- NOCTURNA
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NOCTURNA finaliza una etapa.
Desde aquí, os remito a la continuación:
http://www.lacoctelera.com/mentirasdelua
Es una simple mudanza... por motivos técnicos.
¡¡Nos vemos allí!!
Lúa
- LA VERDAD DE UNA MENTIRA. Parte 1
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En el silencio de la noche, cuando todo el mundo dormía, sólo quien fuera presa del desvelo, o quien desvelase por algún otro motivo, pudo oír llegar el coche.
Siempre hay en dónde aparcar, no necesitó muchas maniobras. De todos modos, poco importaba que alguien viese llegar el coche de gran cilindrada. Desde esa noche, igual si fuera de día, sería habitual verlo junto a la casa.
Habían estado hablando sobre la mejor manera de hacer las cosas. El secreto o alguna indiscreción podrían ser peores aliados que mostrar todo abiertamente, como quien nada tiene que ocultar. Nada había que ocultar.
Bajó del coche y recogió la bolsa que llevaba en el asiento de atrás. En la casa, tras la puerta, ella esperaba sabiendo bien que él había llegado.
No era necesario que sonase el timbre. Ella abrió la puerta, él entró en la casa.
En el silencio de la noche, cuando todo el mundo dormía, y bajo la mirada cómplice de la luna llena, se fundieron en un abrazo y dejaron afuera, tras la puerta, la rueda del mundo rodando y girando al margen de todo lo que, allí adentro, estaba y estaría sucediendo.
Lúa
- En tus manos
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En tus manos, la vida
En tus manos, el amor
En tus manos todo aquello cuanto habías soñado…
Y que nunca habías encontrado.
En tus manos, su vida
En tus manos, su amor
En tus manos tener lo que siempre habias deseado
Y que el mar en tus manos hoy dejó.
Lúa.
- Marea Viva
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Llena de nuevo la luna y tú plena
Viva una vez más
Lúa
Que el pasado está pasado
Y la marea va subiendo
Y está viva, como tú.
Otra vez de vuelta en el mundo
En tu sitio, en tu lugar
Entre las piedras del castro
Más viva en la noche de Luar
Lúa
Ya puedes oirle, ya está cerca
El sonido inconfundible
Olas rompiendo
Ya ves el mar
Y aullarán los lobos
Cuando tus pies caminen hacia allá
Pero nadie ya en el mundo
Lúa
De tu mar enamorado
Te volverá a separar.
Marea viva y plena en luna llena
Viva en tu ser, viva una vez más
El pasado ya es pasado
Lúa
Hoy el mar te envolverá
El hechizo de la noche
Hoy Luar no romperá
Iluminará tus pasos
Y hacia él te guiará
El cielo saturado de estrellas
Estrellas brillando en tu piel
Blanca mujer
Mujer plena
Esta noche
Lúa
Serás suya
Será tuyo
Una vez más
Lúa.
- Mirando al Mundo
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Con el alma serena, las heridas del corazón cicatrizan mejor.
Desde la tierra veías la luna y su luz, Luar, te llegaba y te inundaba. Pero no era suficiente.
Has cabalgado y llegado a ella. Paso a paso, subiendo por la escalera de estrellas, te ha recibido en su casa. Descansas en luna creciente, que te ayudará a reponer fuerzas. Y miras ahora hacia el mundo…, allá, a lo lejos.
Acaricias a tu lado la suave piel de tu guardián, lobo blanco, guía, faro y compañero.
Serena mirando al mundo, mientras el mundo te mira…
La envidia tendió su tela, como araña tejedora, y te envolvió apretándote la vida. Sangraba tu corazón mientras cada lágrima resbalaba por tu blanca tez y caía pesada sobre tus pies descalzos.
Sigue mirando al mundo, Lúa, sigue mirando serena. Allá abajo se quedan quienes su envidia tejieron para envolverte y herirte. Ahí arriba no podrán alcanzarte. Sigue serena…
Y cuando plena te encuentres, cabalgarás de nuevo entre los castros en la noche.
Sigue serena, mirando al mundo, Lúa. El mundo te espera.
Lúa.
- Noche estrellada
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Noche estrellada. Todas las estrellas del universo convocadas a la reunión. La luna preside el acto.
