EL EXAMINATOR

No tengo por costumbre hablar de mis alumnos; en su mayoría son más listos que el hambre pero carecen de disciplina y su falta de motivación para hacer cualquier cosa me deprime. Los hay con un gran potencial que me gustaría fomentar pero tienen la edad de la arrogancia y dicen que ellos saben y saben … y saben. Siento impotencia ¿qué se le puede enseñar a quién cree que ya lo sabe todo?.
Tengo un alumno que domina las matemáticas como nadie pero como no tiene que esforzarse porque es innato en él pues no se molesta en ir a más ¡podría ser un Einstein!. Cuando se lo digo se encoge de hombros y contesta: ¡ya hubo uno!.
Así andamos: con el alumnado desmotivado y la plantilla del profesorado reducida a la mitad por depresión. Me siento atado de pies y manos, los padres no quieren que presiones a sus hijos ¡pobrecitos, son unos niños!. Tengo abiertos tres expedientes, dos por intentar que un par de alumnos obtuvieran una beca y los padres consideraron que les estaba presionando demasiado excediéndome en mis funciones y el tercero por suspender a una alumna, según su padre, sin causa justificada; había escrito cepillo con “z” y cajón con “g”, el susodicho me dijo que ¡qué más daba!. No da lo mismo, señor, le contesté intentando ser amable; no es lo mismo cajón que cagón y la zeta se emplea en palabras como zote porque si no le estaría llamando “cote” y eso no sé lo qué es. Según el tribunal académico me excedí; según el juicio al que sometí a mi conciencia hice lo que tenía que hacer y dije poco para lo que hubiera deseado decir.
Soy el “Examinator” como me llaman mis alumnos pero no soy “Terminator” aunque quieran verme así. Yo me siento examinado a diario: por mis alumnos descalificado, por sus padres injuriado, por mis superiores expedientado, por mi familia desterrado por incomprendido y, socialmente, un asalariado y un inepto. No he obtenido ni un miserable aprobado desde que terminé la carrera; me siento examinado constantemente y como no tengo ni idea de qué asignatura es la que me falla ni quién puede impartirla estoy pensando en tirar la toalla y dedicarme a otros menesteres que no sean intentar enseñar a quienes no desean aprender.
Mientras decido qué hacer o qué no hacer voy a corregir los ejercicios que tengo sobre la mesa del despacho; les mandé hacer una redacción -sobre un capítulo de su vida que les hubiera marcado a los “entrañables” salvajes que tengo en mi clase de Lengua- más que nada para intentar dilucidar de qué van y continuar desmoronándome con sus faltas de ortografía, sus patadas al diccionario y su breve vocabulario.
El primer ejercicio que he leído comienza así: “ Mi vida es una mierda pero mientras no huela intentaré no pisarla …”
Otro dice: “Si quieres saber de mi vida apúntate al botellón que celebraré este finde en mi casa, mis viejos no van a estar …”
Otro más: “No puedo hablar de mi vida si no es en presencia de mi abogado, lo más emocionante de mi vida fue una multa de 30 euros que tuvo que pagar mi padre porque me pillaron meando en la calle; tengo más cosas que contar pero no a ti y como me suspendas te vas a enterar”.
Este podría tener su gracia si no fuera porque pocas cosas me hacen sonreír en el tema de la docencia, no pone su firma para que no pueda reconocerle como autor de la amenaza, tengo treinta y dos alumnos y si treinta y uno han firmado sus redacciones ¿de qué color es el caballo blanco de Santiago?. Aunque ninguno se hubiera identificado los hubiera reconocido a cada uno de ellos … no puedo hacer nada al respecto, tengo el alma hecha jirones y mis razones son de urgencia pero ¿a quién le importan mis lamentos? ¿a quién me quejo yo?.
Voy a terminar de leer los ejercicios incalificables que tengo que calificar, éste es de una de mis alumnas más aplicadas:
NUBES DE ALGODÓN
“Jugábamos tendidas en la hierba, a ver quién descubría, en las nubes dispersas sobre un fondo azul celeste, la imagen más bonita que, en un abrir y cerrar los ojos cambian de forma. Un día una voz distinta gritó: ¡una oveeeja!. Nos volvimos a mirar y, allí estaba la dueña de la voz señalando al cielo. Era nueva en el colegio, nos echamos a reír y le dimos de lado.
-Cada una a su sitio, decía -batiendo palmas- la profesora de Lengua; os presento a Encarna, espero que seáis amables. ¡La de la oveja! -dijo Esther-. Encarna destrozó El Quijote en su primera lectura, casi nos mata de la risa; me castigaron con tutelarla; la llevaba pegada a mí como un chicle en el pelo; yo intentaba zafarme pero me encontraba: ¿vamos a mirar las nubes? -decía- y yo, en tono despectivo: ¡dirás ovejas!. Entonces me contó, con lágrimas en los ojos: mi oveja murió el año pasado, yo la veo en las nubes, dicen que estoy loca pero yo sé lo que veo.
Ha transcurrido mucho tiempo y, no había vuelto a pensar en Encarna y su oveja, hasta que hoy, al mirar al cielo, he creído ver en esas nubes de algodón sobre un fondo azul celeste, a quienes ya no están conmigo.
He tardado en comprender que esas nubes que, en un abrir y cerrar los ojos cambian de forma, son el retrato de aquéllos que nos invaden el alma”.
………………………………………………...............................
Hace mucho tiempo que tengo el alma en un puño por tantas lágrimas acumuladas y, hoy, después de esta lectura me he sentado en un rincón a llorar … mañana presentaré mi renuncia y que otro califique estos trabajos, yo tengo que irme a algún lugar donde nadie se permita el lujo de examinar todos y cada uno de mis actos.