la cena de pandora
Era de madrugada, un sueño que no quería llegar del todo me tenía revolviéndome entre las sábanas, el sudor mojaba mi cama y me hacía sentir frío, mi cuerpo helado buscaba cobijo bajo aquellas manos fuertes que yacían a mi lado, calientes. Sólo me acerqué y enseguida se replegaron sobre mí, estrechándome contra el resto de su cuerpo desnudo, ofreciéndome un mundo, un futuro, una vida dedicada al placer. Me quedé dormida, pensando en la primera noche que habíamos pasado juntos, soñándola, como si no fuese yo la que la había vivido.
Recuerdo su voz calida en mi oído, su semblante serio, pese a lo que me estaba proponiendo. Me gustaron sus manos, grandes, fuertes, morenas, bien cuidadas, al principio pensé en él como el típico hombre que se te acerca y te suelta cualquier cosa, como para tantearte, como para saber cuantas posibilidades tiene de acabar contigo aquella noche, después fue cambiando mi concepción de él, empecé a tomarme en serio lo que me estaba diciendo, aunque fuera increíble, sus labios se movían y yo no podía dejar de mirarlos, como hipnotizada por ellos, gruesos, prominentes….me gustaría verlos comer, como se introduciría la cuchara en aquella boca, como su lengua limpiaría cualquier resto de comida que quedara en ellos, mi imaginación se iba desbordando conforme él me explicaba. Su proposición era seria, sin demasiadas ceremonias me invitó a una cena, en la que él sería el anfitrión, me decía que podía estar tranquila que no sucedería nada que yo no hubiera deseado anteriormente, me sorprendió su manera segura de hablarme, el conocimiento que tenía de mi persona y de mis fantasías mas profundas, me dejé guiar por él y sucumbí ante la proposición. Nos fuimos del local, y me llevó a un hotel antiguo, a decir verdad no lo parecía, o quizá ni siquiera lo fuese, era una casona antigua, no tenía portada, si bien existía el lugar donde quizá hubiera habido alguna, no sé si barroca con los frontales partidos o más sencilla, al estilo mudéjar, sin zaguán, directamente la entrada era al patio, guardado por unos muros construidos para soportar el calor del verano y para agradecer las frescas noches, rodeaba el patio un balcón inmenso, parecido a un pasillo volado al que acudían múltiples puertas, allí en aquel patio conocí a Anîs.
Era un chico joven, pero se notaba que sabía mandar, enseguida me hizo una señal para que le siguiera y yo miré a Antón para que me dijera si debía hacerlo, inclinó su cabeza en señal de aprobación y sonrió como para dejar que me fuera más tranquila. Anîs resulto ser el jefe o encargado de un séquito de mujeres que no hablaban mi idioma pero que sonreían cuando yo las miraba, Anîs les gritó unas cuantas frases con energía y se fue, me quedé con ellas en una habitación cubierta de alfombras y cortinas espesas que no dejaban pasar la luz de las calles. Las mujeres con un parloteo incesante y risitas disimuladas se acercaron a mi y empezaron a desvestirme, cuando estaba desnuda me miraron con aprobación, se abrieron unas cortinas y apareció una enorme tinaja con agua y espuma, me acercaron a ella, me ayudaron a entrar, con esponjas naturales frotaron mi cuerpo con la mas exquisita suavidad, todo mi cuerpo fue recorrido por aquellas manos expertas. Mi cabeza sobresalía de la tinaja y un cojín la sujetaba, una de aquella mujeres con una jarra de agua mojó mi cabello y frotó unos perfumes sobre mi cabeza realizando un suave masaje, me hicieron salir del agua y me secaron el cuerpo y me tumbaron sobre unos enormes cojines que parecían camas, vi unos frasquitos de plata, sobre una mesa, con los tapones de cristal de diferentes colores, una de ellas cogió uno y dispuso unas gotas en diferentes partes de mi anatomía, las demás empezaron a masajearme hasta que mi cuerpo quedó completamente impregnado de aquel olor a flores. Mi pelo, seco ya, fue adornado por unas flores que despedían el mismo olor que mi cuerpo.
Noté los nervios de las mujeres, habían terminado su trabajo, faltaba que Anîs diera su consentimiento, sonó una campanilla, a los pocos segundos se abrió una puerta, apareció Anîs. Se me acercó, yo avergonzada cubrí mis partes más intimas con los brazos, pero una de las mujeres se acercó y me hizo separarlas, Anîs se detuvo a escasos centímetros de mi, con un dedo fue rozando mi rostro, bajo por mi cuello rozándome suave, pasó por mis pechos que se endurecieron a su paso, mi piel notó su calor solo a través del dedo, que parecía estar comprobando algo, acabó cerca de mi sexo el cual no llegó a tocar, separó el dedo y se lo acercó a la nariz, después de aspirar se lo metió en la boca y lo saboreó con malicia, no sé porqué, pero sonreí, y él me devolvió la sonrisa. Me hizo una señal de aprobación y me invadió la alegría. Una de las mujeres me trajo una seda transparente y me cubrió, acto seguido volvió a sonar la campanilla y seis hombres fornidos entraron en la habitación portando una enorme bandeja de plata, comprendí de inmediato cual era su fin. Anîs y las mujeres me ayudaron a tumbarme en el centro. La bandeja llena solo con mi cuerpo y sostenida por aquellos seis hombres. Me llevaron a una sala y me depositaron sobre una larga mesa cubierta por unos faldones de color plata. Los hombres se retiraron pero las mujeres que me habían acicalado se quedaron a mí alrededor y me quitaron el trozo de seda que anteriormente me habían colocado.