No es necesaria conversación ni discusión. Hay unanimidad silenciosa. Ya se sabe lo que hay que hacer.
Una estrella fugaz aparece y cruza el cielo para dejar una huella en las rocas del castro. Luar la ilumina. La roca cobra vida en un brioso corcel blanco, como blanca fue la luz que le hizo nacer.
En el otro extremo, Lúa se despoja de sus vestiduras y recibe la visita de Luar, que esta vez la engalana y la viste acorde con el momento que está a punto de vivir.
En el centro del castro se produce el encuentro.
Aúlla el lobo blanco. Lúa sube al blanco corcel. La luna sonrie.
Luar sella y firma la escena.
Todo ha salido bien.
Lúa.
- Hay luces a lo lejos
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Hay luces a lo lejos, pero Lúa no quiere verlas.
Hay momentos en que ni la luz más fuerte sería capaz de abrir unos ojos que quieren seguir cerrados.
No estará sola, ni siquiera en su soledad buscada…
Pero en esos momentos, ni Luar podría hacer nada…
Lúa.
- Llanto
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En un rincón, entre las ruinas del castro, una silueta se oculta de la luz de la luna.
Acurrucada en sí misma, con la mirada perdida en la lejanía, no quiere que sus ojos enjuaguen las lágrimas que resbalan por su blanca tez.
A su espalda, a lo lejos, Luar se refleja en la noche y dobla su brillo en el agua de la mar serena…
No importa si la noche es fría o húmeda. No importa si la piedra que le sirve de apoyo cala, y se cuela por sus vestimentas la helada de la noche ya en su final.
El amanecer pronto vendrá. Pero Lúa no quiere verlo…
No se oye el aullido ni el lobo blanco está a su lado. Pero sí la observa… nunca la dejará quedarse sola…
Nunca la dejará quedarse sola… aunque la soledad, de vez en cuando, llegue adentro… y pueda incluso engañar en un momento de debilidad a la Luna más fuerte…; y pueda, incluso, convertir en grises apagados los platas brillantes de su luz… y abrirla en llanto…
Lúa.
- Sueños
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¿Cuántas canciones nos hablan de los sueños? ¿qué son los sueños sino una parte de nuestras realidades?
Aquí, allí... o en otro lado... es agradable sentirte cerca, tan cerca...
Y ahora, en la noche, como buena luna nocturna..., los sueños me llaman... y he de ir tras ellos, antes de que al alba despierte... y en la luz del día se me pierdan... y desaparezcan...
Desde esta noche hasta la mañana o tarde en que lo recibas, crecerá este abrazo en cariño y ternura, pues sólo es para tí, y para tí tiene mi permiso para hacerlo...
Ese abrazo... y un beso....
Lúa.
- Sangre en las manos
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Acurrucada, encogida en sí misma, con los ojos cerrados de los que ya no brotaban más lágrimas…, ya no podían, ya no existían… ya se le habían terminado…, rotas sus vestiduras, su piel y su alma… esperó asustada a que los pasos desaparecieran a lo lejos.
Cuando ya no se oía nada, sólo su corazón latiendo desgarrado y el silencio que sólo el dolor puede emitir, separó los brazos de su cara y miró a un lado y a otro para asegurarse que allí ya no había nadie más que ella…
La mente en blanco. Su cuerpo de niña manchado, ultrajado…
Cuando ya nada importaba más que salir de allí, pudo ponerse en pie, ayudándose con sus brazos, resbalándole las manos empapadas… en sangre... cuando quería sujetarse de las rocas.
Sangre roja, pegajosa… que parecía camuflarla de su propia verdad, de la propia realidad que acababa de vivir.
La noche era oscura, tanto, que apenas distinguía sus pequeños pies ensangrentados a cada paso que daba, mientras bajaba entre el barro y las piedras por el camino que llevaba del monte a la aldea. A lo lejos, alguna pequeña luz de alguna bombilla de alguna de las viejas casas se adivinaba, y le servía de guía.
