el vestido de pandora I
El día que recibí la invitación me invadió la tristeza, acudiría sola, como es habitual últimamente, es cierto que la estaba esperando, pero de todas formas me dejé sorprender por la fecha, pues yo creía que sería mucho más lejana, pero el tiempo vuela se dice, además es cierto. La celebración sería en un palacete situado en una calle conocida de Barcelona, unos jardines magníficos y unos salones todavía más singulares. Evidentemente la estancia sería de dos días en los cuales habría repartidas diferentes actividades para los húespedes, desde tiro con arco, pasando por el Spa, excursiones por Barcelona para el que lo deseara, varias comidas de tipo informal y evidentemente la cena de gala. Con lo cual necesitaba un traje de fiesta para aquella velada. Decidí acudir a un sastre no muy conocido, un tanto excéntrico, (según algún artículo) pero del cual, yo había visto unos diseños que me habían agradado, le telefoneé y concreté una hora para vernos, la verdad es que su secretaria no me ofreció garantías de confeccionarlo, me dejó percibir que si yo no le agradaba, no podría hacerme el vestido. En principio me sentí molesta, pero luego me resultó misterioso y acudí a la cita en su taller.

Era una nave vieja, mejor antigua, uno de los pocos talleres textiles que había quedado en la zona, había sido un buen lugar para el ramo, pero de eso hacía ya mucho tiempo, se vislumbraba el esplendor que antaño había tenido el lugar, sus ventanas altas, las bellas cornisas de ladrillo rojo (maó), la gran chimenea del mismo ladrillo, y al lado los tejados de dientes de sierra, donde habían estado trabajando sin desconaso los telares. Entré dentro pues la puerta estaba entreabierta, me soprendió la luz cenital, orientada al norte para conseguir la homogenidad de su iluminación, el lugar estaba decorado con gusto, resultaba cálido pese a ser un lugar de gandes proporciones, se veían dos grandes mesas repletas de papel corriente, lápices, cintas métricas de tela, tijeras, telas de varios colores y un par de maniquíes con retazos colgando clavados con pequeños alfileres, para mi desconcierto no había nadie, y llamé con voz fuerte.
Apareció al final de la nave, me resultó enigmático nada más ver como se movía y se dirigía hacia mí. Le observé mientras se acercaba, tenía unas facciones marcadas, su tez morena y su cuerpo era demasiado corpulento para lo que yo imaginaba que debía ser un modisto. Joven, no demasiado, unos treinta y cinco, unas canas se vislumbraban en su cabellos negro como la tinta, sus ojos eran verdes, como el fondo de un riachuelo entre las piedras. Se presentó cogiendo mi mano y besándola en un momento y con total naturalidad, hacía tiempo que nadie hacía algo así, me sonrojé un poco. Me pidió que le explicara que tipo de prenda necesitaba, le dije que me habían invitado a una celebración incluida la cena de gala y empezó a dar vueltas a mi alrededor, frotándose la barbilla con la mano derecha y apoyando el codo en la mano izquierda, me sentí fatal, pensé qeu quizá no encajara en su tipo y empecé a desilusionarme pues el encanto del lugar, me había seducido por completo.
En un baúl de madera cercano había unos tubos de cartón, se acercó a ellos y cogió tres, de ellos salieron unas sedas preciosas, una era de color crudo, una seda salvaje importada de la India, la segunda era un raso de color oro, y el tercer tubo era un cordón de pedrería con las piedras de color también oro, empezó poniéndolas al lado de mi rostro, sin mediar palabra me hizo desahcerme de mi chaqueta y mi bolso, que quedaron tendidos en el suelo sobre la alfombra, continuó enrollándome las telas alrededor del cuerpo dibujando formas que para mi no significaban nada, apuntando en su libretas palabras que yo no entendía, su forma de mirarme, de rozarme con sus manos cálidas, me turbaba, pero él no se daba cuenta, su concentración era total, al final concluyó y me djio que podría hacer algo para la velada de la celebración, pero que debía regresar para continuar otro día.
Un tanto desilusionada me marché y pasé esperando toda la semana el día de la cita, impacientándome por que no veía la hora en qeu volviera a aquel lugar, aunque cuando llegó el día, empecé a sentirme agitada por tener que regresar.
Esta vez Albert estaba esperándome, tenía un sin fin de tubos de cartón a su alrededor de los cuales surgían telas bellísimas, y de las texturas mas dispares que yo pudiera imaginar. Me dehice de mi chal y mi bolso, lo dejé sobre un sofá Chester tapizado en piel oscura. Albert volvió a repetir el ritual del primer día. Por mi cuerpo se deslizaban telas de las cuales los nombres no recuerdo, colores blancos combinados con dos tonos de azules, rojos fuertes, verdes combinados con amarillos.........
Su rostro mientras iba haciendo rodar las telas no dejaba ver nada, su aspecto era como si no me viera, como si solo mirara las telas y quisiera hacerme a mi combinar con ellas, aquel hombre era el único al que mis miradas no atraían, el único al que mi cuerpo no seducía, imaginé que era normal, pues debía estar siempre rodeado de esculturales y bellísimas modelos, creo que por ese motivo me sentía tan atraída por él. Albert, gruño, se notaba el desagrado en su rostro, le pregunté que ocurría y dijo que con la ropa que lleveba puesta no se podía trabajar, pues anulaba los colores de sus sedas y rasos, resolví sin mediar palabra, desnudarme allí mismo y quedarme con la combinación que apenas tapaba mi cuerpo, le miré decidida para ver si así estaba mejor y si le alteraba verme así, sin ningún reflejo en su rostro siguió trabajando sin darse cuenta de que el frío de la vergüenza y la timidez se había instalado en mi. No sé como pude ser tan descarada, pero no lo dudé ni un segundo, fue como un acto reflejo, el necesitaba mi piel y yo se la dí., yo notaba su aliento sobre mi piel, el tacto de sus manos sobre mis hombros...............