hablar de mis alumnos; en su mayoría son más listos que el hambre pero carecen de disciplina y su falta de motivación para hacer cualquier cosa me deprime. Los hay con un gran potencial que me gustaría fomentar pero tienen la edad de la arrogancia y dicen que ellos saben y saben … y saben. Siento impotencia ¿qué se le puede enseñar a quién cree que ya lo sabe todo?.
Tengo un alumno que domina las matemáticas como nadie pero como no tiene que esforzarse porque es innato en él pues no se molesta en ir a más ¡podría ser un Einstein!. Cuando se lo digo se encoge de hombros y contesta: ¡ya hubo uno!.
Así andamos: con el alumnado desmotivado y la plantilla del profesorado reducida a la mitad por depresión. Me siento atado de pies y manos, los padres no quieren que presiones a sus hijos ¡pobrecitos, son unos niños!. Tengo abiertos tres expedientes, dos por intentar que un par de alumnos obtuvieran una beca y los padres consideraron que les estaba presionando demasiado excediéndome en mis funciones y el tercero por suspender a una alumna, según su padre, sin causa justificada; había escrito cepillo con “z” y cajón con “g”, el susodicho me dijo que ¡qué más daba!. No da lo mismo, señor, le contesté intentando ser amable; no es lo mismo cajón que cagón y la zeta se emplea en palabras como zote porque si no le estaría llamando “cote” y eso no sé lo qué es. Según el tribunal académico me excedí; según el juicio al que sometí a mi conciencia hice lo que tenía que hacer y dije poco para lo que hubiera deseado decir.
Soy el “Examinator” como me llaman mis alumnos pero no soy “Terminator” aunque quieran verme así. Yo me siento examinado a diario: por mis alumnos descalificado, por sus padres injuriado, por mis superiores expedientado, por mi familia desterrado por incomprendido y, socialmente, un asalariado y un inepto. No he obtenido ni un miserable aprobado desde que terminé la carrera; me siento examinado constantemente y como no tengo ni idea de qué asignatura es la que me falla ni quién puede impartirla estoy pensando en tirar la toalla y dedicarme a otros menesteres que no sean intentar enseñar a quienes no desean aprender.
Mientras decido qué hacer o qué no hacer voy a corregir los ejercicios que tengo sobre la mesa del despacho; les mandé hacer una redacción -sobre un capítulo de su vida que les hubiera marcado a los “entrañables” salvajes que tengo en mi clase de Lengua- más que nada para intentar dilucidar de qué van y continuar desmoronándome con sus faltas de ortografía, sus patadas al diccionario y su breve vocabulario.
El primer ejercicio que he leído comienza así: “ Mi vida es una mierda pero mientras no huela intentaré no pisarla …”
Otro dice: “Si quieres saber de mi vida apúntate al botellón que celebraré este finde en mi casa, mis viejos no van a estar …”
Otro más: “No puedo hablar de mi vida si no es en presencia de mi abogado, lo más emocionante de mi vida fue una multa de 30 euros que tuvo que pagar mi padre porque me pillaron meando en la calle; tengo más cosas que contar pero no a ti y como me suspendas te vas a enterar”.
Este podría tener su gracia si no fuera porque pocas cosas me hacen sonreír en el tema de la docencia, no pone su firma para que no pueda reconocerle como autor de la amenaza, tengo treinta y dos alumnos y si treinta y uno han firmado sus redacciones ¿de qué color es el caballo blanco de Santiago?. Aunque ninguno se hubiera identificado los hubiera reconocido a cada uno de ellos … no puedo hacer nada al respecto, tengo el alma hecha jirones y mis razones son de urgencia pero ¿a quién le importan mis lamentos? ¿a quién me quejo yo?.
Voy a terminar de leer los ejercicios incalificables que tengo que calificar, éste es de una de mis alumnas más aplicadas:
NUBES DE ALGODÓN
“Jugábamos tendidas en la hierba, a ver quién descubría, en las nubes dispersas sobre un fondo azul celeste, la imagen más bonita que, en un abrir y cerrar los ojos cambian de forma. Un día una voz distinta gritó: ¡una oveeeja!. Nos volvimos a mirar y, allí estaba la dueña de la voz señalando al cielo. Era nueva en el colegio, nos echamos a reír y le dimos de lado.
-Cada una a su sitio, decía -batiendo palmas- la profesora de Lengua; os presento a Encarna, espero que seáis amables. ¡La de la oveja! -dijo Esther-. Encarna destrozó El Quijote en su primera lectura, casi nos mata de la risa; me castigaron con tutelarla; la llevaba pegada a mí como un chicle en el pelo; yo intentaba zafarme pero me encontraba: ¿vamos a mirar las nubes? -decía- y yo, en tono despectivo: ¡dirás ovejas!. Entonces me contó, con lágrimas en los ojos: mi oveja murió el año pasado, yo la veo en las nubes, dicen que estoy loca pero yo sé lo que veo.