Entró otro ejército de mujeres portando bandejas con frutas, Anîs era el que ordenaba donde debían colocar cada una. Poco a poco iban rellenando la gran bandeja con frutas, kivis en trocitos, fresas perfectas, piñas, trozos de coco, plátanos, naranjas, melocotones, mangos, lichis, todas ellas rodeándome e incluso sobre mi cuerpo, construyendo creo, bellas formas y contraste de colores, peras, papayas, frambuesas, uvas, aguacates, todo en trocitos y perfectamente colocado. La bandeja estaba llena, era la hora, Anîs se acercó y colocó sobre mi vientre un puñado de moras negras. Se retiraron todos menos él. Empezaron a entrar los invitados, todos con un antifaz, había mujeres y también hombres que charlaban animadamente hasta que entraban en la sala y callaban, vieron la cena que les esperaba, exclamaron, entonces entró Antón todos comenzaron a aplaudir. La cena sería un éxito. Anîs portaba una gran jarra de plata, empezó a verter un hilito de su contenido tibio por mi cuerpo, empezó por los pies y fue subiendo hasta alcanzar las moras negras que había depositado antes, rociándolas una por una, yo noté como se escurría el chocolate entre ellas y resbalaban por mi piel, el hilillo me recorrió los pechos y los brazos bañando a su paso las frutas que encontraba.
Sonó una música y todos los comensales se prepararon, dejaron sus copas y se dispusieron a saborear el banquete. Sus bocas comían de mí, sus lenguas recogían el chocolate caliente de mi cuerpo, las frutas se deslizaban a su boca rápidamente estrujándolas contra la piel para que sus líquidos se mezclaran con las gotas de chocolate, chupándolas después con los labios abiertos, eran tantos que a veces notaba dos bocas comiendo la misma fruta, dos lenguas entrelazadas saboreando mi piel y el chocolate con sabor a flores.
Si la fruta era demasiado grande, las bocas la cogían con fuerza entre sus dientes y la apretaban contra mi cuerpo partiéndola y oprimiéndola contra algún rincón de mi cuerpo, de ella salía un jugo, que era recogido con suavidad por varias lenguas hambrientas, nadie utilizaba las manos, nadie comió las moras negras. Yo no dejaba de notar todas esas lenguas sobre mí, esas bocas me excitaban, me hacían subir al cielo de donde no conseguía bajar, los mordiscos suaves sobre mis pechos, lamiendo mis pezones, labios que sorbían el chocolate, los pequeños trocitos de kivi que iban quedando sobre mi piel, empecé a notar que apenas si quedaba fruta sobre mi cuerpo, fue entonces cuando vi a Antón. Todos los convidados se apartaron y el se inclinó sobre mi sin máscara, cogió una mora entres sus labios, con los dientes la partió su zumo se escurrió por la comisura de sus labios y resbalaron sobre mi sexo, noté como la fruta bajaba por su garganta, los comensales aplaudieron el gesto y Antón sonrió, volvió a inclinarse, esta vez para recoger con su lengua el jugo de mora de mi sexo, fue acariciándome la piel con su lengua hasta llegar a él, con delicadeza lo abrió, o se abrió al notar el calor de sus labios. Anîs vertió otro hilo de chocolate sobre mis labios interiores, Antón tenía hambre y lamió y lamió hasta dejar limpio cualquier rastro de chocolate que había allí, con la boca cogió otra mora y me la introdujo con la lengua entre los labios de mi sexo, pidió mas chocolate y continuó lamiendo, mi excitación era visible.
Hasta ahora yo había permanecido quieta, sin abrir mi boca para nada, pero ahora no pude contenerme y lancé un gran gemido, Antón siguió absorbiendo el chocolate, mezclado ya con mis propios jugos, no logré aguantar más y separé las piernas, Antón repasó el chocolate que quedaba en ellas, volviéndose a acercar a mi sexo, volvió para recuperar la mora antes depositada, con la lengua se fue ayudando hasta dar con ella, con los labios la acercó a sus dientes que volvieron a estrujarla sobre mi cuerpo derramando más líquido sobre él, y su lengua volvió a recorrer los regueros de caldo que me cubrían, así fue como llegué al climax, con la segunda mora en la boca todavía de Antón y sus labios besándome muy íntimamente. Así fue nuestra primera noche, la que me ayuda a dormir cuando no consigo conciliar el sueño.
un beso desde mi caja.
pandora.
PD.- me siento en la obligación de explicaros que hace tiempo leí una historia sobre una mujer que era el postre en una cena. No la recuerdo bien, pero pasó a ser parte de mis fantasías como si fuera propia, la he amoldado a mi en todo su recorrido y este es el resultado, espero que os guste.