WHANG TSENG YUNG

Revivir esta historia no me resulta fácil pero cada vez que escucho la palabra “Oriente” en mi cabeza se agolpan cientos de tristes recuerdos y miles de maravillosos momentos; es como si se disparara en mí una bomba de relojería y al compás de su tic-tac el momento justo de la explosión, presintiéndolo cercano nunca llega y me quedo repasando mentalmente las escenas de hace muchos años que son fotogramas en mi memoria; desde entonces, desde aquel suceso comencé a soñar en color o, al menos, a raíz de aquéllo me dí cuenta de que así era …
Conocí a Whang en una discoteca, yo llevaba un pantalón corto y una camiseta a juego con un estampado de anagramas chinos; le hizo gracia y se dirigió a mí preguntándome si sabía el significado de los dibujos impresos en mi ropa, le respondí que no y empezó a traducirme cada uno de ellos, en uno me dijo que quería decir pescado y el de al lado arroz, entonces yo le contesté que el siguiente sería bacalao con patatas, comenzamos a reírnos y seguimos charlando hasta altas horas de la madrugada sin enterarnos ni de la música ¡qué fácil nos conquistamos el uno al otro! ¡qué fácil se nos hizo empezar a querernos!.
Yo tenía veinte años y él treinta y cinco, en realidad treinta y seis porque - según me explicó- ellos cuentan ya con un año desde el momento de nacer. Whang me explicaba que él era ateo; procurábamos no hablar mucho de religión porque no queríamos que nada nos enfrentara pero sí me contó que en su lugar de nacimiento y, según le relataban sus abuelos, cuando llegaron los primeros misioneros al que no creía en Dios, obviamente porque nadie se lo había inculcado, le llamaban pagano y después de escuchar la doctrina de los predicadores al que creía en el omnipotente se le denominaba cristiano y al que no acababa de creer, ateo. Whang se preguntaba: ¿por qué si antes no creía y ahora sigo sin creer, cómo es que he pasado de ser pagano a ser ateo si continuo siendo el mismo hombre y con las mismas ideas?, yo creo en mí y en lo que pueda conseguir con mi propio esfuerzo –me decía-.
Un domingo por la mañana, se presentó en mi casa, venía emocionado; traía un paquete enorme que depositó en mis brazos no sin antes besarme en la frente como tenía por costumbre.
-¿Qué es? –pregunté-
-Ábrelo –me dijo- te lo envía mi madre.
Tenía la mirada más alegre que he visto en mi vida, ver aquélla expresión de felicidad en sus ojos hizo que me lanzara a besarle en los labios, un beso de amor tierno, sin connotaciones sexuales y ese gesto, quizá, por inesperado le hizo resplandecer de dicha.
Abrí el regalo y me encontré un kimono en seda natural con unos bordados que cortaban la respiración no sólo por su belleza, también por la perfección de los mismos…
Me quedé sin palabras por unos instantes para añadir segundos después que le diera las gracias de mi parte, sin darme tiempo a decir nada más, cogiéndome por la cintura Whang añadió:
-Mi madre desea que te lo pongas para recibirla, viene dentro de dos meses con mi padre.
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Al día siguiente, me fuí a comprar un vestido de faralaes para su madre y una montera para su padre, cuando le enseñé a mi novio el regalo que les había preparado a sus progenitores, me taladró con la mirada y me dijo que si pensaba disfrazar a sus padres, me dió un discurso sobre sus costumbres ancestrales y el significado del kimono que me habían enviado y que tendría que estar agradecida porque me aceptaban …
¿Me aceptaban y querían vestirme de china?. Me encaré con él y le dije: “si para recibirlos en mi país y en mi casa tengo que aparentar lo que no soy, prefiero que no vengan. Si algún día yo voy a tu país y me tengo que poner un kimono, comer con palillos y sentarme sobre mis piernas dobladas, lo haré pero cuando tu familia venga a mi casa se sentarán en una silla, utilizarán cuchara, tenedor y cuchillo y ni unos ni otros nos haremos reverencias. En mi casa las normas las dicto yo. Dile a tu madre que con la tela del kimono me haré un vestido occidental y presumiré de la tela más bonita del mundo pero que si no me acepta por ser europea nunca me lo verá puesto”.
Al final terminamos riéndonos imaginando a sus padres vestidos de flamenca y torero y a mí de “chinita”. Hubiera sido una china con ojos azules y los polvos de arroz no me hubieran hecho falta dada la palidez de mi piel. ¡Qué disparate!
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Faltaban dos semanas para que sus padres vinieran a conocerme cuando en un accidente de tráfico Whang falleció; mis futuros suegros, obviamente, ya no quisieron saber nada de mí; trasladaron el cadáver a su país sin consultarme siquiera y no pude ni asistir a su funeral. Meses después, la madre de Whang me envió un peinador, una bolsa hecha por ella con anagramas chinos y unos palillos tallados en madera de boj junto con una carta en la que se despedía diciendo: “siempre serás mi hija porque has amado a mi hijo”.
“Demasiado tarde –pensé-“
Nunca contesté a su carta y nunca me hice un vestido con el kimono; no se puede “occidentalizar” Oriente ni viceversa. Sé que volveré a encontrarme con él en otra vida y sé que nada ni nadie nos va a exigir un disfraz para que podamos amarnos, me lo dice el corazón.