Ha transcurrido mucho tiempo y, no había vuelto a pensar en Encarna y su oveja, hasta que hoy, al mirar al cielo, he creído ver en esas nubes de algodón sobre un fondo azul celeste, a quienes ya no están conmigo.
He tardado en comprender que esas nubes que, en un abrir y cerrar los ojos cambian de forma, son el retrato de aquéllos que nos invaden el alma”.
………………………………………………...............................
Hace mucho tiempo que tengo el alma en un puño por tantas lágrimas acumuladas y, hoy, después de esta lectura me he sentado en un rincón a llorar … mañana presentaré mi renuncia y que otro califique estos trabajos, yo tengo que irme a algún lugar donde nadie se permita el lujo de examinar todos y cada uno de mis actos.
Quiero daros las gracias a tod@s los que me habéis apoyado, tenéis un corazón de oro y me habéis hecho sentir muy arropada. Un hombre sabio dijo que la riqueza de un hombre se medía por la cantidad y calidad de sus amigos ... por eso os digo que MUCHAS GRACIAS por formar parte de mi tesoro: Olvido, Malena, Durrell, Wongduang. Cálida Brisa, Milú, Jocelyn, Dashina, Winnie, Marianelli, Indya, Pablete, Ripple-Mark ... Os tengo en mi corazón. Besos
Hola a tod@s , supongo que este post os sorprenderá a tod@s porque no tengo costumbre de escribir sobre cuestiones personales pero esta vez quiero comentaros algo y a lo mejor me podéis ayudar.
Ayer por la tarde recibí un sms que os voy a poner a continuación para que vosotr@s mism@s os hagáis vuestra propia opinión. Deduzco que es alguien de mi entorno pero me extraña que su número no figure en mi agenda, ahora mismo los dedos se me han vuelto huéspedes y desconfío de cualquiera de mis amistades, sé que no es justo pero ¿qué otra cosa puedo pensar?. He intentado devolver la llamada para dar las "gracias" al susodich@ pero, evidentemente no descuelga el teléfono.
Os pongo el mensaje:
"Tú poesía es la expresión de un corazón seco no fructificado en el amor te han debido querer y por ser calculadora tú vientre se ha quedado yermo".
Lo he escrito tal como me lo ha enviado, acentos y comas dónde están puest@s.
Me gustaría conocer vuestra opinión y pediros un favor: si alguno podéis darme una pista de si es hombre o mujer para poder no equivocarme con la persona a la que tengo que eliminar de mi vida os lo agradecería, el número de móvil es el siguiente:
646 551176
Sé que no es ningún bloguer@ porque mi nº de móvil no lo tenéis ninguno.
¿Queréis ayudarme?
GRACIAS
Acaban de trasladarme a la cárcel de mujeres de … mejor será no decirlo no vaya a ser que tomen represalias, no puedo entender lo que me está pasando; a fin de cuentas yo sólo hice justicia o, así, al menos lo considero. Ya sé que el asesinato es un delito grave pero no sé por qué depende de quién sea la víctima; ella mató a ocho y yo sólo la maté a ella. Expío mi culpa como manda la ley pero no estoy arrepentida de lo que hice y por mis creencias religiosas lo único que temo es que Dios no entienda mis razones porque no hay perdón dónde no existe arrepentimiento y si Dios no me perdona el tiempo de condena que tengo que pagar de cara a la sociedad no servirá de nada, en mi fuero interno, para purgar mi pecado.
Sería muy fácil decir que lamento lo que hice pero a Dios no se le puede engañar y sabría que estoy mintiendo; la estampa que llevo en el bolsillo de mi delantal de carcelaria, cada vez que la beso … con su mirada me dice que El lo sabe todo y pienso que si es así ¿por qué no es capaz de perdonarme?.
Cuando entré en el convento de “Sta Teresa del Niño Jesús” no lo hice por voluntad propia, en realidad, mis mayores deseos eran empezar a vestir vaqueros, minifaldas y blusas de animados colores … en definitiva, empezar a elegir mi ropa y pintarme los labios; la primera vez que me preguntaron en casa que qué deseaba para mi cumpleaños yo contesté, sin titubear que unas medias de cristal y unos zapatos de charol; a mis quince años creo que estaba en pleno derecho de empezar a presumir un poco, no lo consideré delito pero la mirada de mi padre fue suficiente para entender que le había desagradado profundamente mi elección y me hizo sentir mal, no entendí por qué me había preguntado si no tenía intención de complacerme a menos que hubiera adivinado lo que él ya tenía pensado regalarme. Se levantó del sofá y salió a la calle sin decir ni adiós.