Llegando ya, pudo oir el sonido del agua que brotaba de la fuente y se acercó a lavarse un poco. No quería llegar sucia a casa. No quería que nadie supiera lo que había pasado. Y aunque lavaba y lavaba con fuerza la sangre en sus manos, era incapaz de verse limpia…
Al calor de la lareira su madre la estaba esperando. Hacía ya bastante tiempo que tendría que haber vuelto, pero su hija no llegaba… Y, por más que la pequeña quiso esconder lo pasado, su madre pudo adivinarlo: aún llevaba sangre… y sangre en las manos.
Ni una lágrima. Sólo cariño a su hija. La lavó, le cambió las ropas sucias, la envolvió con amor en las blancas sábanas de su cama y se quedó a su lado hasta que la pequeña se quedó dormida….
Entonces, las heridas viejas mal cicatrizadas se abrieron de nuevo. El odio y la rabia se apoderaron de ella recordando su infancia, reviviendo en su hija lo que ella misma había vivido…, maldiciendo a aquel hombre que la había violado y que ahora, por ella haber callado, repetía su hazaña sin saber que su pequeña víctima era, en realidad, la hija que él en su vientre había engendrado.
Recogió la madre las ropas ensangrentadas de su hija y las envolvió en una vieja sábana. Con la frente muy alta, salió a la puerta de su casa tras asegurarse que la pequeña seguía dormida. En sus manos, aquella prueba ensangrentada. En su mente… dolor y deseo de venganza.
Cruzó la aldea hasta la puerta de la casa que ella conocía bien, por la que su verdugo, quien la mató en vida, y que ahora había repetido su hazaña con su hija, hacía ya unas horas que había regresado y entrado… Y la luz de la luna iluminó en ese momento la manilla de la puerta, señalando lo que ella ya esperaba: aún no había limpiado su dueño las marcas de sangre que dejó con sus manos al entrar en su casa…
Dejó la madre aquellas ropas en el suelo y llamó a la puerta. La luna cómplice se escondió entre las nubes y volvió a oscurecer la noche para que la mujer pudiese volver sobre sus pasos, a su casa, junto a su pequeña, sin ser vista. Cuando el hombre abrió la puerta no vio a nadie…, sólo una sábana en el suelo y, dentro de ella, las prendas ensangrentadas que reconoció al momento. Fue entonces cuando le pareció ver a una mujer vestida de blanco que lo miraba desde lo alto del camino. Con rabia, salió tras ella… quería alcanzarla… pero cuando estaba a punto de hacerlo, la luna se escondía de nuevo tras las nubes y lo dejaba entre sombras…; luego, a lo lejos, volvía a verla… y ella lo llamaba.. y él la seguía… Y la siguió hasta lo más alto del monte. Allí la perdió de vista. Un aullido en la noche le hizo volverse atrás. La mujer morena de blanca tez estaba a su espalda; él no la conocía, pero ella lo llamó por su nombre. A su lado, un lobo blanco no dejaba de mirarle a los ojos mientras la mujer comenzó a hablarle.
-“Hasta aquí llegó tu día; ahora comienza tu noche. Has manchado de sangre tus manos y esa sangre… era de tu propia sangre…”
La luna se volvió a esconder. El lobo y la mujer desaparecieron. De las manos del hombre la sangre brotaba y por más que quería secarla en sus ropas, no podía…
Un grito sordo y seco se sintió a lo lejos en la noche. Para entonces, la madre ya estaba de vuelta en su casa, junto al lecho de su hija, descansando junto a ella.
A la mañana siguiente, cuando el sol despertó al alba, el cuerpo del hombre yacía, con las manos ensangrentadas, en la ladera del monte.
Nadie lloró aquella tarde.
Lúa.
- Noche Blanca
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En la lejanía, desde algún rincón del bosque, se oía el llanto desconsolado de un niño de corta edad. El pequeño lloraba con fuerza reclamando el cuidado de una madre que ya no podría acariciar su rostro nunca más.
