TRAMPANTOJO

No sabría decir el momento exacto en que me dí cuenta de la sutil manera en que estabas anulando mi personalidad; sólo soy consciente de que después de soportar durante dos años largos tus verborreas de catedrático y tus aires prepotentes sólo porque en una etapa de tu vida habías leído “todos” los libros y, considerabas que ya te lo sabías todo y estabas en posesión de la verdad … y … no conocías al ser humano más que anatómicamente hablando … todo eso que en un principio me llenó de admiración acabó hastiándome al mismo tiempo que minaba mi espíritu y doblegaba mis razonamientos.
Siempre he admirado a la gente con cultura, he disfrutado escuchando e intentando, a la vez, aprender algo por pequeño que fuera y, por todo ello, me enamoré sin cuestionarme ni por un instante tu exterior, sí, me refiero al físico; me enamoré de tu intelecto y ése fue , precisamente, el que estuvo a punto de hundirme como mujer y, sobre todo como persona. Con el tiempo y la distancia he abierto los ojos y he comprendido que eres tan feo por dentro como por fuera o, quizá, más.
Al principio me explicabas las cosas de tal manera que me fascinaba todo cuanto decía, poco a poco tu forma de dirigirte a mí empezó a convertirse en algo así como: ¡ésta tía no se entera! Después ya empezaste a hablarme en tono displicente para pasar a actuar como si fueras mi profesor y yo tu alumna … de ahí a tratarme como si yo fuera analfabeta fue todo uno. Según tú yo vivía en una baldosa y, de ahí, no salía o peor aún no tenía dos dedos de frente para salir de ella; otras veces mi espacio en el mundo del entendimiento era un charquito y yo, en él, tan feliz, como un pez en su pecera, sólo que mi recipiente era un charco.
Lo curioso es que yo seguía tus pasos a cualquier sitio que quisieran guiarme, besaba el suelo que tú pisabas sin darme cuenta de que al más mínimo movimiento que hicieras podías pisarme la cabeza pero yo estaba ciega y admitía y … ¿perdonaba? ¡NO! no tenía nada que perdonar, sencillamente disculpaba tus salidas de tono diciéndome que habrías tenido un mal día en el trabajo.
Fué entonces … cuando yo estaba totalmente enganchada a ti, el preciso momento en que me dijiste que necesitabas espacio y tiempo para aclarar tus ideas, que nos veríamos de vez en cuando y que … ya hablaríamos; te dí tu espacio y te hubiera dado cualquier cosa que me hubieses pedido ¡de sobra lo sabías!.
Los días siguientes fueron mi mayor tormento. Tu ausencia era, por raro que pueda parecer, mi única compañía; lloré pegada al teléfono y cuando salía a la calle llevaba el móvil en la mano por temor a no oír el aviso de alguno de los cientos de mensajes a los que me tenías acostumbrada; nada de eso sucedió.
Coincidimos en una cena de amigos comunes quince días después quince interminables días. Mi corazón latía tan deprisa que creí que me iba a dar un infarto, pensé -tonta de mí- que volver a verme sería suficiente para tí y que me estrecharías en tus brazos. Me ignoraste durante toda la velada, apenas probé bocado, sólo deseaba que me hablaras e, incluso, me hubiera conformado con una mirada cómplice. Nada de eso sucedió ¡NADA! me había vuelto invisible a tus ojos. Armándome de valor me dirigí a ti a la salida del restaurante para tratar de establecer un diálogo; me miraste como si estuviera apestada y dijiste: ¡llámame mañana a ver si tengo un rato!.
Derramé tantas lágrimas esa noche que empapé la almohada y descubrí que ya no iba a disculparte más y que ya no te iba a perdonar ¡ya no!. No te llamé al día siguiente, me sentía como si me hubieras puesto en cuarentena, sólo te faltó decirme: ¡tienes una enfermedad contagiosa y cuando te cures volveré!.
Bueno, pues me he curado y ya no quiero que vuelvas, empecé por ir al trabajo buscando caminos distintos para no encontrarme contigo, dejé de ir a la peluquería habitual porque estaba al lado de tu casa, cambié hasta de comidas para que nada me recordara a ti y todo lo que hacía lo hacía para olvidarte, para no pensarte y para dejar de amarte sin darme cuenta de que mientras decidía hacer cualquier cosa que, de tí, me alejara eras tú quien manejaba los hilos de esta marioneta; tachaba los días en mi calendario pensando en ti hasta que cuarenta días después -ni uno más ni uno menos- una amiga tuya me llamó para saber cómo estaba ¡sí! Una amiga tuya que te conocía muy bien y sabía que me lo estabas haciendo pasar tan mal como a todas las que se cruzan en tu vida.
Me hizo renacer, me sacó de casa, nos fuímos a cenar y … me presentó a gente nueva; estoy rehaciendo mi vida gracias a ella y a su entorno … y he conocido a alguien que me trata como a una mujer y me valora, he ganado una amiga que tú has perdido y ahora no me interesa nada de lo que me quieras contar.
Desde que te has enterado no haces más que llamarme para decir que me quieres y que necesitas hablar conmigo a solas y que alguien de nuestro entorno está intentando separarnos con sentimientos rastreros … ¡ojalá me hubieras puesto en cuarentena mucho antes porque ya no eres mi fiebre y veo las cosas con total claridad!