Me volví hacia mi madre esperando unas palabras que me hicieran comprender la actitud de mi padre pero se limitó a mirarme con unos ojos llenos de una infinita tristeza que llegaron a contagiarme.
Dos días después ya, en mi onomástica, mi padre me despertó a las siete de la mañana y me dijo: ¡vístete! Su mirada era firme e inquietante, no me felicitó o al menos no recuerdo que lo hiciera pero no olvidaré nunca su expresión y su firmeza.
Sin mediar palabra me llevó al convento y, en la puerta, ante la mirada benévola y complaciente de Sor Digna depositó entre mis manos un rosario de nácar y oro diciéndome:
-¡Éste es tu regalo!
Se fue sin darme tiempo a más … ni un beso ni un abrazo … ¡nada!. Sor Digna me cogió del brazo y me introdujo en el convento; la puerta de madera maciza y con unos goznes que a juzgar por el chirrido no los habían engrasado desde hacía mucho tiempo, produjeron en mi interior un efecto caótico al encajarse unos con otros y una sensación de dentera y dejadez al mismo tiempo que invadieron mi alma. Pensé en mi madre mientras recorríamos el claustro, ni siquiera se había despedido de mí; podía haberme avisado la víspera de lo que pretendía mi padre pero no lo hizo ¿por qué?. La mirada que me había dedicado dos días antes, llena de tristeza y pena, era lo único que me venía a la cabeza y entonces comprendí que ella ya sabía lo que iba a acontecer y decidí que, a partir de ese preciso momento, tendría que decidir por mí misma.
Sor Digna me llevó a un cuartucho habilitado con un camastro y una silla; el ventanuco casi pegado al techo de la estancia estaba protegido con barrotes; entonces con una mirada llena de dulzura, Sor Digna me dijo señalando unos hábitos que había sobre la silla:
-A partir de ahora como novicia que eres, tendrás que vestir esas ropas; en diez minutos vendré a buscarte para que te presentes ante la Madre Superiora.
Sería muy largo contar todo cuanto me aconteció allí encerrada, fregué suelos de rodillas con más ahínco que si hubiera trabajado de señora de la limpieza y todo ¿para qué? ¿para quién?.
Había una zona destinada a cuidar ancianos y me entregué en cuerpo y alma a Dña Carmen que me miraba con ternura y me acariciaba la mejilla cuando la ayudaba a calzarse; me contaba cosas de su juventud mientras la llevaba al atrio; había varios gatos rondando por allí porque una de las monjas les dejaba comida.
Dña Carmen tenía alergias de todo tipo, había que tener cuidado incluso con el detergente … ni qué decir tiene que los gatos le proporcionaban tal desasosiego que se asfixiaba. Una tarde le supliqué a Sor Laura que no dejara comida en el atrio con idea de que no proliferaran los gatos que tanto daño le causaban a Dña Carmen, sin contestarme me miró con tal odio que tuve que bajar la vista, al día siguiente aparecieron muertos los ocho gatos; los había envenenado … yo sólo quería que no les atrajera con la comida.
En la cena, añadí el mismo veneno en su plato, murió durante la noche.
Mi abogado dice que tengo que mirarle cuando habla ¡no me da la gana! He aprendido a mirar con todos los sentimientos habidos y por haber pero la mirada de mi padre me condenó, la de mi madre ratificó mi condena, la de Dña Carmen me enseñó ternura y me enfrentó a Sor Laura que, con su mirada, me transfirió un sentimiento de odio hasta entonces desconocido para mí.
Ahora no miro más que al suelo porque no quiero ver las miradas de desprecio que el jurado siente por mí. Ya no quiero volver a mirar cómo me mira nadie.
Aprendí a decir te quiero
por un hombre que …
con trampas
consiguió hacerme creer
que era amor lo que me daba;
con infame proceder
me dijo que me quería
me pidió un te quiero
y yo …
que deseaba escucharme
con la voz del corazón,
por una vez en la vida
prescindí de mi careta
me aferré a él cual si fuera
mi última oportunidad,
dije: TE QUIERO
y después …
después él mismo fue quién
me demostró sus mentiras
sus tácticas y estrategias
a través de unas líneas,
no por breves menos necias
donde sin decir decía
como en una mala farsa
que era único en su especie,
su egoísmo se palpaba
se mostraba intransigente
y, en mofa, descarada
me decía que el amor
era o no trascendente
era y no era importante
era y no era amor;
te quiero dije …
era cierto
él me enseñó a decirlo
te quiero, dije …
era cierto
porque no aprendí a mentir
aunque tuve buen maestro.