Aquella tarde, el cortejo fúnebre, negro y callado, devolvía a la tierra lo que a ella siempre vuelve: esta vez, el cuerpo de una joven madre, víctima de unas fiebres horribles que la habían tenido entre la línea del aquí y el allá durante varios días…., hasta que, al final, pudieron con ella…
Lloraba el pequeño con llanto angustioso entre las raídas sábanas de su pequeña cuna. En la pequeña aldea se oían los llantos, pero nadie se atrevía a subir hasta la casa en que el padre, ahora viudo, intentaba, sin lograrlo, bajar la fiebre que, tras la muerte de su madre, se había aferrado en aquel pequeño cuerpecito… y parecía no querer irse…, como si el sacrificio recibido no hubiera sido suficiente… y quisiera llevarse también al niño al otro lado… allá, a dónde ahora debería descansar en paz su madre…
Nadie se atrevía a subir a la humilde casa. La pobreza podían “perdonarla”, pero no la enfermedad, y nadie en la aldea quería ser el siguiente protagonista del siguiente cortejo fúnebre…
Con el corazón roto, destrozado de dolor, y delante de sí lo único que ya le quedaba, su único tesoro, lo único que podía acompañarle en su vida y que era mitad suyo y mitad de la única mujer que él había amado, el padre no sabía ya qué hacer… y ahogaba en silencios los gritos que salían con fuerza, segundo a segundo, de su desgarrado y malherido corazón.
La noche, oscura, gris… se antojaba negra, como negros eran los ropajes que llevaban quienes a su esposa habían acompañado aquella tarde… en su último camino, hacia su última morada…
De repente, el llanto del pequeño dejó de oírse. El padre se asomó a la cuna y vió a su pequeño envuelto en sudores, ardiendo de fiebre… pero, ahora… inmóvil…
El silencio del bosque y el amargo y cobarde silencio de la aldea se rompió en un segundo por aquel grito desgarrador:
“¡¡Nooooooooooooooo!!”
No podía ser; la madre una tarde, su hijo esa noche… ¡¡nooooooooooooooooooooo!!
Pero nadie en la aldea puso un pie fuera de sus viejas casas. Nadie quería ser protagonista de otro negro cortejo… Nadie se acercó a consolar a aquel hombre, solo, con su pequeño allí… agonizando del mismo mal que agonizó su madre….; o, quizá, ya listo y preparado para ir tras ella en su último camino…, a su última morada…
El hombre, entre lágrimas y con el corazón sangrando de dolor, tomó a su hijo en brazos y salió con él de la vieja casa, a la noche oscura… Levantó a su pequeño tan alto como pudo mientras los bracitos, las piernas… la infantil cabecita… cedían a su peso y caían... como entregando su alma a la negrura que los envolvía. Las lágrimas del padre llegaban a sus pies; y sus ojos cerrados se quisieron dejar vencer. Dentro de sí clamaba a la muerte que también a él lo llevara, junto a su difunta amada, junto al hijo que ahora él lloraba…
En la vieja aldea, las viejas cobardes empezaban a cantar sus letanías, rosario en mano… Los demás cobardes…, callaban cobardes… En el corazón del bosque, la negra y fría noche ahora era muda también…
Entonces, rompiendo el silencio, como castigo divino, cayó en medio de la aldea un rayo y encendió la escena con su grandísima luz. El trueno que le acompañaba hizo que el grito aterrador y al unísono de los habitantes de la aldea pareciese el aviso de que el fin del mundo había llegado. Las nubes negras que oscurecían la noche se apartaron lentamente, como si hubieran recibido una orden lejana, y formaron en el cielo un óvalo gigantesco a través del cual Luar (luz de luna) se abrió camino y llegó, firme, clara y serena, al rostro inerte del pequeño niño y a los pies empapados de lágrimas de su padre, que ya su muerte lloraba.
Dicen que aquella noche, una mujer de blanco besó la frente del niño. Un terrible aullido acompañó el momento, y las fiebres traicioneras, asustadas, huyeron del pequeño cuerpecito, que, de pronto, comenzó a moverse…
El padre levantó la vista hacia su hijo al comprobar que vivía y, entre la claridad de Luar, pudo ver tres rostros: una mujer morena, de blanca tez y blancos ropajes, el rostro de un enorme, pero sereno, lobo y… allá, en lo alto… la sonrisa de su esposa, que le miraba a los ojos, mientras llenaba su alma de paz y devolvía a su esposo la sensación de aquel amor que siempre les había acompañado…
Luar se quedó aún unos minutos en la escena, mientras el rostro de su esposa continuaba sonriéndole… hasta que una brisa tibia hizo entrar de nuevo al hombre en su casa: debía arropar a su hijo, cuidarlo… Ahora sabía que tendrían muchos años para estar juntos…
Y cada noche de luna llena, padre e hijo salen aún a la puerta de su vieja casa. Esperan volver a ver aquella imagen.