Yo he llorado en silencio
la falta de un cariño,
la incertidumbre de un beso
la carencia de un abrazo
el deseo de un amor
que por no poder lograr …
he llorado en silencio.
He conseguido, he logrado
un cariño, un beso cierto,
un abrazo, un amor,
un deseo satisfecho,
he llorado en silencio
temor de perderlo todo
porque la esencia se queda
pero no es más que rescoldo.
Yo lo perdí, lo perdí …
el cariño se hizo infierno
el beso llegó a dañarme
el deseo se apagó
el llanto no es más que frase
porque, hoy, en silencio guardo
mi esencia, mi amor, mi vida
porque siempre hay un por qué
para un abrazo mal dado
para un beso arrinconado
y para desear querer.
Sigo amándote y es fé
lo que mueve el corazón
sigo amándote, créeme
porque se vuelve al amor
una y otra y otra vez.

Desde hacía mucho tiempo me venía rondando la cabeza la idea de perderme en algún sitio apartado de la mal llamada -en mi opinión- civilización y, hace un par de años tuve la oportunidad de conocer una aldea que yo creo que no figura ni en los mapas; la llaman “Aldea perdida” y no me extraña; muy pocos son quienes han tenido ocasión de visitarla porque, casi nadie ha oído hablar de ella.
Es un lugar al que se accede a través de un camino de cabras y con un maravilloso paisaje a lo largo de todo el recorrido. Mi sorpresa fue cuando, al llegar al lugar de mis anhelos, descubrí un marco incomparable de belleza y fraternidad. Me recibieron como si yo fuera alguien importante; observé que las casas tenían las puertas abiertas y sin cerradura, me extrañó y así se lo hice saber a mi amigo; el alcalde -que iba a mi derecha- al escuchar mi apreciación, me dijo:
-¡Aquí todo es de todos! robar a un vecino sería como robarnos a nosotros mismos y eso no tendría mucho sentido ¿no cree?. Somos una familia, lo que hay se comparte y cuando no hay … nos apretamos el cinturón todos.
He de confesar que dicho así queda muy bien pero a mí, sinceramente, me parece una utopía, claro que, como “Aldea perdida” ya daba, de por sí, una imagen que distaba mucho de la realidad pues también pudiera ser -pensé- que lo que decía el alcalde fuera, allí, realmente un hecho.
Como había ido con la intención de quedarme un mes, todos y cada uno de los vecinos querían acogerme en su casa: ¡venga usted a la mía! -me decía uno- mi esposa cocina muy bien. No, no, mi casa es más fresquita porque está orientada al norte -me decía otro-. El alcalde me susurró al oído que en la suya iba a tener todo cuanto necesitara … entonces yo dije: ¿No hay una posada …? Es que no quisiera molestar a nadie.
Todos se echaron a reír, los vecinos que iban saliendo de sus casas y sumándose a la comitiva se rieron de mi pregunta. ¿Una posada? -repitió el alcalde- ¿para qué? -añadió-. Aquí como ya le he dicho somos una familia.
Siempre me ha gustado la gente hospitalaria pero aquello ya me estaba resultando sospechoso … al final y por unanimidad decidieron que me quedara en la alcaldía; allí me instalé los cuatro primeros días ¡a cuerpo de rey, eso sí!. Al cuarto día llegó otro visitante a la aldea; le recibieron con los mismos honores que a mí y, entonces, decidieron “por unanimidad” que me trasladara a casa de Venancio “el panadero” para que el recién llegado ocupara mi lugar en casa del alcalde y así, este hecho se sucedía cada cuatro días con lo que al cabo de un mes éramos unos cuantos los que andábamos repartidos por todo el pueblo. A mí me producía cierta desazón el hecho de que ni por un momento nos dejaran cruzar palabra a solas, siempre nos interrumpía alguien y cuando paseaba por el pueblo o sus alrededores me sentía en perpetua vigilancia; era como si todos los ojos de los habitantes de la aldea estuvieran clavados en mi cogote.
No me dejaban pagar nada: ¡su dinero aquí no vale -decían con una amplia sonrisa-.
Recuerdo a un joven, de unos veinte años, “el tonto del pueblo”, vivía a las afueras pero todas las tardes se acercaba a la plaza del lugar; los parroquianos le decían: “¡Eh tú, ven!. Si me haces un trabajo te doy una moneda de oro o seis kilos de paja”. El chaval decía: ¡quiero la paja!. Lo mismo cortaba leña que arreglaba un tejado o acarreaba agua y todos los días se iba con la paja a cuestas. Una tarde que me lo encontré a solas se me ocurrió decirle que le estaban engañando porque, si bien, la paja abulta más, el oro tiene mayor valor.
Me miró sin parpadear y me respondió: Este invierno cuando vengan las nieves y no haya paja para dar de comer al ganado ni para hacer adoquines … tendrán que pagarme a precio de oro todo lo que me han pagado a precio de paja y si les pidiera la moneda no me encargarían trabajos más de dos días seguidos.
Decidí que era muy listo el “tonto del pueblo”
En cuanto a mí ¡qué puedo decir! Pasé un mes muy tranquilo si me refiero a que no se oía ni el zumbido de una mosca ni de día ni de noche pero, incluso, cuando me iba a dormir lo hacía con un ojo abierto y, sin embargo, ni con ese ojo pude ver la estrategia de todo un pueblo para con los forasteros. El día que me marché salieron todos a despedirme con la banda de música tocando sin parar y el alcalde me hizo entrega de un cencerro al tiempo que me decía: “como estoy seguro de que no volveremos a vernos, conserve este recuerdo”.
-Bueno, nunca se sabe -contesté yo-.
-Si le diera por volver -me respondió- que no creo, traiga con usted este cencerro y desde cualquier parte de la montaña sabremos de su llegada … me tendió la mano y el resto del pueblo cruzó los brazos sobre el pecho como fundiéndose en un abrazo comunitario.
Según el plan previsto, cuando bajaba por el camino de cabras, iba pensando en la semanita que me esperaba en París y puesto que no me habían dejado pagar nada tenía más que suficiente para disfrutar del viaje. Mi sorpresa fue cuando descubrí que me habían robado hasta el último céntimo, no me habían dejado dinero ni para tomar un café; entonces comprendí por qué no me dejaban pagar, si hubiera echado mano de la cartera en algún momento me hubiera dado cuenta …
Efectivamente, no he vuelto por allí, a partir de entonces mi dinero me lo gasto como quiero y con quien quiero, prefiero que no me inviten, sale demasiado caro.
Solemos sentirnos solos
adoleciéndonos
¡mira!
mis manos no están vacías
se aferran a tu calor
apretando contra mí
la fuerza de tu pasión.
Solemos sentirnos solos,
pecado debiera ser,
contamos en nuestro haber:
una entrega infinita
un latir correspondido
un sentir que compartimos
un amanecer sin prisas;
lo que nos falte lo haremos
en nombre de nuestro amor
a fuerza de bien querernos.
Solemos sentirnos solos
más no tenemos derecho.
Te va a doler y querrás …
tener en ese momento
amor, comprensión y afecto,
te hará falta compañía
y habrás de echarla de menos
¿qué diste, tú, en la vida?
argumentos, frases hechas,
impulso de risa, incluso,
te produjo pena ajena
porque llevas una alforja
cargada de conclusiones
y otra alforja almidonada
con máximas aprendidas
que son lógica en teoría
y en la práctica verás
que los castillos de naipes
con un abrir la ventana
por la ventana se van.
Sé valiente, nada importa
al fin y al cabo, la vida
es para quien la soporta.
Cuando te falte un cariño
que no supiste apreciar
sabrás que no es lo mismo
sentir que, aconsejar;
no te moverá a risa
nunca más, dolor ajeno
se aprende a vivir … perdiendo
¡ganador nato!
tu vida
se basa en dar consejos
sin importar situación,
momento, drama o lamento
¡vive tu drama, tu pena!
si no aplicas tu decir
al lamento … por ser tuyo
alguien te recordará
a pesar de tu orgullo,
que quien no entiende el dolor
más que cuando es de uno
es porque el egoísmo
sólo entiende de razones
cuando las da uno mismo.
No te duelas demasiado,
no demasiado de nada …
no mucho amor ni dolor
todo está bajo control
previsto y bien proyectado
ríete cuando tu pena
solamente tu la sientas
y los demás te miremos
sentados desde el estrado.
Recuerda este día
yo …
yo te estaré esperando.

Revivir esta historia no me resulta fácil pero cada vez que escucho la palabra “Oriente” en mi cabeza se agolpan cientos de tristes recuerdos y miles de maravillosos momentos; es como si se disparara en mí una bomba de relojería y al compás de su tic-tac el momento justo de la explosión, presintiéndolo cercano nunca llega y me quedo repasando mentalmente las escenas de hace muchos años que son fotogramas en mi memoria; desde entonces, desde aquel suceso comencé a soñar en color o, al menos, a raíz de aquéllo me dí cuenta de que así era …
Conocí a Whang en una discoteca, yo llevaba un pantalón corto y una camiseta a juego con un estampado de anagramas chinos; le hizo gracia y se dirigió a mí preguntándome si sabía el significado de los dibujos impresos en mi ropa, le respondí que no y empezó a traducirme cada uno de ellos, en uno me dijo que quería decir pescado y el de al lado arroz, entonces yo le contesté que el siguiente sería bacalao con patatas, comenzamos a reírnos y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada sin enterarnos ni de la música ¡qué fácil nos conquistamos el uno al otro! ¡qué fácil se nos hizo empezar a querernos!.