Algunas noches, Luar vuelve a bajar hasta su puerta. A lo lejos, el aullido del lobo y la imagen de la mujer morena de blanca tez hacen su aparición. Y, después, cuando la luna se vuelve plena y completa, la sonrisa de su esposa, de la madre de su hijo, le sigue dando paz desde allá arriba… aunque tan sólo sea… por unos breves segundos, que para ellos es lo más grande, y más bello…. de todo el mundo…
Lúa.
- Lúa
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Vagaba la mujer de piel blanca por entre los árboles del bosque, hasta que llegó a un claro, y en el que la oscuridad que hasta el momento la perseguía, se volvió luz blanca, como su blanca tez. Allí pudo descansar sobre unas rocas y contemplar cómo las nubes se abrían en el cielo gris para mostrarle millares de estrellas y, como la más reluciente de todas ellas, aquella luna llena inmensa que inmensamente atrapó su mirada.
Nunca supo cuánto tiempo estuvo prendada de su luz, blanca… como su blanca tez…
De repente, un leve movimiento a su vera la trajo de nuevo a la realidad. No podía ver qué era aquello, pero tampoco la asustó: la paz que la luna le había transmitido la había tranquilizado tanto que lo que ahora a su vista estaba no podía sino aumentar la calma interior que sentía.
“Desde ahora serás Lúa, porque su luz te ha hechizado, porque tu pasado ya no existe, porque tu futuro le pertenece…”
¿Quién le hablaba?
“Ya nunca más estarás sola. Yo seré tu guardián y guía. Vamos, Lúa: el futuro nos espera”
Entre las ruinas del viejo castro, la mujer de piel blanca se vio envuelta en blancas vestiduras: Luar (luz de luna) la envolvió y convirtió sus harapos en sobrios ropajes.
Después, la luz de la luna iluminó un rincón oscuro, junto al bosque, y le abrió camino a su guardián.
Desde aquella noche, ya todas las noches, dicen que la luna tiene mensajera: una mujer blanca, vestida de blanco, guiada y guardada por una gran luz que, en los momentos en que la luna se llena completa, semeja convertirse en fiel compañero, pero fiero rival de quien quiera hacer daño o interponerse en su camino.
Desde aquella noche, una mujer de tez blanca y un enorme lobo blanco siguen paso a paso el camino que la luna a Lúa aquella noche le ha marcado.
Lúa.
- Gracias
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Gracias.
Lúa.
- Yo no sabía...
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Eras alguien más, aunque alguien especial. Especial, pero diferente, porque todo era diferente contigo.
Algo dentro de mí me decía que no era lo mismo estar hablando contigo, que estar hablando con los demás.
Pero yo no sabía…
Yo no sabía que aquello ocurriría…
Yo no sabía que dentro de mí yo también sentía del mismo modo que sí sabía lo que tú sentías dentro de ti.
Yo no sabía… hasta que me encontré en tus brazos.
Yo no sabía… cuánto te amaba, ni cuánto te amaría…
Lúa.
- Corazón en la mano
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Con mi corazón en las manos, tengo que decirte, que ya no es mío este corazón.
Que ni aún queriendo, puedo entregar lo que ya no es mío…
Que me he esforzado, que lo he intentado.
Que he luchado para poder poseerlo de nuevo y volver a entregarlo…
Que quise entregarte mi corazón, pero no he podido.
Que quise entregarte mi corazón, pero no puedo…
Con mi corazón en las manos quiero que sepas que nunca te he mentido.
Que desde el primer momento tú ya sabías que no era mío…
Que desde el primer momento tú aceptaste que, algún día, esto podía pasar…
Que el momento de hablarlo ha llegado ya…
Con mi corazón en las manos ya no puedo seguir luchando por que vuelva a ser mío
Para poder entregarlo
Para entregártelo a ti…
Porque este corazón ya no es mío
Porque este corazón no era mío entonces
Porque este corazón tiene dueño…
Y, lo siento…
Pero tú bien sabes…
Que su dueño…
No eres tú…
Lúa.