Yo tenía veinte años y él treinta y cinco, en realidad treinta y seis porque - según me explicó- ellos cuentan ya con un año desde el momento de nacer. Whang me explicaba que él era ateo; procurábamos no hablar mucho de religión porque no queríamos que nada nos enfrentara pero sí me contó que en su lugar de nacimiento y, según le relataban sus abuelos, cuando llegaron los primeros misioneros al que no creía en Dios, obviamente porque nadie se lo había inculcado, le llamaban pagano y después de escuchar la doctrina de los predicadores al que creía en el omnipotente se le denominaba cristiano y al que no acababa de creer, ateo. Whang se preguntaba: ¿por qué si antes no creía y ahora sigo sin creer, cómo es que he pasado de ser pagano a ser ateo si continuo siendo el mismo hombre y con las mismas ideas?, yo creo en mí y en lo que pueda conseguir con mi propio esfuerzo –me decía-.
Un domingo por la mañana, se presentó en mi casa, venía emocionado; traía un paquete enorme que depositó en mis brazos no sin antes besarme en la frente como tenía por costumbre.
-¿Qué es? –pregunté-
-Ábrelo –me dijo- te lo envía mi madre.
Tenía la mirada más alegre que he visto en mi vida, ver aquélla expresión de felicidad en sus ojos hizo que me lanzara a besarle en los labios, un beso de amor tierno, sin connotaciones sexuales y ese gesto, quizá, por inesperado le hizo resplandecer de dicha.
Abrí el regalo y me encontré un kimono en seda natural con unos bordados que cortaban la respiración no sólo por su belleza, también por la perfección de los mismos…
Me quedé sin palabras por unos instantes para añadir segundos después que le diera las gracias de mi parte, sin darme tiempo a decir nada más, cogiéndome por la cintura Whang añadió:
-Mi madre desea que te lo pongas para recibirla, viene dentro de dos meses con mi padre.
…………………………………………………………………………………………………………………..
Al día siguiente, me fuí a comprar un vestido de faralaes para su madre y una montera para su padre, cuando le enseñé a mi novio el regalo que les había preparado a sus progenitores, me taladró con la mirada y me dijo que si pensaba disfrazar a sus padres, me dió un discurso sobre sus costumbres ancestrales y el significado del kimono que me habían enviado y que tendría que estar agradecida porque me aceptaban …
¿Me aceptaban y querían vestirme de china?. Me encaré con él y le dije: “si para recibirlos en mi país y en mi casa tengo que aparentar lo que no soy, prefiero que no vengan. Si algún día yo voy a tu país y me tengo que poner un kimono, comer con palillos y sentarme sobre mis piernas dobladas, lo haré pero cuando tu familia venga a mi casa se sentarán en una silla, utilizarán cuchara, tenedor y cuchillo y ni unos ni otros nos haremos reverencias. En mi casa las normas las dicto yo. Dile a tu madre que con la tela del kimono me haré un vestido occidental y presumiré de la tela más bonita del mundo pero que si no me acepta por ser europea nunca me lo verá puesto”.
Al final terminamos riéndonos imaginando a sus padres vestidos de flamenca y torero y a mí de “chinita”. Hubiera sido una china con ojos azules y los polvos de arroz no me hubieran hecho falta dada la palidez de mi piel. ¡Qué disparate!
…………………………………………………………………………………………………………………………
Faltaban dos semanas para que sus padres vinieran a conocerme cuando en un accidente de tráfico Whang falleció; mis futuros suegros, obviamente, ya no quisieron saber nada de mí; trasladaron el cadáver a su país sin consultarme siquiera y no pude ni asistir a su funeral. Meses después, la madre de Whang me envió un peinador, una bolsa hecha por ella con anagramas chinos y unos palillos tallados en madera de boj junto con una carta en la que se despedía diciendo: “siempre serás mi hija porque has amado a mi hijo”.
“Demasiado tarde –pensé-“
Nunca contesté a su carta y nunca me hice un vestido con el kimono; no se puede “occidentalizar” Oriente ni viceversa. Sé que volveré a encontrarme con él en otra vida y sé que nada ni nadie nos va a exigir un disfraz para que podamos amarnos, me lo dice el corazón.

Quise contarte una historia
de un viejo y un niño,
un cuento por mí ¿inventado?
un cuento y un pensamiento;
era triste realmente
y no lloraste ¡sorpresa!
yo pretendí emocionarte
y te dio risa mi cuento,
hoy un niño descarado
te llamó inútil viejo
¿por qué no ríes ahora
si eres el protagonista
de esta historia de cuento?
¿por qué, ahora, me buscas
para llorar en mi hombro
buscando, en mí, consuelo?
Lo siento, no me conmueves,
la historia que te conté
era la mía ¡qué cosas!
te dio risa y ¡aún no sé!
dónde le viste la gracia
más si ayer mi dolor
tan sólo te causó risa
hoy, el tuyo, me produce
sólo un rictus de ironía …
mi pena no te dio pena
la tuya no me da risa,
tal vez, es porque tu pena
antes que tuya fue mía.
Si mi desconfianza fuera tan grande
como todos pretendéis
o como yo misma me creo
ni me hubiérais engañado
ni estaría como estoy
ni fuera desengañada
ni hubiera dado lugar
al dolor que me habéis hecho;
entonces yo me equivoco
y vosotros os confundís
ni soy como creo ser
ni soy como pretendéis
ni me engañáis fácilmente
ni me desengaño así
simplemente me doléis
porque sois tal como sois
y yo no os puedo entender.
No os acerquéis a mí,
los bellos siete colores
de mi paleta de amor
se emborronan con el tiempo
amarillean por miedo
y yo que ni soy quien soy
ni entendéis lo que pretendo
comprendo, hoy, al pintor
que buscó en su paleta
después de rascar, la meta
y encontró que hay más de siete
y puesto que soy poeta
aunque borres mi paleta
no dejarás sin colores
mi imaginación, mi verso,
mi condición de poeta
mi sentimiento de ser
y los colores que, en ella,
puse ayer aunque no fueran
los bellos siete colores;
no sé pintar ni mezclar
pero sé lo que es dolor
y aunque no tiene color
ha impregnado mi paleta.

No sabría decir el momento exacto en que me dí cuenta de la sutil manera en que estabas anulando mi personalidad; sólo soy consciente de que después de soportar durante dos años largos tus verborreas de catedrático y tus aires prepotentes sólo porque en una etapa de tu vida habías leído “todos” los libros y, considerabas que ya te lo sabías todo y estabas en posesión de la verdad … y … no conocías al ser humano más que anatómicamente hablando … todo eso que en un principio me llenó de admiración acabó hastiándome al mismo tiempo que minaba mi espíritu y doblegaba mis razonamientos.
Siempre he admirado a la gente con cultura, he disfrutado escuchando e intentando, a la vez, aprender algo por pequeño que fuera y, por todo ello, me enamoré sin cuestionarme ni por un instante tu exterior, sí, me refiero al físico; me enamoré de tu intelecto y ése fue , precisamente, el que estuvo a punto de hundirme como mujer y, sobre todo como persona. Con el tiempo y la distancia he abierto los ojos y he comprendido que eres tan feo por dentro como por fuera o, quizá, más.
Al principio me explicabas las cosas de tal manera que me fascinaba todo cuanto decía, poco a poco tu forma de dirigirte a mí empezó a convertirse en algo así como: ¡ésta tía no se entera! Después ya empezaste a hablarme en tono displicente para pasar a actuar como si fueras mi profesor y yo tu alumna … de ahí a tratarme como si yo fuera analfabeta fue todo uno. Según tú yo vivía en una baldosa y, de ahí, no salía o peor aún no tenía dos dedos de frente para salir de ella; otras veces mi espacio en el mundo del entendimiento era un charquito y yo, en él, tan feliz, como un pez en su pecera, sólo que mi recipiente era un charco.
Lo curioso es que yo seguía tus pasos a cualquier sitio que quisieran guiarme, besaba el suelo que tú pisabas sin darme cuenta de que al más mínimo movimiento que hicieras podías pisarme la cabeza pero yo estaba ciega y admitía y … ¿perdonaba? ¡NO! no tenía nada que perdonar, sencillamente disculpaba tus salidas de tono diciéndome que habrías tenido un mal día en el trabajo.
Fué entonces … cuando yo estaba totalmente enganchada a ti, el preciso momento en que me dijiste que necesitabas espacio y tiempo para aclarar tus ideas, que nos veríamos de vez en cuando y que … ya hablaríamos; te dí tu espacio y te hubiera dado cualquier cosa que me hubieses pedido ¡de sobra lo sabías!.
Los días siguientes fueron mi mayor tormento. Tu ausencia era, por raro que pueda parecer, mi única compañía; lloré pegada al teléfono y cuando salía a la calle llevaba el móvil en la mano por temor a no oír el aviso de alguno de los cientos de mensajes a los que me tenías acostumbrada; nada de eso sucedió.
Coincidimos en una cena de amigos comunes quince días después quince interminables días. Mi corazón latía tan deprisa que creí que me iba a dar un infarto, pensé -tonta de mí- que volver a verme sería suficiente para tí y que me estrecharías en tus brazos. Me ignoraste durante toda la velada, apenas probé bocado, sólo deseaba que me hablaras e, incluso, me hubiera conformado con una mirada cómplice. Nada de eso sucedió ¡NADA! me había vuelto invisible a tus ojos. Armándome de valor me dirigí a ti a la salida del restaurante para tratar de establecer un diálogo; me miraste como si estuviera apestada y dijiste: ¡llámame mañana a ver si tengo un rato!.
Derramé tantas lágrimas esa noche que empapé la almohada y descubrí que ya no iba a disculparte más y que ya no te iba a perdonar ¡ya no!. No te llamé al día siguiente, me sentía como si me hubieras puesto en cuarentena, sólo te faltó decirme: ¡tienes una enfermedad contagiosa y cuando te cures volveré!.
Bueno, pues me he curado y ya no quiero que vuelvas, empecé por ir al trabajo buscando caminos distintos para no encontrarme contigo, dejé de ir a la peluquería habitual porque estaba al lado de tu casa, cambié hasta de comidas para que nada me recordara a ti y todo lo que hacía lo hacía para olvidarte, para no pensarte y para dejar de amarte sin darme cuenta de que mientras decidía hacer cualquier cosa que, de tí, me alejara eras tú quien manejaba los hilos de esta marioneta; tachaba los días en mi calendario pensando en ti hasta que cuarenta días después -ni uno más ni uno menos- una amiga tuya me llamó para saber cómo estaba ¡sí! Una amiga tuya que te conocía muy bien y sabía que me lo estabas haciendo pasar tan mal como a todas las que se cruzan en tu vida.
Me hizo renacer, me sacó de casa, nos fuímos a cenar y … me presentó a gente nueva; estoy rehaciendo mi vida gracias a ella y a su entorno … y he conocido a alguien que me trata como a una mujer y me valora, he ganado una amiga que tú has perdido y ahora no me interesa nada de lo que me quieras contar.
Desde que te has enterado no haces más que llamarme para decir que me quieres y que necesitas hablar conmigo a solas y que alguien de nuestro entorno está intentando separarnos con sentimientos rastreros … ¡ojalá me hubieras puesto en cuarentena mucho antes porque ya no eres mi fiebre y veo las cosas con total claridad!
Queridísimos amigos blogueros: espero que no os dé un penterre viendo esta fotografía mía ¡soy yooo la que sigue aquí! -como diría Marta Sánchez. Ésta es la primera foto que me dejé hacer después de mi operación, hasta tuve la osadía de darme mechas; mi pelo ya no es lo que era ni lo será nunca pero … aquí estoy. El día 12 de este mes hará dos años que pasé por el quirófano y esta foto es de hace tres meses … me queda mucho por recorrer. Como no me conocíais de antes no podéis establecer comparaciones así que, ya que vosotros me habéis enseñado vuestra preciosa cara, después de dudar, dudar y dudar he decidido atreverme. Y … éste es mi careto.
De paso aprovecho para poneros un poema dedicado a mi queridísimo hermano Pablo porque no os imagináis hasta qué punto se ha dedicado a mí, cómo ha estado por mí y para mí … gracias amigos :
DURRELL, MALENA, PATRY, PABLETE, THATXO, TAMMARA, MARIA, RIPPLE-MARK, IRIS, INDYA, ERISTOS … creo que se me olvida alguien ¡ah! ¡qué tonta soy! YO-X , RUBI.
Sois guapos todos, guapos donde los haya. Si me he dejado a algun@ que mi conciencia me lo perdone y Dios me lo demande.
PINTOR
No es tanto tu bien manejar pinceles
como el canto armonioso
que forman tus pinceladas …
Yo he visto tus obras …
mejor dicho
yo conozco tus obras
no podría decir
si … color falta o sobra
o pinceladas estorban
porque no entiendo
pero las miro y las siento
son del alma, son del viento
son profundamente humanas
son completamente tuyas,
compañeras de tus miedos …
quimeras, incomprensión
y, bajo arte y tesón
compendio de sentimientos.
¿Qué más se puede pedir
si yo que no sé pintar
en tus cuadros me perdí?
Mi dolor pequeño o grande,
mi dolor es sólo mío,
mi corazón y mi vida …
todo “mi” es posesivo.
Corazón palpita fuerte
que se acerca mi lamento …
corazón ahora galopa
que es de amor mi tormento;
corazón no te detengas
que es hoy cuando lo siento;
corazón palpitarás
con nombre de indiferencia
después de nada sentir
sentirás más de la cuenta;
no te pares corazón
que aún te queda por vivir
un gran amor, un dolor,
una pasión, una entrega
sentimientos que han de ser
de mi corazón la cuerda;
no te pares que hay en mí
una vida por sentir
que no será indiferencia.